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El productor uruguayo que recorre el mundo con dos de las películas más destacadas del 2018

Desde México,  Sandino Saravia habló de su carrera y de su participación en dos de las películas latinas más importantes del 2018: Pájaros de verano y Roma 

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13 de octubre de 2018 a las 05:03

Sandino Saravia Vinay no quiere ser director. No tiene ganas, a diferencia de varios de sus colegas, de ponerse detrás de una cámara, de preocuparse por los ángulos, los encuadres, la dinámica entre los actores o la puesta en escena. Sabe que nunca lo hará, o al menos eso cree ahora. Él, que nació en Treinta y Tres, tiene 40 años y desde hace varios años vive en México, está cómodo en la producción. Saravia siente el vértigo donde otros ven monotonía; la adrenalina corre cuando los proyectos en los que trabaja se encaminan, cuando aquello que parecía imposible al principio comienza a tomar forma y termina ocupando un espacio que antes no ocupaba. Cuando la creación que él ayudó a gestar se completa.

Explica que no es cinéfilo y que lo primero que supo de cine lo aprendió de un puñado de amigos que conoció en la Universidad Católica a fines de la década de 1990. Y que cuando esos mismos amigos comenzaron a desarrollar sus primeros cortos, el comenzó a interesarse por la producción. “Cuando entré a la facultad, en Uruguay el cine no era una posibilidad real, por eso tampoco estuvo entre mis planes. Pero al poco tiempo se filmaron En la puta vida y 25 watts, y demostraron que sí se podía”, cuenta Saravia desde México, país en el que pasó a vivir cuando sus lazos con el cineasta uruguayo Rodrigo Plá –que vive allí y con el que produjo La demora y Un monstruo de mil cabezas– se fortalecieron. Mientras la productora que fundó junto a Plá –Malbicho, creada en 2009– tomaba fuerza, se asentó su vínculo con el enorme país norteamericano. 

“Acá se producen unas 170 películas al año. Es un lugar donde continuamente aparecen proyectos y oportunidades”, dice. Entre esas oportunidades de las que habla, hay dos títulos en los que trabajó junto a su colega mexicano Nicolás Celis que se han destacado en festivales del mundo en los últimos meses. El primero es Pájaros de verano, la nueva película del colombiano Ciro Guerra –nominado al Oscar en 2016 por El abrazo de la serpiente–, un proyecto donde Saravia fue coproductor. La otra película es Roma, del mexicano Alfonso Cuarón, que ganó el León de Oro en el último Festival de Venecia y que suena fuerte como una de las mejores películas del año. En esa producción, que fue comprada por Netflix y que se verá próximamente en esa plataforma, Saravia es productor asociado. 

Entre festivales, premios, grandes producciones latinas y la mira puesta en Uruguay, Saravia habla desde el norte del mundo sobre su mundo: el cine.

¿Una vez dentro de la industria, logró convertirse en un cinéfilo?

No, nunca llegué a serlo, al menos no me considero uno. Me falta mucha cultura cinematográfica, hay mucho cine que no he visto. Soy de las personas que se olvidan de las películas y no soy de estar en los detalles como les pasa a muchos en este mundo. Claro, me gusta mucho el cine, lo disfruto y también soy muy crítico con él. Tanto que mis amigos me dicen que no me gusta nada (risas).

¿Qué le deja, vocacionalmente, ser productor?

Es una pregunta que me hacen muy seguido y es lógico, porque uno se puede preguntar por qué me interesaría meterme en un trabajo que genera tantos dolores de cabezas (risas). Siempre he creído, y los años me lo han confirmado, que tengo ciertas cualidades para el rol, así como siempre he creído que no tengo ninguna para ser director o para escribir. Creo que tengo facilidad para organizar, para tratar con la gente, para tener una visión global de los proyectos. Me interesa planificar y tomarme las cosas con calma, y creo tener una personalidad que me ayuda a ello. Y si bien uno escucha que los proyectos son muy dificultosos y parecidos a historias de terror, la mayoría en los que he trabajado han sido exitosos, en el sentido de que han salido bien, con el dinero planificado y con las pautas preestablecidas. La recompensa es la satisfacción personal de lograr cosas que al principio parecían imposibles. Y lo lindo de este trabajo también es que te lleva a meterte en lugares que no pensaste conocer o en situaciones insólitas.

¿Por ejemplo?

Hace unos años, por ejemplo, cuando hicimos Agua fría de mar en Costa Rica, teníamos que encontrar una serpiente venenosa que solo estaba en una parte del país y tuvimos que armar una especie de expedición. Como productor podés estar sentado con el intendente de tal lugar para pedir habilitaciones un día, y al otro tener que estar hablando con un entrenador de papagayos para una película. Y eso es cansador, pero divertido. No existe la monotonía en este trabajo. 

