2 de mayo 2023 - 5:00hs

Dicen que la paciencia de los padres juega una final de campeonato, cada mañana, al momento de despertar a sus hijos para ir a la escuela. Primero son intentos suaves y afectuosos: la mano masajea la cabeza, mientras cerca del oído se sueltan unas palabras dulces. Después viene el enfático despertador. Le siguen los gritos, y el deseo de quitarle por la fuerza el acolchado. Pero cuanto más se busca una estrategia, los pequeños más se escabullen entre las almohadas. No hay caso: el niño necesita dormir.

La ciencia estima que un niño en edad escolar debería dormir por las noches entre nueve y 11 horas. Pero la reciente tesis de maestría en Políticas Públicas del uruguayo Andrés Olivera comprueba que, los días de escuela, el 16,7% de los escolares no alcanza el mínimo requerido. Y ese déficit de sueño se traduce en una menor consolidación de la memoria, distorsión de sus procesos metabólicos y fallas en el desarrollo de las funciones ejecutivas.

La culpa —si es que vale este término para procesos que son culturales— no es del niño. La población occidental duerme en promedio dos horas menos por día de lo que dormían los ancestros hace 100 años. Llámesele a este fenómeno: cenas más tardías, más exposición a la luz, exceso de pantallas, que practicar cuatro deportes y estudiar tres idiomas…

Por eso la tesis de Olivera, que acaba de ser aprobada en la Universidad Católica del Uruguay, recomienda que los turnos matutinos de los centros educativos comiencen después de las 08.30 horas.

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“Lo que más afecta la reducción del sueño es el horario de inicio de las clases. Atrasar ese horario de comienzo de la escuela podría tener más impacto directo que otras medidas —también necesarias—que requieren un cambio familiar y un cambio de hábito”, explica el integrante del equipo uruguayo de investigación Cronobiología.

Sucede que adelantar el momento de la cena y “no exponerse a pantallas —sobre todo con luz fría— al menos dos horas antes de conciliar el sueño”, no necesariamente se traducirían en que los niños se acuesten más temprano. Por tanto, sugiere Olivera, “mientras se cambian otros estímulos, el retraso del inicio de clases es una política sencilla y beneficiosa”.

Sus cálculos así lo dicen: entre quienes inician la escuela a las 08.00 de la mañana, casi la cuarta parte padece déficit de sueño (24,4%). Entre quienes comienzan a las 08.30 horas, en cambio, el porcentaje se reduce a 14,4%.

No solo eso: también disminuye en más de siete puntos porcentuales el “jetlag social”. Así le llaman los técnicos a la diferencia entre el reloj biológico (lo que dormiría el niño sin que lo despierten) y el reloj social (ese despertar obligado para ir a la escuela).

Para estos cálculos, el investigador se basó en la última Encuesta de Nutrición, Desarrollo Infantil y Salud. Los microdatos de la misma revelan que los fines de semana, cuando se supone no hay escuela, el déficit de sueño se reduce de 16,7% al 8,1%.

En buena medida, ese cambio de porcentaje lo explican los niños que asisten a la escuela en el turno matutino, porque en el vespertino casi no hay diferencia entre la semana lectiva y el fin de semana (el déficit de sueño es inferior al 5%, mientras que en el turno matutito supera la quinta parte de los escolares).

Alondras versus búhos

Antes de que Uruguay fuera un país independiente, y por ende bastante antes de la reforma educativa de José Pedro Varela, la Provincia Oriental del Río de la Plata ya contaba con dos turnos escolares. En el régimen lancasteriano —en referencia al inglés Joseph Lancaster que las diseñó, en el que las niñas tenían prohibido el ingreso y en el que los más pudientes abonaban seis reales— los pocos miles de escolares asistían de siete de la mañana a 10, y de 16 a 17 horas. En el invierno el horario cambiaba de ocho a 11, y de 14 a 16.30.

“Uruguay se formó en esa lógica de dos turnos escolares”, insiste el investigador Olivera. Y esa organización social derivó en qué horarios le dedican los niños al ejercicio físico, a las actividades cognitivas, la recreación, los talleres.

En los tiempos más actuales, en que muchos escolares tienen actividades extracurriculares incluso si asisten a un centro educativo de tiempo completo, los niños fueron haciéndose más nocturnos. “Se observa nocturnidad, pero no tan extrema como en nuestros adolescentes”, advierte la maestría de la Universidad Católica.

El problema, explica Olivera, es que “no se tiene en cuenta el ritmo circadiana y las particularidades de cada niño para planificar sus actividades”. ¿A qué se refiere?

La cronobiología, entendida como la disciplina que estudia los eventos biológicos en relación con el tiempo, clasifica a las personas si son más alondras o búhos. Mientras las primeras son de levantarse muy temprano, las segunda son más nocturnos.

En términos generales, de niños somos tempraneros, en la adolescencia somos más tardíos (los varones incluso más que las mujeres), y lentamente nos vamos haciendo más tempraneros hasta la vejez.

Bajo esa misma generalización, en la mañana es cuando hay un mayor estado de alerta y por consiguiente es el mejor momento para aprovechar la luz solar, la práctica de fútbol o un ejercicio de matemáticas, mientras que a la tarde aumenta la temperatura corporal y poco a poco nos aprontamos para el sueño a la hora de menos luz.

“Pero ese cronotipo no es generalizable y cada persona, según aspectos genéticos y ambientales, tiene sus mejores momentos para cada actividad… incluso la misma persona va cambiando a lo largo de su trayecto de vida”, dice Olivera.

Una de las apuestas con su tesis de maestría es que el sistema educativo, las consultas pediátricas y los padres empiecen a considerar cuán alondras o búhos son los niños para que las actividades propuestas tengan una coherencia con lo que la biología mandata.

En la práctica acontece al revés: los niños se tienen que adaptar a los tiempos del mundo adulto. El horario de trabajo de los padres, los horarios de los centros de cuidados o de estudio…

Pero, poco a poco, la evidencia empieza a poner sobre la mesa ese tercio de la vida sobre el que somos menos conscientes: el que la pasamos durmiendo.
 

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