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El Uruguay del diputado de la camiseta de Cuba y el nene de La Tahona: ojo por ojo

Hay un preocupante porcentaje de uruguayos de carne y hueso, no solo avatares o fotitos de perfil de redes sociales, que hacen del odio su religión

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06 de marzo de 2020 a las 21:26

Un diputado del Frente Amplio decidió vestir una remera de Cuba el 1 de marzo. El mismo día, un adolescente de 14 años fue entrevistado en un móvil de un canal de televisión y calificó de “farsantes” a los gobernantes que dejaban el poder. Con horas de diferencia, una mujer y su padre calificaron de “vende patrias” a un grupo de jinetes que venían a celebrar al nuevo presidente; filmaron el intercambio, entre risas, para luego compartir el video que se hizo viral. Todos recibieron amenazas, incluyendo las hijas menores de edad de la mujer y las del diputado.

A unos pocos kilómetros de distancia, el presidente que asumió sonreía ampliamente al recibir de parte de su antecesor, con abrazo incluido, la banda presidencial. Luego tomaba del brazo al presidente saliente, más avanzado en edad, y lo ayudaba a retirarse del estrado ubicado en Plaza Independencia. El mandatario que se estrenaba había llegado hasta allí cortejado por más de 3.000 jinetes que viajaron, en algunos casos desde Rivera, para celebrar su llegada al gobierno. Se reunieron primero en la Rural y luego rodearon el Palacio Legislativo para homenajear al mandatario. Todo esto transcurrió en total paz y armonía.

Las imágenes de estas escenas recorrieron el mundo. Y aquí nomás, en las mismas redes sociales en las que los primeros uruguayos mencionados fueron insultados y amenazados, otros compatriotas celebraron 35 años de democracia, destacando la alternancia de partidos en el poder, resaltando la transición ordenada y compartiendo la imagen -realmente emocionante- del más joven y el más veterano, de partidos opuestos, caminando del brazo, cómplices conversando bajo el sol demoledor de un domingo de cambio de mando.

¿Un solo Uruguay? Más bien un Uruguay bipolar, en el que es posible que todo esto pase al mismo tiempo, en el mismo día, casi que en el mismo lugar. Un Uruguay que efectivamente es una democracia ejemplar pero en el que pululan ciudadanos deplorables, dispuestos a amenazar y hasta desearle la muerte a un presidente electo vía Twitter (siga conmigo que le cuento).

Pero vayamos caso a caso, porque en los detalles se esconde el diablo. El 1° de marzo el diputado comunista Gerardo Núñez decidió vestir una camiseta de manga corta por debajo de una camisa. En ella se veía la bandera de Cuba y su elección fue su forma de protestar porque ese país no fue invitado a la toma de mando. Al día siguiente, el Partido Comunista informó que el diputado había sido amenazado de muerte, al igual que sus hijas e hizo la denuncia.

Poco ante de que Nuñez ingresara al Palacio Legislativo, un adolescente cuya familia vive en un barrio privado cercano al que habita Luis Lacalle Pou, dio su opinión sobre el gobierno que terminaba y habló de mentiras y “farsantes”. Pronto las imágenes televisadas comenzaron a compartirse en redes con un nivel de agresividad creciente. El “chico de la Tahona” también fue amenazado (le dijeron que lo iban a acuchillar); su madre hizo la denuncia y pidió apoyo psicológico en el liceo al que asiste. En una columna de su programa Recalculando (Carve), la periodista María Gomensoro expresó su rechazo y autocrítica desde la profesión, ante la exposición de un menor de edad.

Vamos medio día del 1 de marzo y hay incontables amenazas

En la tardecita, mientras que los jinetes se desplazaban por Montevideo, una mujer y su padre les gritaron “alcahuetes vende patria, alcahuetes multicolor”. Ella filmó un video, se lo mandó a su padre, él a su pareja y así siguió la ruta macabra del Whatsapp y las redes, para llegar a la ansiada y poderosa viralidad. Claro que ninguno, ni la mujer, ni el padre, ni los jinetes, previeron lo que pasaría después. Ella comenzó a ser amenazada por Facebook (lo que incluyó a sus dos hijas menores de edad) que además es su fuente de trabajo, porque vende libros por esta vía.

El escándalo llegó a tales niveles que la empresa de embutidos que lleva el mismo nombre que el apellido de la mujer y su padre consideró que debía enviar un comunicado de prensa para deslindar cualquier tipo de relación con ellos. El texto termina así: “...desea manifestar su repudio contra todo acto o manifestación de violencia de cualquier naturaleza y por cualquier motivación”.