¿Cómo ha sido la relación entre su carrera y los festivales de cine?

El primero al que fui fue a Berlín en 2004. Era la segunda edición del Berlinale Talents, en el que invitaban a jóvenes realizadores del mundo a estar una semana allá y a tener entrenamiento en sus áreas. Fue un primer shock, porque es uno de los mercados más grandes que hay a ese nivel. Saliendo de Uruguay, donde no sabíamos muy bien cómo funcionaba ese mundo, encontrarse con todo eso fue chocante. Era un mundo que no conocíamos. Ahí uno comprende cómo son los caminos verdaderos para que las películas lleguen a los cines. En ese sentido, los festivales, para el cine independiente que hacemos en Latinoamérica son fundamentales. Son claves para la vida de la película, para las carreras del director y el productor, y para poder seguir produciendo. E incluso son importantes para las películas más comerciales. Cannes, por ejemplo, es el mercado más grande que hay, y abajo del piso donde están los grandes maestros del cine están los stands donde te venden películas de clase B, de karate, las películas de Chuck Norris. Todo el negocio del cine pasa por allí.

Escena de Pájaros de verano

Es una mezcla de mundos.

Es un mercado. Te venden todo. Parte del trabajo es entender quién es el que te va a comprar tu película, que no es obviamente el que compra las de Chuk Norris o el que compra las de Spielberg. Toda la fauna del cine independiente se mueve en esos sitios, y si uno quiere salir de la burbuja de Montevideo, necesariamente tiene que pasar por ahí. 

¿Cómo se ve al cine uruguayo desde los festivales internacionales?

Viéndolo de afuera, las producciones uruguayas han bajado estrepitosamente. Creo que hubo una ola muy fuerte a partir del 2004, a partir de Whisky, que fue cuando se empezó a hablar del cine uruguayo con fuerza en el circuito independiente. Hubo varias producciones que pelearon en festivales importantes, pero te diría que hace cinco años que no sale una película enteramente uruguaya que destaque en un festival. La noche de 12 años, que está sonando mucho, tiene mayoritariamente producción extranjera. Una de las razones es el estancamiento del fondo de fomento del ICAU. No se puede hacer películas de forma sostenida con los fondos ridículos que el ICAU está pagando. Estaban bien hace 10 años, cuando surgió la ley de cine, pero se quedaron en el tiempo. Una película no se puede hacer con tan poca plata. Hay mucha gente con talento en Uruguay que se cansó, porque tenés que darle de comer a tus hijos, trabajar, y si cada película implica que tengas que hipotecar tu casa y vender tu auto, lo hacés una vez y después no lo hacés nunca más. 

“Hay mucha gente talentosa en Uruguay que se cansó. Si cada película implica que tengas que hipotecar tu casa, lo hacés una vez y después no lo hacés nunca más”

¿Cómo ven los productores el avance de Netflix como centro de distribución de contenidos?

Está todo el mundo muy preocupado. Hace poco estuve en el Festival de Venecia con el equipo de Roma y me encontré en uno de los tantos cócteles que hacen con la número dos del mercado de Cannes. Nunca habíamos hablado y cuando le conté que estaba con Roma, abrió los ojos y lo único que me preguntó durante 20 minutos fue qué íbamos a hacer con Netflix, cómo había sido el arreglo y qué particularidades tenía. Aunque nadie sabe bien cómo se está moviendo Netflix, ellos siguen un esquema de sumar suscriptores sin importarle el resto. No tiene un departamento de festivales, no hay comunicación entre ellos y los jugadores del mercado porque no le interesa. No le venden a nadie, les compran directamente a los productores, no necesita de los festivales. Por eso preocupa. Con respecto a los productores, hay una paradoja y con las dos películas que estamos moviendo este año se demuestra. A Roma la compró Netflix, y a Pájaros de verano, cuando la presentamos en Cannes, también la quisieron comprar. Ofrecieron muy buen dinero. Sin embargo, la agencia de ventas de la película decidió no venderla. La razón es sencilla: a Ciro Guerra lo conocen críticos, los que siguen el cine independiente, las personas que se mueven en este mundo, pero el carnicero de la esquina probablemente no sepa quién es. Entonces, si le vendían la película a Netflix, la plataforma la iba a enterrar entre sus 270 mil títulos y con eso le iba a arruinar la carrera al director. La película deja de poder ir a festivales, no la exhiben en ningún lado, nadie habla de ella y fracasa. Pierde visibilidad. Para Pájaros de verano, Netflix no era una opción. 

Escena de Roma

Era una buena oferta económica, pero mala desde el punto de vista creativo.

