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Emanuel, el niño que deslumbró al país con su violín

Una anciana ciega se sorprendió al tocarlo, uno de los músicos más conocidos del país le ofreció dar un show juntos y el club del que es hincha lo invitó a conocer el estadio después de interpretar una canción de la barra brava

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08 de enero de 2021 a las 09:00

La casa de salud quedó en silencio por tres o cuatro minutos. Las voces se enmudecían cada vez que la melodía de un violín resonaba más alto en un angosto trecho. Unos 15 ancianos escuchaban a un pequeño artista con atención desde su asiento hasta que una, en medio de una catarata de aplausos, pidió acercarse. Era una señora ciega que, sorprendida, descubrió que el responsable detrás de aquel espectáculo era Emanuel, un niño de 10 años.

—¿Puedo tocarte?— le preguntó con timidez
—¡Ah! Sos un niño. Pensé que eras adulto— se sinceró, complacida, apenas le tanteó la cara.

Emanuel Olivera, que ya tiene 14 años, deambula desde entonces con su violín del liceo a la cama, de la vereda al auto, del Antel Arena al Teatro de Verano. Esa obsesión parece acarrearla desde el principio, cuando volvía de ensayar en el Teatro Lavalleja y seguía en su cuarto obstinado con aprender partituras.

A diferencia de otros niños que pasaron su infancia enfrente a una consola, nunca tuvo un Playstation. Estaba tan empecinado con dominar las cuerdas de aquel artilugio que solo se concentraba en eso, sin que nada más le importara, y sorprendía. Sorprendía por la facilidad para aprender, por su buen nivel y porque al poco tiempo su profesor ya lo consideraba apto para tocar en una categoría tres o cuatro años mayor. Aunque en su casa tenía que lidiar con los rezongos de sus padres que, algo exhaustos, le pedían que parara.

Siempre que querían mirar televisión, la música interrumpía desde el comedor, desde la cocina y desde el baño, hasta que Emanuel se quedaba dormido con el violín en el pecho. “Emanuel estaba meta chillar y no podíamos escuchar nada. Le decíamos ‘por favor, dejanos escuchar el informativo un momento’'', recuerda Neiky, su madre y principal responsable de que incursionara en la Orquesta Juvenil Eduardo Fabini a los seis años.

Por su insistencia, también, hace poco más de un año, se animó a anotarse al concurso de talentos Got Talent Uruguay, pese a que aún parecía negado con sus clásicos y juveniles “no, ni a palo”. Pero al menos, el problema de los ruidos en casa ya estaba solucionado: sus padres le habían regalado un violín eléctrico —que casi no hace ruido— e iba a poder practicar.

Entonces decidió anotarse. Primero participó en un casting en la Casa de la Cultura de Minas, y enseguida quedó seleccionado para la primera audición en Punta del Este, donde, confiesa, estaba “duro” durante la primera canción.

Las historias de aquella tímida actuación las cuenta siempre con gracia, porque la confianza musical parece estar ya perpetuada. De hecho, su timidez ya casi no existe. Aparece por momentos al hablar de sus primeras experiencias amorosas que, por la dedicación al instrumento, eran pocas al inicio, pero desde que salió en televisión se resumen en que cada vez le hablen más chicas.

Pese al vínculo cercano que tiene con su madre, Emanuel prefiere obviarle los comentarios sobre estos temas, salvo cuando le adelanta que tuvo algún problema en el liceo y que tiene que ir a buscarlo. “Las chicas le escriben sin decirle que tienen novio y después el novio se entera”, dice ella, entre risas, al explicar las ocurrencias de su hijo.

La madre, que suspendió parcialmente su trabajo de peluquera a domicilio para acompañarlo a Got Talent, lo llevó a todas las instancias del programa en auto desde Minas junto a Gustavo y Belén, que, además de padre y hermana, son sus fanáticos número uno.

