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Jorge Cabrera y su esposa de toda la vida, viven actualmente en México

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El Usain Bolt que Peñarol contrató en la playa, ganó el ocho contra 11 y la Libertadores: la vida de Jorge Cabrera

Tenía una velocidad y una técnica espectaculares que llevaron al club a ganar el ocho contra 11 y la Copa de 1987 en la que lloró porque pensó que la perdían; le regaló la camiseta a San Cono y se fue a México; la vida de Jorge Cabrera

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23 de abril de 2022 a las 05:04

Los presentes en la Doble Visera de Independiente de Avellaneda no lo podían creer. Peñarol, que ya había bailado al equipo que entonces defendían jugadores como Claudio Marangoni, Ricardo Giusti, Ricardo Bochini y Alejandro Barberón, presenciaban lo que era la primera derrota del Rey de Copas, ganador de siete Libertadores, que perdía en su cancha ante un rival extranjero. Pocas veces se vio una diferencia tan grande en velocidad, en juego y el equipo de Óscar Tabárez tenía dos aviones como punteros: Daniel “Pollo” Vidal y Jorge Cabrera.

Cabrera era una especie de Usain Bolt, pero que sabía mucho con la pelota. Aquella noche de 1987, voló en Avellaneda y anotó dos de los goles aurinegros en el 4-2 que los clasificó a la final con América de Cali.

Es uno de los maragatos más famosos que desde hace muchos años vive en México, aunque vendrá a ver a su familia y amigos el mes que viene.

Jorge Cabrera con la pelota y con la camiseta de la selección de San José, con la que fue cuatro veces campeón del Torneo del Sur, dos con la juvenil y otras dos con la mayor

“Me crié en el Barrio Industrial a tres cuadras del Estadio Casto Martínez Laguarda. Tenía a Ariel Krasouski como amigo y él era el modo a seguir de nosotros. Le robábamos las pelotas a la selección de San José, las pintábamos de negro con pomada para zapatos y fue el equipier a decirnos que las devolviéramos porque si no, nos metían presos. ¡Teníamos 10 años!, contó Cabrera a Referí.

María, su mamá trabajaba en la intendencia. “Nuestra infancia era maravillosa. Nadie tenía moto, ni auto, pero éramos felices. Mi padre falleció cuando yo tenía cuatro años. Mi abuela Enriqueta me criaba, le matábamos los pájaros a pelotazos y se enojaba. Ahora voy a ir ver a mi mamá que cumple 94 años”.

Su hermana Ana María falleció en 2011 pocos días después de la última final que jugó Peñarol por Copa Libertadores ante Santos. “Pasamos unos días complicados. Recuerdo la entrada de Peñarol al Centenario aquella noche. Fue impresionante, nunca vi una cosa igual”.

Un equipazo de Bella Vista; el Vasco Ostolaza, Jorge Fossati, Carlos Vázquez, el Pato Castro, Raúl Möller y Ruben Dopico, arriba, en tanto abajo, aparecen Jorge Cabrera, Yubert Lemos, el Fito Barán, Víctor Rabuñal y Carlos Larrañaga

Estudió electricidad en la Escuela Industrial. “Fui a aprender electricidad y no sé cambiar ni un foco de luz. A los 17 años empecé a trabajar como empleado de la tienda Las Palmas, vendiendo ropa, siempre jugando al fútbol. No cobraba, sino que me vestía. Todas las semanas me llevaba dos pantalones Levi’s”, recuerda.

Debutó en Central de San José en Primera con 16 años y admite que le dio disciplina para jugar al fútbol y lo formó.

En el baby, había jugado en River, el cuadro del barrio y a los tres años se fui a Central. Le pegaba bien con las dos y jugaba en las dos puntas. Con 16 años fue a jugar con unos Adidas fluorescentes. “Ganamos 4-2 al pueblo de Ricieri Campaña –quien aún jugaba en ese club y que luego fue campeón de la Copa Libertadores de 1980 con Nacional–, a unos kilómetros de San José”.

Con la selección maragata, fue cuatro veces campeón del Sur, dos en juveniles y dos en mayores. Tenía 13 años y lo llevó el padre de Sergio González.

Era tal su nivel que Omar Garate y Julio Montero Castillo obtuvieron una autorización de Central de San José, y con una carta, lo llevaron a entrenar a Peñarol.