Al menos a largo plazo, sí. Se gana dinero, pero en este rubro la idea es hacer que la carrera del director no se muera por una mala decisión de distribución y que una película que costó tanto hacer exista de verdad y se hable de ella. No es lo mismo Alfonso Cuarón y Roma en Netflix, que Ciro Guerra y Pájaros de verano en Netflix. Todo el mundo sabe y va a saber que Cuarón va a estrenar en Netflix, además de que él no necesita de ninguna publicidad. Con Netflix el gran temor es que se convierta en un monopolio, que liquide las agencias de ventas del cine independiente que están subsidiadas por los gobiernos europeos. Es una gran incógnita. La sensación es que con Netflix estamos en un punto de quiebre para el negocio, pero no sabemos para qué lado.

Dos películas con fuerza y proyección

Tanto Roma como Pájaros de verano son películas que vienen sonando fuerte en el mundo del cine desde hace tiempo. La primera es la película más reciente del mexicano Alfonso Cuarón (Y tú mamá también, Niños del hombre, Gravedad), que ganó el León de Oro en Venecia y que ha sido apuntalada por la crítica mundial. “El fascinante drama de Alfonso Cuarón es su mejor película desde Y tu mamá también (...) Sobresale como obra de época tradicional”, escribió, por ejemplo, el crítico del sitio estadounidense IndieWire. Se estima que se estrenará en Netflix en los próximos meses. 

 

Pájaros de verano, por su parte, es la última realización del cineasta colombiano Ciro Guerra, en conjunto con la directora Cristina Gallego. Guerra estuvo nominado al Oscar en 2016 por la película El abrazo de la serpiente. En su nueva producción se cruzan el tráfico de marihuana desde Colombia a Estados Unidos, la crisis de una familia indígena del país y una guerra tribal que pone en jaque a ambas culturas. La película tendrá un recorrido importante por las salas del mundo, pero aún no está anunciado si llegará a estrenarse en Uruguay.

 

¿Cómo fue el trabajo en Pájaros de verano?

A Ciro lo conocemos desde hace tiempo de los festivales; luego de El abrazo de la serpiente, él ganó mucho prestigio en el cine independiente. Nosotros desde México conseguimos fondos para el proyecto, a Ibermedia, un incentivo fiscal y para completar la coproducción pusimos algunas figuras claves, como el editor, la música, y la posproducción de la imagen. Se filmaba en Colombia y se mandaba el material para acá para editar y terminarlo. Fue un proyecto bastante placentero y con un resultado, a mi gusto, muy bueno y mejor del esperado. Yo tenía miedo que la compararan con El abrazo de la serpiente, pero prácticamente nadie lo ha hecho.

¿Hay expectativas para los Oscar? Ciro Guerra ya estuvo nominado en 2016.

Fue elegida por Colombia y hay cierta expectativa, como sucedió con El abrazo de la serpiente. Tanto es así que el distribuidor en EEUU la quiere estrenar en febrero, y los directores están haciendo campaña. Viajan a Los Ángeles todos los meses. Si la película es seleccionada sería casi milagroso. Yo creo que tiene posibilidades, pero la competencia es muy complicada y es muy caro hacerlo.

¿De qué se trató su rol en Roma?

Fui productor asociado, que es cuando alguien colabora o es parte de un proyecto de forma importante, pero no es productor directo. Estrictamente, fui el brazo derecho legal de Nicolás (Celis), que es el productor. Durante tres años me encargué de gestionar los fondos mexicanos que conseguimos y el apoyo de los espónsores.

También es otra película que ha ganado premios en festivales y suena muy fuerte para los Oscar. ¿Cómo la ven en ese sentido?

Todos sospechábamos que una película de Alfonso (Cuarón) podía tener esta repercusión, pero teníamos reservas. Es en blanco y negro, está hablada en español y en una lengua indígena mexicana, y es una película netamente latinoamericana. No es una película de Hollywood. Estamos todos un poco sorprendidos de su repercusión. Para los Oscar, donde lo que importa son las críticas de la industria gringa, creo que sí arrancó con muy buen pie. Vamos a ver si no se desinfla, si se mantiene. Es una lotería, pero estamos muy sorprendidos y contentos con su repercusión.

Malbicho. En 2009, junto al director uruguayo radicado en México Rodrigo Plá, creó la productora cinematográfica Malbicho Cine, con la que produjeron La demora (2012), Boi-Neon (2015) y Un monstruo de mil cabezas (2015).
En carpeta. Como productor, Saravia tiene tres películas en desarrollo: El otro Tom, de Rodrigo Plá; Centro da Terra, del brasileño Gabriel Mascaro, y Perros, de Gerardo Minutti. A su vez, espera por el estreno de Divino amor, también de Mascaro.
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