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Fernando Cabrera es adicto a la música: "Cuando no hago nada me pongo muy mal"

El cantautor uruguayo prepara la presentación de su disco 432 y analiza su vínculo con la música, la fuente de su felicidad

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31 de julio de 2018 a las 05:00

Fernando Cabrera es adicto. Hay gente a la que le gusta mucho el dulce de leche, a otros el refresco. Él reconoce que no puede soltar la música. Siempre toca, gira, graba, saca discos, colabora con otros artistas. No puede parar y no sabe parar. Se acostumbró a eso. Y le gusta.

Cabrera dice: "Es un placer íntimo que me acompaña desde los 12 años, que es tan lindo y me da tanta satisfacción, además de que de alguna forma ha justificado mi vida, me ha dado una profesión. Es tantas cosas en mi vida, es tan fuerte y está tan metido en mí que no quisiera que parara. Me da mucha felicidad".

En su casa, el músico habla desde el otro lado de un escritorio. Detrás tiene torres de cedés que no entran en una estantería cercana contra la que se apoya una guitarra. Hay de todos los géneros que se puedan pensar, porque siempre escuchó de todo. Contra las paredes hay torres, pero de libros, porque la biblioteca empezó a ceder ante el peso. Entre las torres, entre discos y libros, el artista se confiesa.

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Confiesa que es adicto y, como buen adicto, cada vez que recibe una dosis siente infinito placer. "Cada vez que termino una letra o una canción digo 'qué suerte, volví a hacerlo'. Me siento satisfecho, feliz. Profundamente feliz". Y cuando no aparece la inspiración empieza a pegar la abstinencia. Y ahí todo se pone negro. "Cuando no hago nada me pongo muy mal. Pienso que se acabó. Que no voy a componer más".

"Qué será ahora de mi vida", se dice Cabrera cuando las ideas no caen. Si lo piensa mejor se da cuenta de que no es real, pero el primer pensamiento que se le viene es el de fracaso. Decepción, falencias, frustración. Ya no vale la pena nada. Exagera, sí, pero es lo que tiene ser adicto.

En el escritorio desde donde habla es también donde, a veces, compone. En otros casos la idea le llega en otro punto de su casa, en la calle, en el bar donde está tomando un café. Ahí donde está, la registra. Antes la anotaba, hoy la graba en su celular o en un grabador. Esa melodía, título de canción o par de líneas de letra producidas por su inconsciente se guardan. Pero no las sale a buscar abiertamente, sino que deja que vengan solas. "Con los años me di cuenta de que es mejor para mí no buscar una idea. No es que me levanto a las ocho de la mañana, me siento y me quedo tantas horas. Cuando venga que venga, y entonces a aprovecharla", cuenta Cabrera.

Después se sienta a trabajar, cuando la razón y lo cerebral pesan más que la inspiración y así desarrolla esa idea que nació el día anterior. En todos sus años de músico y compositor el encare siempre fue el mismo. "Una persona que se dedica a la actividad artística una vez que descubre (que por lo general es temprano, en la adolescencia o un poco después), que tiene una especie de estilo, una voz propia, ya está. Después de eso lo único que necesitás es tener el tema que te motive. Algo que te emocione, que te llame la atención", cuenta. Esa inspiración puede ser una anécdota contada, algo que se lee, algo que se ve en la tele o un recuerdo.

Lo que sí ha cambiado con los años es la cantidad de información que Cabrera les pone a sus letras y a sus melodías. Reconoce que, en contraste con su versión de 25 años, el Fernando Cabrera de 61 años no usa todas las ideas. Aprendió a editarse. A contenerse y a no usar mil notas ni ideas por segundo. "Me fui dando cuenta de que de repente es mejor simplificar un poco, ofrecer el producto más limpio, más sencillo, no dar tanta información. Porque a veces el abuso de información puede ser denso, cansador. Si le tirás cien mil ideas en un segundo a alguien, se baja una cortina", contó.

Los dos Cabreras

Fernando Cabrera
A fines de 2017, Fernando Cabrera publicó 432, su disco más reciente. Lo presentará en el Auditorio Adela Reta el próximo 7 de agosto acompañado por los cuatro músicos que conforman su banda actual: el bajista Federico Righi, el baterista Ricardo Gómez, el tecladista Herman Klang y el guitarrista Juan Pablo Chapital.