Una especie de plaqueta que le regaló Bella Vista en 1988 a Jorge Cabrera por los "gratos recuerdos" que dejó en esa institución

“Yo volaba, era un avión en el campeonato del Sur. Ellos consiguieron esa autorización y me llevaron a Peñarol a practicar con el primer equipo. Estaba Hugo Fernández de técnico. Montero Castillo no quiso entrar a Los Aromos, vio la práctica de afuera. Yo entrené con Diogo, con Morena, con toda esa banda. Había un half izquierdo que nunca me la daba y el Mudo (Montero Castillo) quería entrar a matarlo. Yo recién llegadito del Torneo del Sur y estaba con esos monstruos. El arquero era Gustavo Fernández y anduve bien, pero no pesaba ni 60 kilos y tenía al Negro Diogo marcándome. Me tiró un par de viandazos. Tenía 20 años. Me fui a bañar en una ducha que no funcionaba y Morena me decía que fuera para otra. Me trataba como que me conociera de toda la vida. Después lo tuve de técnico. Esa experiencia me sirvió de mucho porque te das cuenta de lo que ves en vivo, no te lo cuentan ni lo ves por la tele. No había figuras, eran todos normales. Ahí comprendí muchas cosas”.

De allí se fue a Bella Vista en 1984 y lo recibió Sebastián Bauzá padre. “Me pagaban $ 10 mil de sueldo y si jugaba 10 partidos me subían a $ 12.500. Central me dio $ 10 mil para que me comprara tres pares de zapatos. Vivía en la pensión del club con Yubert Lemos, el Pato Castro y otros”.

Debutó contra Central Español que había ganado el ascenso y ese año sería campeón uruguayo, en el Palermo, y ganaron 2-1 con un gol suyo tras una pared con Víctor Rabuñal a los 7 minutos. El Chema Rodríguez era el técnico. “'Dénsela al Chiquito’, decía en las prácticas”, dice. Y añade: “Iba goleador del campeonato, el mejor asistidor y en agosto me rompí los meniscos en una práctica”. Compartía un equipazo con Carlos Vázquez, el Pato Castro, Raúl Möller, el Vasco Ostolaza, Yubert Lemos, Carlos Larrañaga, el Fito Barán, el Guiso Rodríguez Rodríguez. Perdimos la final de la Liguilla por penales con Peñarol. Estuve tres meses de baja y cuando volví, el técnico era Ángel Traverso. Jugamos la Libertadores con un equipo con problemas económicos gravísimos”.

Jorge Cabrera con su esposa y sus dos nietos, Leonardo de cuatro años y Rodrigo, de dos

El Profesor José Ricardo De León fue el entrenador que lo ayudó mucho de su rehabilitación de rodilla en 1986.

“Llevó a Clavijo de arquero, a Julio Ribas, con Tchakidjian hicimos una gran pretemporada y De León me ayudó mucho. Después vino Fleitas. Fuimos segundos en el Uruguayo e igual peleamos el descenso porque en 1985 nos había ido mal”, explica.

Recuerda una anécdota con el Guiso Rodríguez Rodríguez luego de un gol que le anotó a Nacional.

“En 1984 le hacía goles a todos y se me ocurrió decir que quería jugar en un grande. Vino el Guiso y me dijo: ‘Lo que pensás, no lo podés decir, no te agrandes’. La gente de experiencia te ayuda. Todos queremos jugar en un grande. Yo quería jugar en Nacional, porque a Peñarol lo veía más lejos, mucho más grande. Y se me dio”.

Jorge Cabrera cuando defendió a Peñarol durante dos años

Al hablar de ídolos, no habla de uno en especial ni de un equipo, sino de distintos jugadores: “Imitaba lo que hacía el Cascarilla Morales, me gustaban Venancio (Ramos) y Morena. En la Copa de Oro de 1980 la selección fue a San José y tuvimos la suerte de verlos entrenar en el estadio. Los veía tirar los centros banana al Cascarilla y a Venancio y yo los practicaba después por ellos. Veía cómo recortaba Ruben Paz, los quería imitar a todas esas fieras. Calentaban de championes y no de zapatos de fútbol porque había pedregullo. En 1988 fui compañero de cuarto de Venancio. No lo podía creer. Tuve mucha suerte. Me pasó lo mismo de ver entrenar a Fernando Álvez, al Sr. Máspoli (sic) y después lo tuve de técnico. Tuve varias agarradas con él, hacía mucho fútbol en las prácticas. Krasouski era nuestro ídolo del barrio y estaba en esa selección. Me gustaba José Hermes Moreira, que jugaba de lateral y de puntero”.

