Nacional > Balotaje 2019

El voto en un circuito rural entre comida casera, visitas de los vecinos y canciones de Los Pericos

En Canelones funcionó un circuito con apenas 17 habilitados, algo atípico en el sistema electoral uruguayo 

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25 de noviembre de 2019 a las 05:01

“Acá estoy para cumplir con el deber cívico”, dice don Domínguez con la picardía de los 89 años mientras entra arrastrando los pies al circuito número 498 de Capilla de Cella, en Canelones. Las funcionarias del centro de votación dejan todo y van hasta la puerta de la escuela rural número 39 para saludarlo con un beso y un abrazo. Una de ellas incluso se adelanta cuando lo ve llegar por el camino de tierra y sale a recibirlo al zaguán. 

Don Domínguez y las tres trabajadoras se conocen desde hace más o menos 15 años. Solo se ven cuando llaman las urnas. Gracias a ellas se conocieron y es probable que por su culpa no se vean nunca más. El circuito 498 es una rareza del sistema electoral uruguayo: tiene 17 habilitados para votar. En el resto de los circuitos el promedio bordea los 400. 

Para llegar hasta la escuela rural número 39 desde Montevideo hay que salir a camino Maldonado y manejar unos cuantos kilómetros por la ruta 8. Luego hay que girar a la derecha, tomar la ruta 9 y avanzar algunos kilómetros más hasta dar con un desgastado camino de tierra. La escuela es una casa grande con techo a dos aguas, las paredes pintadas de cal amarilla y las puertas de verde. Allí –alejado del bullicio capitalino en una jornada electoral– funciona desde hace tres elecciones presidenciales el circuito en el que vota Don Domínguez. Son pocos votantes porque la Corte Electoral ya no emite credenciales con ese número de padrón. Ahora a los jóvenes de la zona los mandan a votar a Soca, que queda a 22 kilómetros. “Se va muriendo la gente y también el circuito”, dice María Villegas, presidenta de la mesa. Y agrega: “Igual la pasamos espectacular”.

Al ser tan pocos, el 498 funciona con una confidencia única. En la tarde anterior a las elecciones, las funcionarias de la mesa –administrativas en la Intendencia de Canelones– cocinan lo que saben que no falla entre los votantes del circuito. Y cumplen con algún que otro capricho. Esta vuelta tocó pizza, pollo al horno, empanadas y torta dulce de naranja. También llevaron para compartir refrescos, té con limón y mate. La encargada de musicalizar la jornada es María González, la custodio, que pone una canción de Los Pericos atrás de la otra.

Saben en qué horario va a llegar cada uno de los votantes. La mayoría lo hace antes del mediodía, esa es su hora pico. A la hora de comer siempre llega Nancy –una enfermera que creció ahí y ahora vive en Montevideo– con sus hijos chicos y su marido. La rutina siempre suele ser la misma: mientras los niños corren por la canchita de la escuela, Nancy aprovecha a ponerse al día con sus conocidas de la mesa, comparten pizza y luego vuelve a la furia de la capital.

Desde esa burbuja de aire fresco, olor a aruera y silencio, lo que pasa en Montevideo es casi anecdótico. Las tres funcionarias y la custodio eligen no seguir el picadillo noticioso de último minuto; ni el video de Manini, ni las selfis de Lacalle Pou, ni la recorrida improvisada de Martínez. Su único contacto con el exterior es un chat de WhatsApp con compañeros en otros circuitos, más o menos cercanos, en el que intercambian estados de situación.

Este domingo de balotaje entre Daniel Martínez (Frente Amplio) y Luis Lacalle Pou (Partido Nacional) la preocupación estaba en el nivel de votación. Sobre las tres de la tarde era, para ellas, más bien bajo. En el 498 la pauta la marcaba el Gordo González, que con 43 años es el votante más joven del circuito y siempre es de los primeros en votar. Esta vez aparecerá sobre las seis de la tarde y ante el reclamo y las preguntas de las funcionarias de la mesa dirá entre risas que no pudo llegar antes porque estaba trabajando.

La última en votar es Beatriz, que llega siempre a las seis de la tarde. La única que falta con aviso a la votación es una señora de 98 años que vive en una casa de salud. 

Una vez que se cierra la votación y se hace el escrutinio, las mismas empleadas son las que transportan la urna junto a la custodio hasta la comisaría de Soca. 

El circuito 498 suele recibir pocas visitas oficiales. Tan solo algunos delegados que certifican al arranque que todo funcione bien y a veces Bomberos. Sí tienen muchas visitas de las otras, vecinos que saben que las muchachas –como algunos las llaman– trabajan todo el día y se dan una vuelta para charlar y saber cómo va la cosa. A media tarde aparece Ariel, uno de los infaltables, que trae helado para acompañar la torta de naranja. A veces también va León, que vive en el campo de la vuelta y siempre les lleva cordero asado, y Carlitos, que esta vez no lleva nada para comer, pero que al ver el pasto de la canchita alto decide irse y volver al rato para emparejarlo con su bordeadora. 

“Somos pocos votantes, pero que eso no confunda porque lo que hacemos nosotras es muy valioso”, dice María. Para ella el voto en la escuela 39 obliga a viejos vecinos a encontrarse y, de alguna manera, mantiene vigente a Capilla de Cella. 

Un rato después, don Domínguez sale del cuarto secreto, recorta la tirilla, desliza el sobre en la urna y deja ir su voto. Antes de enfilar por el camino de tierra de vuelta a casa, mira una vez más a la mesa y dice: “Misión cumplida. ¡Ahora que gane el que tenga más votos!”. 

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