Un jorobado enfermo de bocio, un niño decapitado en manos de un soldado, una mujer con el rostro ensangrentado, entre otras imágenes más tradicionales, integran un peculiar pesebre conservado durante tres siglos en un monasterio de clausura en la ciudad de Quito.
Propiedad de las religiosas Carmelitas Descalzas, que se asentaron en Ecuador en 1653, el pesebre de 300 piezas es parte del ahora museo del Carmen Alto, en el centro histórico de la capital ecuatoriana.
Sus delicadas figuras de los siglos XVIII, XIX, y también algunas de inicios del XX, narran escenas bíblicas como la huida a Egipto, la matanza de los inocentes o Jesús adolescente en el templo. En medio de ellas, para sorpresa de los visitantes, irrumpen personajes de la vida cotidiana del Quito colonial, así como figuras de las poblaciones marginadas en esa época.
AFP
"Es muy interesante encontrarnos con piezas que muestran la interculturalidad, la diversidad en la ciudad. Tenemos indígenas, afrodescendientes y chapetones, como se conocía a los españoles llegados a América", explica Gabriela Mena, coordinadora del museo.
Entre las piezas aparecen, por ejemplo, varios personajes del pueblo indígena yumbo con sus rostros pintados y una suerte de tocados de plumas en sus cabezas; mientras que la escena de los afrodescendientes resalta la vestimenta "afrancesada y muy decorada", explica Noralma Suárez, responsable del fondo de arte que se exhibe en un ala del monasterio, transformada en museo hace diez años, apartada del resto del complejo, donde viven las religiosas.
Pasado y presente
El pesebre incluye a madres amamantando a sus bebés, un jorobado que muestra su cuello hinchado por los efectos del bocio y una escena de violencia doméstica. En esta última, un hombre amenaza a una mujer con una botella, mientras ella parece dar un paso atrás con su niño cargado en la espalda y el rostro cubierto de sangre.
Así como los sucesos son variados, las piezas tienen diversos tamaños. Las imágenes más grandes, de unos 50 centímetros, son las de María, José y el niño Jesús. Otras caben en una mano y algunas son más pequeñas que un dedo índice.
AFP
“Este pesebre permite evidenciar, palpar ciertas cosas que pasaban en un determinado momento histórico, como los problemas de salud”, señala Suárez, refiriéndose al personaje aquejado por el bocio.
En un trabajo museográfico en el que dialogan pasado y presente, cada año se instala el pesebre bajo una temática contemporánea. Antes fueron la migración, los desastres naturales y la música.
En esta ocasión, el montaje se diseñó con el colectivo Mujeres de Frente y pretende generar una reflexión sobre las condiciones de vida de las comerciantes informales de la ciudad y el derecho al trabajo, dos temas muy presentes en la actualidad del país.
Un pesebre cuestionador
“Reducir este pesebre a una bonita tradición popular, cultural, nos puede llevar un poco a folclorizar o naturalizar ciertas cosas que se representan, como los roles asignados a indígenas, a las mujeres, a los negros y a la violencia”, destaca Mena.
AFP
De ahí su intención de darle la vuelta a los viejos prejuicios y usarlos como excusa para reflexionar sobre el racismo, el machismo y la pobreza. "Es como mover estructuras del museo y hacer que todo empiece a cuestionarse", comenta.
El museo invitó entonces a participar a un grupo de comerciantes informales, quienes en Ecuador difícilmente pueden disfrutar de la Navidad en familia pues se trata de una época de buenas ventas y mucho trabajo.
Las muñecas de trapo hechas por el colectivo Mujeres de Frente, que representan a las comerciantes y sus hijos, son las primeras piezas fabricadas en este siglo en integrar el pesebre.
El diálogo entre diferentes épocas hace que resalten diferentes técnicas artísticas según las épocas, como el esgrafiado, el encolado, los ojos de vidrio y el encarnado brillante, que se lograba al frotar la vejiga de oveja contra la escultura para darle un acabado más terso.
(Con información de AFP)