¿Y cómo llegó a Peñarol? Su respuesta fue tajante: “No tengo ni idea cómo llegué a Peñarol. Habrán dicho ‘tenemos que traer uno que le pegue con las dos y que juegue por derecha e izquierda’. Estaba en la playa de Boca de Cufré en San José con unos amigos y me llamaron al teléfono del parador para que fuera al Palacio Peñarol porque me iba a préstamo. Salí como loco”.

La medalla que le entregó Peñarol por haber ganado el clásico ante Nacional de los ocho contra 11, del que justamente este sábado 23 se cumplen 35 años

Y agrega: “Llegué y me recibieron Amadís Errico y Atijas. Ganaba seis veces más que en Bella Vista. Después de la oferta, me dijeron: ‘Te vamos a dejar 15 minutos para que lo pienses’, y yo decía para mí, ‘Tráiganme ya el contrato que firmo’. En el Palacio andaba el Pollo Vidal que se había operado la nariz. Todos los días salía un ómnibus del Palacio y me llevaba a Los Aromos. Íbamos con Trasante, con el Zurdo, y yo me decía: ‘Mirá con quiénes estoy’. Recién habían salido campeones uruguayos en aquella final del 6 de enero contra Nacional que ganaron por penales”.

Para esa temporada 1987, Peñarol ya había ascendido a varios jugadores jóvenes y solo lo contrató a él. Luego llegó Juan Carlos Paz junto con el Maestro Tabárez, quien ya lo había dirigido en Wanderers.

“Me estaba haciendo la revisión médica con el Dr. Walter Rienzi y entró el Maestro al Palacio para firmar el contrato. Le tengo que agradecer a Coquito (Rodríguez) que se enojó con el Maestro y se fue para España, porque desde allí, fui titular. Coquito estaba medio celoso desde que yo llegué. El Maestro no jugaba con tres puntas, jugaba mucho con 4-4-2”, recuerda.

Los ocho que le terminaron ganando a Nacional el clásico de los ocho contra 11 el 23 de abril de 1987 del cual este sábado se cumplen 35 años; Cabrera está abajo a la derecha

Su primer gran examen fue nada menos que el clásico de los ocho contra 11 del que justamente este sábado se cumplen 35 años.

“Se comentaba en la prensa que si el Maestro perdía lo echaban. Fue un clásico más. Por suerte se dio de esa forma. Aparte Nacional tenía un cuadrazo y Peñarol todos los jóvenes de 1986, con Trasante, (Eduardo) Pereira y el Zurdo (Viera). Con Diego (Aguirre) entramos juntos y enseguida echaron al Zurdo, y después a Herrera y a Perdomo. Matosas se tiró más atrás. No podíamos ni pasar la mitad de la cancha, ellos tocaban bien, metieron mucha gente en el área para llegar, jugaban bien al fútbol, no tiraban muchos centros”, dice.

Un partido a beneficio de la Mutual reunió a Jorge Cabrera con dos excompañeros de Bella Vista: el Pato William Castro y Yubert Lemos

Y continúa: “En una de las tres o cuatro jugadas que supimos salir jugando, Diego me filtró una pelota y vi al arquero medio tirado hacia su palo derecho y le pegué cruzado, como casi siempre definía. Gritamos el gol como 10 minutos. Quería ir para nuestra cancha y me decían: ‘Pará, quedate’. Aguantamos 10 minutos más. Cuando terminó el partido, no nos dimos cuenta, pero con el tiempo, advertís que le ganaste con ocho al rival de siempre, que eras muy joven, y con los años, te percatás que lograste una hazaña. Tengo una medallita que nos dieron por ese partido, está el mural en Los Aromos, y eso quedó grabado en la historia de Peñarol. Fue algo que nos marcó. Después, de eso, el grupo quedó muy unido, con una confianza enorme, nunca hubo un enojo. La forma de trabajar del Maestro también ayudó”.