Aquella primera vez que salió al aire, Emanuel ganó el primer pase de oro del programa —el acceso directo a las semifinales— y fue invitado por Agustín Casanova para un show. Fue así que el viaje de vuelta de la familia empezó a dejar siempre la misma secuencia: abrazos, sonrisas, cuentos y cansancio, mucho cansancio.

Pero no se podía esperar menos. Viajaban dos horas cada vez que él participaba, y con su mix de música clásica, tropical, chacarera y rock and roll hacía despertar los aplausos, las sonrisas y olvidar los 120 kilómetros de distancia que separan a Lavalleja de Montevideo.

El día de la caravana

El ruedo del Parque Rodó de Minas se había colmado de autos para escuchar un toque gratuito de Emanuel que, parado sobre la caja de una camioneta y como quería desde el inicio de Got Talent, había encabezado una caravana por su ciudad que terminaría en el espacio verde.

Cambios de luces, bocinas, aplausos con la ventanilla baja y saludos de vecinos desde la vereda fueron las reacciones inmediatas. Todo eso conjugado con un solo fin: juntar votos y que la mayoría de los minuanos lo conocieran.

Para su familia, Emanuel ya era el ganador, incluso antes de pisar las baldosas del Antel Arena, lugar de la final. Y él también lo sentía así, porque, además de estar satisfecho con su desempeño en los shows, era respaldado por cientos de personas desconocidas que lo seguían en auto cual político en campaña.

 

Su primera piedra en el camino era, entonces, el cierre de los parciales finales de segundo año de liceo. Se le contrapesaban con el programa que, tarde o temprano, debía terminar y ya no había posibilidad de retroceder, de pedir cambios de fecha o de dejar en banda a su gente. Nada de eso entraba en la cabeza de Emanuel que, para colmo, seguía actuando como ese niño que siempre se exigió a sí mismo. Aunque esa vez, al menos por un instante, frenó.

Pidió adelantar las pruebas y darlas una semana antes que sus compañeros de clase. Después de salvarlas, empezó a prepararse día y noche hasta la fecha del último programa. Ese 7 de diciembre se fue sin ganar y sabiendo que dos días después tenía que volver a Montevideo para el recital con Casanova. Pero, ¿qué más daba? Minas estaba de fiesta, él cumplía un nuevo sueño y el cansancio ni existía.

La segunda complicación llegó después de la final, mientras crecían exponencialmente los casos de coronavirus en Uruguay, cuando se armó una polémica relacionada a Got Talent. ¿Cuál era el problema? Por redes sociales, circulaban fotos del espectáculo y enseguida aparecieron los cuestionamientos por el aforo permitido en el estadio.

Aunque las críticas no eran hacia los protagonistas, al único violinista que estuvo presente ese día nunca se le hubiera ocurrido que podía haber un problema a posteriori. De hecho, recuerda que no había “tanta gente” como se dijo y asume, al mismo tiempo, que entiende la molestia. “Yo no me hago responsable porque no hice el show, solamente fui a participar por Got Talent. Si soy realista, hay cosas que podrían haber sido diferentes, porque si había gimnasios cerrados y no se podía hacer conciertos fue medio confuso”, dice Emanuel.

El show con Casanova

Cada vez que sube a un escenario, Emanuel quiere transmitir su amor por el violín para llegar a más chicos de su edad. Si bien tocó sentado la mayor parte de su vida, ahora prefiere los espectáculos de pie e interpretar canciones de reggaetón o de cumbia que, además de enganchar a los jóvenes, lo ayuden a escapar del estilo clásico y monótono. Y eso, justamente, fue lo que buscó en el show con Agustín Casanova en el Teatro de Verano.

Cuando el músico interpretaba No te vayas, Emanuel saltó a la cancha y complementó a la banda sin que el público tardara demasiado en reconocer su talento. Él, sin embargo, recuerda que no se puso nervioso. “A mí me habían dicho: ‘Vos si tenés nervios mirá para arriba que están unos productores y te vas a tranquilizar’. Pero no me pasó nada. Yo veía a la gente gritando y aplaudiendo y la miraba como si estuviera ahí nomás”.

En las redes le pasa algo similar con el reconocimiento. Las solicitudes de amistad lo abruman por día, los seguidores crecen de a decenas apenas sube un video nuevo, pero, lejos de achicarse, intenta responder a todos y crear más contenido para seguir creciendo. Quizás esa es una de sus motivaciones para los próximos meses porque, como ya le prometió el excantante de Marama, la dupla Casanova-Olivera volverá a verse las caras en Argentina cuando la situación sanitaria se calme. Y, cómo no, el espectáculo por las redes sociales debe continuar.

Otras pasiones

Su habilidad con el violín escapa a la música clásica. Además de las demostraciones que ya dio en Got Talent —con facilidad para adaptarse al rock o a la cumbia— y en el concierto con Casanova, también se las ingenia para tocar canciones de La Banda del Parque, la barra brava de Nacional.

Durante una tarde, sonó desde las cuerdas de su violín electrónico Hay que dejar la vida en la cancha en un video que le pasó a su tío por WhatsApp. A la mañana siguiente, la historia ya era conocida y desde Nacional no quisieron hacer oídos sordos. Lo invitaron a conocer el Gran Parque Central, a comer un asado con los jugadores del plantel y a recorrer todas las instalaciones del club, sueño que aún tiene pendiente por el coronavirus.

Andar en bicicleta es otro de esos hobbys que le ocupan toda una mañana. Salidas por la ruta 8, el Cerro Artigas, Las Delicias. Al principio recorría con su padre, que le sacaba ventaja y lo devolvía exhausto a casa. Después el fanatismo fue más allá con largas escapatorias entre semana, mejor preparación y una nobleza que lo obligaba a ir más lento para acompañar a un amigo que quería bajar de peso.

La pasión se había vuelto tan inmensa que Emanuel había dejado de lado el violín. En la cuarentena lo reemplazaba por bicicleteadas mañaneras y así descubrió que otra de sus aficiones es el ciclismo amateur, que, si es con amigos, pues “mucho mejor”.

Esos mismos amigos, que en el liceo eran testigos de sus buenas calificaciones, lo animaban, sin embargo, a que siguiera con la música. “Me decían ‘bo, sacá el violín para tocar’ y a mí me daba alta vergüenza. Igual, siempre me apoyaron”.

Pero no eran los únicos. Sus padres, más incondicionales que nunca, también insistían y lo alentaban a que ensayara. “Mis padres me han apoyado en todo lo que he hecho con el violín y eso es lo que me ayuda a seguir adelante y a no dejarlo. En varios años, yo le decía a mamá ‘ya está’ y ella me decía ‘vos seguí, porque en algún momento te va a servir’”.

La mezcla de juventud e inocencia suelen traicionar a Emanuel. Quizás gana cuando no tiene noción de los lugares que pisa, pero otras veces pierde al desconocer que su habilidad musical lo puede ayudar a llegar lejos. Ya le pasó en China, en 2018, cuando tocó con cuatro compañeros de su orquesta en el Encuentro Internacional de Músicos y Artistas, el público pagó por el show y creyó que ese era su techo máximo.

“Nunca me imaginé que valiera la pena pagar una entrada para mirarnos a nosotros. Yo tenía 12 años y en ese momento pirás si te dicen ‘pagamos $1.000 para poder verte'. Había pila de gente y uno como artista se enorgullece de que hagan eso”, reflexiona.

A los dos años, el tiempo le demostró que estaba equivocado y que era capaz de más. Con apenas 14, brilló en el programa más visto de la televisión uruguaya y deslumbró al lado de uno de los músicos más conocidos del país en el Teatro de Verano. Pero Emanuel pocas veces piensa en eso. Pocas veces recuerda lo que logró a su corta edad y lo poco soñador que era hace un tiempo.

Ahora, añora cumplir 18 años y llegar al Sodre. La madurez parece bastarle para, a la vez, saber que tendrá tiempo para cursar medicina y que su meta será “estudiar”. Lejos de ser un juego donde se avanzan rondas, como en Got Talent, solo la vida sabrá responderle.

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