Padre e hija pidieron disculpas públicas por su acto de intolerancia y se manifestaron arrepentidos. Pero en la “tacita de plata” uruguaya convive la democracia ejemplar con la ley del Talión, así que ojo por ojo a diestra y siniestra. Nada apagó el furor de algunas personas que incluso consideraron que merecían un escrache. También por Whatsapp estas personas convocaron a un escrache.

En realidad todo lo que pasó en estos días es un enorme escrache. Ojalá fuera -solamente- un escrache 2.0, virtual y limitado a las redes sociales en las que los procesos de polarización y radicalización no dejan de crecer exponencialmente, al ritmo de la intolerancia de demasiados uruguayos. Antes solía pensar que no era para tanto. Que eso sucedía en “el barrio de Twitter”, donde estas personalidades agresivas, a veces solitarias, siempre resentidas, prosperan alentadas por corazones de Me Gusta y retuiteos que dan manija. Ahora creo, con dolor,  que no es solo Twitter. Hay un preocupante porcentaje de uruguayos de carne y hueso, no solo avatares o fotitos de perfil de redes sociales, que hacen del odio su religión.

El propio Lacalle Pou demostró su preocupación en la entrevista que le concedió a El Observador esta semana, al hablar -como lo hizo en su discurso ante el Parlamento- de “seguridad humana”, lo que para él es un concepto más amplio que el de seguridad pública. “Yo no puedo entender una sociedad que tiene una escalada de violencia delictiva, intrafamiliar, en el tránsito, en la escuela. Creo que debemos tener una valoración social e impulsada desde el gobierno de relaciones armoniosas. Eso es un desvelo. Vamos a terminar con estar con los dientes apretados, con la descalificación, con los agravios. Es mentira que somos tolerantes y en este mundo moderno un gran desafío es la redefinición de la tolerancia, que es realmente ponerte en los zapatos del otro. Hoy hay como una estridencia social y uno está más propenso a la agresividad”, dijo.

Eso de “dientes apretados” es una imagen dolorosa pero acertada. Así percibo a cada vez más uruguayos en redes y en vivo y en directo. Buscan constantemente el error o supuesto error del que piensa diferente, insultan, descalifican, amenazan. Y son multicolores, vienen de todos los partidos y todas las creencias. No somos ni tan tolerantes, ni tan justos, ni tan pacíficos, ni tan civilizados como nos creemos y como queremos hacerle creer a otros que nos siguen idolatrando con eso de “como los uruguayos no hay”. Esta semana escuché esa frase tres veces de boca de taxistas bonaerenses, mientras que leía con preocupación expresiones de intolerancia y odio de todo tipo y color.

Otra víctima improbable de la ira que nace en redes y supura en la vida real, fue la periodista Blanca Rodríguez. A partir de un tuit en el que llamó “judío” a un científico alemán -y judío- que vivió en Uruguay, fue insultada una y otra vez. Incluso si lo que escribió es un error, definitivamente no fue generado por odio religioso. Rodríguez debió ser defendida por los propios representante de la comunidad judía uruguaya, incluyendo al Comité Central Israelita, que resaltó su “apoyo a la causa de la lucha contra el antisemitismo, la xenofobia y todo tipo de discriminación”.

Me permitirán una última perla a este collar de adefesios intolerantes; el domingo 1 de marzo estuve en el Palacio Legislativo y luego de la ceremonia decidí quedarme afuera filmando a los jinetes. Durante esas horas compartí fotos y videos en Twitter y El Observador replicó algunos de esos mensajes desde su cuenta. En uno de los videos que subí se veía el auto que transportaba al presidente y vicepresidenta rodeado de personas de seguridad que corrían al ritmo del vehículo, rodeándolo. Unos cuantos contestaron horrorizados porque eran “obligados” a correr al rayo del sol (aunque ese es su trabajo).

Otras llegaron incluso a comparar la escena con otra que quedó grabada en la retina universal de la historia: la del presidente estadounidense Kennedy, desplazándose en un auto también descapotable, rodeado de guardaespaldas que corrían a la par, mientras que Harvey Oswald apretaba el gatillo que terminaría con su vida. Adivine usted cuál era el deseo de estas personas. No voy a replicar por aquí sus mensajes. Ojalá si está leyendo esto usted tampoco amplifique otros mensajes de violencia e intolerancia, ya sea que lleguen por Twitter, por Whatsapp o de boca de su vecino, en vivo y en directo.

Todavía hay tiempo de volver a ser amables o al menos respetuosos. Siempre hay tiempo. 

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