13 de diciembre 2014 - 18:43hs

Karina la pisa, amaga, toca, recibe la pared y cuando le sale arquero pica la pelota. El ágil portero estira el brazo y logra mandar la globa al corner. A los muchachos y a Karina les gustan los lujos y hacer girar la pelota contra el piso. Por estos días pulen su estilo. La mayoría de ellos nunca había jugado sobre césped sintético. Antes del miércoles, corrían en una cancha de tierra esquivando pedazos de vidrios. Desde el miércoles, la barra del Tres Ombúes y gente de barrios cercanos ensayan sus mejores jugadas sobre un billar.

Hace dos años conocí la plaza Tres Ombúes. El esqueleto de un juego de hamacas y otras chatarras eran testigos del abandono del lugar, eran también símbolo de marginación. Pero desde el miércoles, la cara del barrio cambió.

La plaza Tres Ombúes, inaugurada por tres ministros y la intendenta de Montevideo, Ana Olivera, cuenta con centro cívico, mirador hacia el Cerro de Montevideo, juegos para niños, una cancha de básquetbol y la de fútbol con césped sintético, el estadio Centenario si se la compara con lo que había antes en ese lugar, un descampado en el que pastaban caballos.
Entre los muchachos y los vecinos, no hay dos opiniones. “Hicieron algo pa’ la gente, son cosas pa’ la gente, pa’ uno”, cuenta Jorge Martínez, un adolescente de 19 años que espera con la camiseta del Barcelona su turno para saltar a la cancha. Las reglas son claras: el cuadro que hace el gol gana y sigue, el que pierde sale.

Más noticias

“Nosotros que no hacemos nada estamos seis o siete horas jugando, es deporte, nos gusta. Cuando venimos acá somos todos uno”, comenta Jorge.

A Jorge le preocupa el cuidado de la plaza y en particular de la cancha. “Si fuera por mí, la cerraría, la guardaría y la cuidaría yo”, dice.

Hace un par de semanas chocó en su moto y faltó a su trabajo en una imprenta. Como no fue al médico y no pudo justificar su falta, prefirió renunciar antes de que lo echaran. “Ya saldrá otra cosa”, asegura.

Su madre falleció cuando tenía 13 años. Ese día, dejó de jugar al fútbol en su equipo y abandonó el liceo. Estaba recién en segundo. Junto a su padre y sus 11 hermanos se ha dado maña para salir adelante, pero las oportunidades, incluso de jugar, siempre fueron pocas. Ahora, siente que la chance está pero que hay que cuidar la cancha. “Acá se puede hacer un montón de cosas que antes no las podías hacer”, comenta.

La plaza está iluminada y los vecinos llegan en familia a tomar mate, aunque la mayoría de los presentes son niños y niñas, adolescentes y jóvenes. Padres se ven pocos.

Natalia García, una de las pocas madres que cuida a su hija mientras un torbellino de niños da vuelta en uno de los juegos, se queja por la ausencia de padres y de cuidado. También se queja porque los jóvenes andan en moto dentro de la plaza y teme que puedan atropellar a algún niño.

En la plaza aún no hay cuidaparques ni lo habrá hasta el año que viene, informó el asesor del Ministerio del Interior, Gustavo Leal, a El Observador.

Leal fue uno de los encargados de desarrollar este proyecto. Viajó a Medellín para conocer el plan que llevó a cabo el exalcalde Antanas Mockus. “Me llamó la atención que en el medio de la favela armaron canchas de pasto sintético”, asegura Leal. De ahí trajo la idea y los muchachos se lo agradecen.

El miércoles, durante la oratoria de presentación de la plaza, la intendenta de Montevideo, Ana Olivera, y el ministro del Interior, Eduardo Bonomi, recibieron sostenidos aplausos de los presentes. Construyeron allí, una fortaleza pública tangible en el marco del Plan Siete Zonas, un programa de convivencia social destinado a los barrios más marginados de la zona metropolitana.

En ese lugar, el Plan Siete Zonas logró colocar contadores de UTE en todas las casas, incluso en los ranchos de chapa que pululan en la Cantera del Zorro, un asentamiento poblado en su mayoría por recolectores de basura y recostado sobre el arroyo Pantanoso, a unas 10 cuadras de la plaza Tres Ombúes.

Leal sostiene que el gobierno intenta reconquistar estos territorios olvidados por el Estado con “diplomacia callejera”, un proceso de negociación con organizaciones y personas intenta “romper la cultura de la ilegalidad”.

Entre 2011 y 2012, la intendencia y el municipio A retiraron de la Cantera del Zorro 600 vehículos que habían sido quemados y tirados al Pantanoso.

“El barrio está más tranquilo, está cambiando”, dice Karina, mientras descansa junto a la cancha, a la sombra de uno de los tres ombúes que le dan nombre a la plaza, pensando en volver pronto para intentar otra gambeta.

“Esta gente nunca va a usar una cancha de fútbol 5 si no es en estas condiciones”, sostiene Leal. “Hay vínculos entre las condiciones urbanas de los territorios con la cultura de la ilegalidad”, insiste.

Otra muestra de que los espacios comunes con juegos y canchas de fútbol y básquetbol conforman, vinculan y generan convivencia en barrios marginados es la plaza de Casavalle, inaugurada hace un año.

El Observador volvió el jueves para constatar en qué condiciones estaba. Luce como el primer día. La cancha de fútbol, que mostraba un verde césped, hoy está tapada de arena, gastada de tanto gol.

Cinco guarda parques por turno cuidan el lugar, mientras profesores dan clases de skate y tenis. Las motos, otra vez, son el enemigo a combatir. Los jóvenes levantan la rueda y aceleran entre los niños. Javier Rodríguez, uno de los guardaparques, da esa batalla por perdida, pero destaca la limpieza del lugar y cómo los niños y jóvenes se divierten donde antes había un descampado oscuro.

Seguí leyendo

EO Clips

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos