La información aportada por los sondeos de opinión pública no admite dos lecturas: durante los primeros cien días el gobierno que lidera el presidente Luis Lacalle Pou incrementó su capital político.
La excelente gestión gubernativa de la emergencia sanitaria le ha valido un reconocimiento especial. El presidente apostó al uso responsable de la libertad por parte de la ciudadanía, y acertó. Luego de descartar el reclamo de cuarentena obligatoria del Sindicato Médico, apostó a la buena fe y a la competencia técnica de la comunidad científica uruguaya, y volvió a acertar. Cuando todavía no habíamos terminado de asimilar que había que “quedarse en casa” (como recomendaba persuasivamente el secretario de la Presidencia, Álvaro Delgado), el gobierno autorizó el regreso de algunas actividades, como la construcción, y nuevamente tuvo razón. Todo puede cambiar en dos minutos. Pero, la evidencia viene demostrando que el gobierno tomó decisiones correctas.
Hubo otros puntos altos. Hay que destacar, por ejemplo, el trabajo de la Cancillería. Liderado por Ernesto Talvi, el Ministerio de Relaciones Exteriores ha realizado una gestión muy exitosa, repatriando a los compatriotas “varados” y facilitando corredores sanitarios para que los extranjeros pudieran volver desde Uruguay hasta sus respectivos países. El esfuerzo realizado no sólo ha fortalecido la imagen de Talvi como demuestran algunas encuestas. Además, ha prestigiado al país que volvió a mostrar su histórico compromiso con los derechos humanos.
Leonardo Carreño
El canciller Ernesto Talvi en el Palacio Santos
También se tomaron decisiones acertadas y arriesgadas en materia de política económica. El gobierno enfrentó el dilema de permanecer fiel a la promesa de controlar el déficit fiscal o gastar más para atender la emergencia social. El MEF, con Azucena Arbeleche a la cabeza, optó por renunciar a la meta de reducción del gasto público prometida para 2020, pero reafirmando el rumbo estratégico comprometido para el quinquenio. Postergando el control del déficit fiscal el gobierno no sólo hace lo correcto en términos sustantivos (dada la gravedad de la crisis social). También toma una decisión conveniente desde el punto de vista la competencia política. Como dije en otras oportunidades, al priorizar el cuidado a la población, se desplaza hacia el centro y se blinda políticamente frente a críticas de la oposición política y sindical.
La rápida flexibilización de la política fiscal liderada por el MEF ha permitido que dos ministerios del área social jueguen un papel importante para paliar la crisis. El Mides, liderado por Pablo Bartol, desplegó una batería de iniciativas para atender a la población más vulnerable (desde canastas a refugios) El MTSS, conducido por Pablo Mieres, además de flexibilizar normas del seguro de desempleo, ha tendido puentes entre sindicatos y cámaras empresariales buscando evitar la destrucción de tejido productivo y de puestos de trabajo. Desde luego, forma parte del legítimo debate político, y de bienvenidas diferencias ideológicas de fondo, la cuestión de si el país debe o no ir más lejos todavía en las políticas sociales.
Leonardo Carreño
El secretario de Presidencia, Álvaro Delgado, el presidente del Banco Central del Uruguay, Diego Labat, el presidente Luis Lacalle Pou, el ministro de Desarrollo Social, Pablo Bartol y la ministra de Economía, Azucena Arbeleche
A pesar de la emergencia sanitaria, a pesar de la recesión económica, a pesar de la crisis social, a pesar –incluso– de algunos crímenes tremendos que conmovieron a la opinión pública, se respira en el país un clima de tranquilidad. No es un mérito menor, ni exclusiva responsabilidad de la “coalición multicolor”. Pero, como resultará obvio es, en primer lugar, mérito del gobierno. Y, como resultará igualmente obvio, la cuota principal de responsabilidad le corresponde al presidente, en tanto jefe de ese gobierno. La opinión pública también lo reconoce: la mayoría (incluido un porcentaje no desdeñable de votantes frenteamplistas) aprueba la gestión de Luis Lacalle Pou. Los uruguayos lo vimos despegar como parlamentario y madurar como candidato a la Presidencia. Hoy estamos descubriendo en él un presidente trabajador y competente.
Hay un aspecto de su estilo de liderazgo en el que quiero detenerme. Lacalle Pou ha mostrado, hasta la fecha, tener muy presente el mandato recibido de sus votantes. Más allá de los ajustes que ha debido hacer a su largamente pensado plan de gobierno como consecuencia de la pandemia, durante estos primeros tres meses ha podido percibirse una correspondencia altamente significativa entre promesas electorales y decisiones de gobierno. Como es sabido, nada daña tanto la confianza de la ciudadanía en la representación y, por ende, en la democracia, como los gobiernos que olvidan sus promesas. Lacalle Pou, en este sentido, está honrando una tradición de la política uruguaya.
Desde luego, hay algunos aspectos polémicos y preocupantes. En primer lugar, la coalición ha funcionado bien, pero es notoria la tendencia de Cabildo Abierto a marcar su propio perfil. Esto abre un signo de interrogación sobre la dinámica política de mediano plazo. En segundo lugar, como he dicho en otras oportunidades, no creo que la democracia uruguaya, la mejor de la región, deba insistir en el futuro con la ortopedia de la “urgente consideración”. En tercer lugar, sigo pensando que el gobierno debería, en aras de la convivencia, mejorar la calidad del diálogo con el Frente Amplio. Los columnistas tenemos la ilusión de poder hacer algún aporte a la paz. Pero es bien sabido que el clima político en Uruguay depende en medida decisiva de las señales de los líderes de los partidos.
Adolfo Garcé es doctor en Ciencia Política, docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, UdelaR
[email protected] .