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Más allá del edificio: clases en clubes y salones para aumentar presencialidad

Desde Piedras Blancas (Montevideo) hasta Isidoro Noblía (Cerro Largo), hay una serie de escuelas que consiguieron transformar locales cercanos en aulas para que los alumnos de sexto año vayan todos los días a clases

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16 de noviembre de 2020 a las 05:00

Es jueves y una veintena de túnicas y moñas cruzan la calle Sebastián Rodríguez para tener clases en un lugar cercano pero atípico. Van ordenados, bajo la guía de su maestra y la ayuda de un auxiliar. Esperan que pasen los autos, se dejan seducir por el olor a tortas fritas de un carrito de la esquina y cuchichean a pesar de los tapabocas. Son las 13 horas y el barrio, como cada mediodía, vuelve a ver a sus niños en movimiento. 

Uno de los grupos de sexto año de la escuela N°66, en Piedras Blancas (Montevideo), ya sabe desde hace semanas lo que es volver a tener clases todos los días y en todo el horario. El salón comunal de la cooperativa de viviendas que está al frente del centro educativo les abrió las puertas para que los escolares –que se convertirán en liceales dentro de poco– pasen de ciclo lo más preparados posible.

“No griten chiquilines, no griten”, les pide la directora cuando los escolares comienzan a dispersarse con más ruido por el complejo habitacional. Los vecinos miran atentos la llegada de los niños y responden a las visitas con una sonrisa o un saludo.

 

Otros se siguen asombrando con el procedimiento disciplinado que realizan cada vez que entran al local: la maestra coloca dos tarros de alcohol en gel sobre dos sillas y los niños, divididos por género y recostados sobre las paredes externas del salón para dejar pasar a los autos que circulan entre las cooperativas, van ingresando en orden e higienizados.

Esta escuela es una de las tantas que, bajo la órbita de Primaria y frente a las restricciones del protocolo sanitario, buscaron soluciones alternativas para aumentar la presencialidad. Los grupos de sexto año fueron priorizados porque son los que el año que viene pasarán al liceo y requieren mayor tiempo pedagógico.

La maestra del grupo, Verónica Vasco, que vive en el complejo de viviendas, hizo el nexo entre la comisión de la cooperativa y la dirección de la escuela. Fue un trámite rápido: todos apoyaron la medida y los chicos pasaron de ir a clase entre dos y tres días a regresar a una presencialidad plena. “Nunca en mi vida pensé que iba a terminar dando clases en mi propia casa”, bromea la docente en diálogo con El Observador.

Agustín Machado también vive en el complejo. Tiene 12 años y es uno de los alumnos que están experimentando tener clases fuera de la escuela. En su caso, fue un beneficio: para él, el aula nunca estuvo tan cerca.

“Fue raro. Los lugares comunes (para nosotros) son los salones. Llegamos y vimos que era todo diferente: sillas diferentes, mesas diferentes. Pero bueno, tuvimos que acostumbrarnos. Pero no hay tanta diferencia. Las bibliotecas no se pueden llevar, pero es lo mismo. Es mejor ahora: la maestra nos puede explicar de frente, podemos estar todos los días y con todos los compañeros”, cuenta.

Yasmín López, otra de las escolares, recuerda su emoción cuando se reencontró con sus amigas y todavía se ríe al pensar en el día que la maestra le fue a pedir a un vecino si podía dejar de hacer ruido porque estaba desconcentrando muchos a los niños. 

La directora de la escuela, María José Delgado, resalta el buen vínculo de la escuela con el barrio y muestra que la ayuda no solo viene desde las viviendas de enfrente: los alumnos de cuarto año tienen su huerta –repleta de de plantas de lechugas, tomates, pepinos y hasta lentejas–  en el Club de Leones de la zona.

Cuando cuenta del trabajo de sus maestras, el buen comportamiento de los alumnos y la conexión con los vecinos, suelta una frase con el pecho inflado de orgullo: “Es posible una educación de calidad en un rinconcito de Piedras Blancas”. 

La realidad en el interior

En el interior del país también son testigo de este tipo de experiencias en busca de más presencialidad. La pequeña villa Isidoro Noblía, en lo profundo de Cerro Largo, con apenas 2.300 habitantes, es una de las muchas localidades que sabe lo que es tener una comunidad educativa buscando soluciones para que sus estudiantes vayan más días a clases.

En la escuela N°99, de tiempo completo, los dos grupos de sexto año se convirtieron en uno solo para tener clases en el Club Hípico Los Potros, que está enfrente de la escuela, cruzando la ruta 8. Como ese centro social –que presta su local gratuitamente– tiene un salón grande, todos los alumnos pueden tener clases en un mismo lugar respetando las distancias.

 

Las dos maestras, que hasta ahora trabajaban por separado, sumaron esfuerzos y se convirtieron en la dupla docente que está a cargo de este gran grupo que atraviesa la carretera de lunes a viernes. Para hacerlo con cuidado, la escuela consiguió ayuda del municipio: una inspectora de tránsito se encarga de que los niños pasen sin complicaciones, en orden y protegidos, informó la directora del centro educativo, Ilda Cruz.

La escuela N°117 de Salto también es un ejemplo de centro educativo que se apoya en el barrio. Como el edificio es grande, los chicos pueden tener clases todos los días y en todo el horario manteniendo el distanciamiento físico, explicó a El Observador la directora de la escuela, Elisa Rey. Pero el trabajo de Trayectorias Protegidas, un proyecto de ANEP que ayuda de forma personalizada a alumnos que no han adquirido la lectura y la escritura, se realiza en un salón de la capilla que está al lado de la escuela.

En Durazno, en la localidad de Blanquillo, a 130 kilómetros de la capital del departamento, está la escuela N°32. Allí los estudiantes también tiene clases en su edificio pero, como el comedor está siendo restaurado, el centro educativo buscó una alternativa en la zona y la encontró: el salón comunal de un complejo de viviendas de Mevir, a unos metros de distancia de la escuela. 

La directora de ese centro, Tomasa López, comentó a El Observador que "el cambio de la rutina", debido a la pandemia, "movió mucho" al centro educativo y su relación con la comunidad. Delgado, la directora de la escuela en Piedras Blancas, en Montevideo, piensa en el mismo sentido: "Yo aprendí más en este año intenso, que en mis 25 años de carrera", sostuvo. 

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