En este video se puede ver el gol de Cabrera a Nacional en el recordado clásico de los ocho contra 11:

Cabrera razona muy bien una situación que se dio. “Ayudó mucho la Copa América de Argentina que se jugó en plena Libertadores, porque Fleitas llevó a compañeros nuestros como titulares y se ganó: estaban el Chueco (Perdomo), Pepe (Herrera), Gustavo (Matosas), Eduardo Pereira, Domínguez –que se metió en el bolsillo a Maradona–, Dito Da Silva, Trasante, jugadores bases que sumaron experiencia y eso llevó a que nosotros después tuviéramos más confianza: ‘Tenemos compañeros campeones de América’, pensábamos. A los dos días de ser campeones, estaban al lado nuestro tomando café con leche y comiendo bizcochos”.

La Copa Libertadores de 1987 que fue la última que ganó Peñarol, tuvo su momento de apogeo futbolístico en los dos partidos ante Independiente. Cabrera le anotó un gol en Montevideo y dos en Avellaneda.

En este video se puede ver la goleada de Peñarol a Independiente 3-0 en el Centenario con un gol de Cabrera:

“A Independiente le podíamos haber metido seis. En Montevideo el 3-0 fue espectacular; después, el otro también, aunque jugamos de contragolpe, y a River también le ganamos. Les pasamos por arriba con estadios llenos. Decías, ‘qué increíble lo que estoy viviendo’. Independiente tenía a Bochini, nosotros al Dito (Da Silva), River a Gallego, nosotros al Chueco, y luego vino América que contaba con Gareca y nosotros con Diego (Aguirre). Sabíamos lo que éramos como equipo. Sí éramos jóvenes, pero como jugadores de fútbol, teníamos una experiencia tremenda. Éramos un cuadrazo bien dirigido. Estábamos destinados a ser campeones de América”.

Cuenta que el momento que más sufrió fue cuando Tabárez lo había sacado en la final de Montevideo, y tuvo que ver el resto del partido desde el vestuario, porque en esa época, no se podían quedar en el banco.

En este video se pueden ver los cuatro goles de Peñarol a Independiente en Avellaneda, dos de ellos, de Cabrera:

“El tiempo se iba y nos habían sacado al Flaco Rotti y a mí. Mirábamos desde la ventana del vestuario y de los nervios empezamos a llorar porque se iba el sueño del título. Pero cuando Villar hizo el gol de tiro libre, recuerdo que llorábamos como locos, pero ahí ya de alegría. El Maestro justo puso al Bomba (Villar) por mí, gracias a Dios”, comentó.

El equipo titular de Peñarol campeón de la Libertadores de 1987 posando en Santiago antes de la finalísima ante América

Cabrera tiene una visión muy especial de aquel momento: “Pensábamos, ‘si estos boludos no nos tienen miedo a nosotros, nosotros no les tenemos miedo a ellos’”.

La final de Santiago tuvo de todo. Estaban en el mismo hotel con América y surgieron algunas provocaciones para que los jugadores aurinegros reaccionaran, como cuando Battaglia se apareció en un ascensor con la camiseta de Nacional.

“El Chueco (Perdomo) casi lo mata. Lo vi y me pareció un tarado, pero otros se lo querían comer”, explica.

El festejo de Jorge Cabrera y Eduardo "Dito" Da Silva luego de haber ganado con Peñarol en Santiago la Copa Libertadores de América 1987

Ya en la cancha, Peñarol tenía que ganar porque con el empate, el rival era campeón.

“Fuimos mucho más que ellos en todo el partido y ganamos merecidamente la Copa. En el gol de Diego que vi seis millones de veces, entró Tito, el flaco Rotti y yo, y Diego le pegó al segundo palo. Cuando se terminaba, el Negro Ampudia me pegó una patada terrible, lo echaron y terminé con un esguince de rodilla enorme”, dice.

En este video se puede ver el gol de Diego Aguirre, y sobre el minuto y 30 segundos, abajo a la izquierda, el patadón de Ampudia a Cabrera cuando se terminaba el partido:

Cuando terminó el partido se subió a un alambrado en la tribuna de enfrente a la oficial y cuando miró para abajo, estaba como a 10 metros de altura.

