28 de junio 2013 - 19:31hs

Carlos Gardel no tenía razón. Veinte años es mucho. Y cuarenta ni le digo. Sin embargo, parece que el golpe de Estado de 1973 está ahí no más, a la vuelta de la esquina. El recuerdo de aquel hecho sigue generando sensaciones que van desde el dolor más profundo hasta la indiferencia más superficial, transitando por el odio e incluso por el cobro de cuentas políticas a diestra y siniestra.


¿Hasta cuándo los uruguayos se abismarán en el recuerdo de aquel revoltijo sangriento de militares y civiles enviciados con el poder? Probablemente por siempre, si es que el siempre es posible. Porque aquella noche de junio ya está en los libros de historia y hay generaciones a las que la violencia le picó al lado o le golpeó la puerta.
Pero ese recuerdo inevitable, no debería obligar a nadie a tener que participar cada 27 de junio en una solemne competencia para ver quién dice las palabras más grandilocuentes acerca de la maquinaria militar.


Ni la condena fácil y previsible a la picana y al tacho convierten a nadie en más demócrata que nadie; ni el silencio –por aquello de que la procesión va por dentro o porque el asunto se ha vuelto tedioso– transforma a nadie en un “facho” redomado.

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Los 12 años de la inservible dictadura militar no solo dañaron a aquellos cuyos familiares desaparecieron o fueron acribillados. También golpeó a la economía doméstica de un montón de casas pobres y acabó con la libertad de muchas familias que no tenían compromiso político alguno pero que no eran menos gente que nadie.
De alguna manera, cada vez que el recuerdo del golpe de Estado enfrenta a los uruguayos en discusiones donde la violencia verbal es la norma, los militares vuelven a ganar una pequeña batalla.


Su criminal vocación por hacer callar a la gente a como dé lugar ha quedado atrás. Pero los afanes totalitarios que los animaron reviven en cada uno de aquellos que no toleran una versión distinta de la historia o una recopilación de recuerdos que les quede a la medida de sus pretensiones.


Para quienes tuvimos la suerte de que la dictadura no se nos llevara ninguna vida cercana, resulta imposible la tarea de ponernos en la piel de aquellos a los que el terrorismo de Estado se les quedó con una madre, un padre, o un hijo.
De la misma manera, a los familiares de los desaparecidos debe costarle muchísimo entender a quienes, a cuarenta años del golpe de Estado, el recuerdo de aquel día solo les provoca un malestar pasajero.


Un malestar parecido al que nos deja una pesadilla de las que nos costó despertar pero de la cual, finalmente, nos libramos. El dolor, se sabe, puede llevarnos a asumir conductas que en situaciones normales nunca hubiéramos asumido. Pero la descalificación en boca de aquellos a los que la dictadura no les pasó ni cerca se parece a una obscenidad.
Eso de erigirse, desde la comodidad de esta democracia, en jueces sumarísimos de las conductas del pasado y en censores de las opiniones del presente, resulta una canallada.
Es lamentable eso de apropiarse de dolores ajenos para obligar al resto a rememorar el golpe de Estado echando mano a determinada liturgia, a ciertas palabras predeterminadas, a una lista de recuerdos puestos en fila india.


Cada cual dice o piensa “nunca más” de la manera que quiere o que puede. Cada uno es lo que es. No se puede librar ni de su desgracia ni de su suerte; ni de su infancia –que es la verdadera patria del hombre– ni de sus años. Lo único que nos queda a mano es tratar de ser lo mejor posible dentro de lo que irremediablemente somos.


El golpe de Estado nos sorprendió jugando, trabajando, militando, a punto de nacer o a punto de morir. Cuarenta años después, ninguno de nosotros somos los mismos.
Que se nos permita esa diversidad y la libertad de ordenar los recuerdos a nuestra manera, tal vez represente una de las mejores formas de evitar que el “nunca más” sobreviva como un simple deseo o, lo que es peor, se convierta en una excusa para castigar al diferente.

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