Cuenta que “al Chueco le pedí la Copa para correr un poquito y darle un beso, porque no la largaban ni él ni Eduardo Pereira. Los hinchas me dejaron solo con la camiseta y el calzoncillo. La camiseta se la había prometido a San Cono y se la llevé (se emociona mucho)”.

El éxtasis se apoderó del vestuario de Peñarol tras ganar la Libertadores en Santiago en 1987; Cabrera aparece a la derecha de la foto

Recuerda que el presidente José Pedro Damiani era “muy autoritario, estaba en plan de arreglar las finanzas del club, no nos pagaba buenos viáticos, no nos pagó buenos premios por ser campeones. Siempre fue un Peñarol austero, e increíblemente se encontró con un Peñarol para ser campeón de la Libertadores. Para arreglar para el siguiente año fue complicado porque no nos quería dar un buen contrato. En esos momentos, nosotros no lo comprendíamos”.

Del partido ante Porto en la nieve de Tokio por la Copa Intercontinental dice que fue “injugable”.

El plantel prácticamente entero de Peñarol de los campeones de la Libertadores 1987 posando en Los Aromos; Cabrera es el primero a la izquierda entre los del medio

Y añade: “Hacía 11 grados bajo cero. Ninguno de nosotros había jugado con la pelota amarilla, ni tampoco con 30 cm de nieve. El Maestro me sacó en el entretiempo: ‘Jorge, no es partido para vos’, me dijo, y tenía razón. Nos dieron unas medias como de nailon para ponerse otras arriba, y guantes. Ellos nos ganaron en una jugada fortuita. No me dolió el partido, ni vi el segundo tiempo”.

En 1983, Juan Cabrera lo ayudó a ir a una preselección juvenil que dirigía Pepe Etchegoyen, en la que estaban Ruben Sosa, el Pato Aguilera, y eliminó al golero Roberto Cabrera, Dito Da Silva y a él. Jugaron un Sudamericano en México.

Diego Aguirre y Jorge Cabrera en plena final de la Copa Intecontinental de Tokio 1987 con Peñarol ante Porto en el medio de la nieve

En México, defendió a Tigres, Correcaminos, Querétaro, y Tampico Madero.

Hugo Fernández, justo el que le tomó la primera prueba en Peñarol cuando recién llegó de San José y no quedó, estaba en Tigres y se fue para allá. “Conocía al club porque habíamos venido en la gira y estuvimos en Monterrey. Estuve con Juan Carlos Paz y Daniel Bartolotta, que hacía años que jugaba acá, Gioscia era el preparador físico, Daniel Enríquez era el ayudante de Hugo”.

El puntero uruguayo Jorge Cabrera con la camiseta de Tampico Madero de México

Dice que le costó “muchísimo” adaptarse, porque allí se juegan partidos a 3 mil metros de altura con frío, luego otro con calor, otro con el smog y la altura de la Ciudad de México. “Salí votado como el mejor jugador de esa temporada”.

Se retiró en 1997, realizó el curso de técnico en México, y trabajó en una escuela infantil, universidad de fútbol.

Un partido a beneficio de la Mutual que juntó a los campeones de la Libertadores con Peñarol 1987: Eduardo Pereira, Obdulio Trasante, Marcelo Rotti, José Batlle Perdomo, Miguel Santos, Jorge Goncalves, José Herrera, Héctor Tuja y Fernando Morena (invitado); abajo, Jorge Cabrera, Diego Aguirre, Carlos "Tío" Sánchez, Ricardo Viera y Jorge Villar

“Hace dos años que no trabajo por la pandemia. Trabajé nueve años en una universidad y siete años a nivel de municipio, siempre encargado de fútbol. Tuve un equipo propio de Cuarta división durante tres años. Fui entrenador juvenil y siete años lo hice con el uruguayo Cecilio De los Santos en el mismo cuerpo técnico”.

El maragato Jorge Cabrera en un partido de exjugadores de Correcaminos de México

Jorge tiene dos hijas, Cecilia y Daniela, una uruguaya y otra mexicana y dos nietos Leonardo de cuatro años y Rodrigo de dos. Hoy vive en familia y es muy feliz en un país que lo acogió, aunque nunca se olvida de Uruguay y menos de San José, al que lleva en sus venas.

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