Con ellos grabó el disco. Estaban todos juntos en el mismo salón, con la salvedad de que Cabrera estaba separado por una cabina, aunque dentro del mismo espacio. Esa forma de grabar, en vivo, es porque el disco fue preparado así. Fueron ocho fechas en Bluzz Live en las que la banda tocó todas las nuevas composiciones de corrido, para ajustarlas, corregir y estar seguros de cada nota ejecutada. "No es lo mismo ensayar, meterse meses en una sala, porque psicológicamente la actitud mental de quien se enfrenta a una platea es distinta. Y más con canciones nuevas. Requiere una ultraconcentración", explica.

Cabrera compone solo y así, guitarra en mano, fue como empezó a tocar de chico, y luego durante su primera etapa. Disfruta de tocar en soledad y lo tiene incorporado a su ADN musical. Pero también hay otra versión del cantautor, la que anhela y busca tocar con otros. Combinar las partes, incorporar nuevos timbres. En los dos formatos experimenta sensaciones intransferibles. Únicas. Porque involucran elementos distintos. Hay que prestar atención a otros elementos, como los volúmenes de cada instrumento, el empaste, los diferentes planos del sonido.

Y además de las sensaciones diferentes también cambia la forma en la que cada uno de esos dos Cabreras toca. "Solo hacés todo, con banda el bajo lo hace el bajo, hay arreglos que los hace el teclado, que incluso tiene un registro más amplio que la guitarra. Hay otro guitarrista. Hay percusión, entonces me puedo desentender de ciertos asuntos de la rítmica que los va a hacer el baterista. Hay otro enfoque vocal también, otro encare. Cuando estoy solo tengo un absoluto dominio de las dinámicas. Entonces puedo ir desde el fortissimo, pegar un grito y tocar fuerte la guitarra, hasta casi la nada, un susurro. Eso con una banda no es tan sencillo, aunque esta banda lo logra porque es muy dúctil".

Las dos versiones están presentes en 432, un disco que no toma su nombre –como podría adivinarse– de la frecuencia en hertz en la que se solía afinar a las orquestas en los siglos XIX y XX (luego fue cambiada por la frecuencia 440, el estándar de hoy); sino por el número de puerta de la casa donde la familia de su madre, los Seijas, viven desde 1925.

El componente nostálgico familiar está presente en las canciones Pollera y blusa y El trío Martín. El disco también habla sobre la cuestión de permanecer siempre en movimiento; en Alarma, en la que está acompañado por Martín Buscaglia, reflexiona sobre la inseguridad y el avance frenético y sin regulación de la tecnología. Dos temas a priori sin conexión, pero que el músico une, al considerar que al automatizar trabajos y eliminar algunas profesiones limita las oportunidades de las personas menos favorecidas o con menor nivel educativo y las empuja al delito.

Con preocupación, Cabrera se pregunta: "¿La tecnología, tan fuerte, tan autónoma, tan ingobernable, no puede dedicar un poco de su brillo e inteligencia a resolver este problema en lugar de ir tan rápido, hacia dónde, no sé?". El planteo que realiza en formato de canción, considera, le otorga un sitio como actor social.

Más allá de que su trabajo le da espacio en los medios, también considera que hacer canciones es opinar. Y por eso le pone el foco al dilema. "Me parece un tema dramático del mundo contemporáneo. Muy dramático", concluye.

En el disco también hay cuatro "microcanciones". Duran menos de un minuto, y no son las primeras que ha hecho, porque ya en El viento en la cara, su álbum debut de 1984, las tenía, y han aparecido de forma esporádica en su discografía. En Cancionero hace una lista de los compositores y músicos uruguayos que admira.

El maldito amor es, por ejemplo, una historia contada –y cantada– en 30 segundos. "Tanto la letra como la música son muy concretas y pienso que perderían, o tropezarían, o renguearían, si las estirara", señala su autor. "Te sale eso y parás ahí. No hay más nada que agregar. Para trazar un paralelismo, es como un haiku, el poema japonés que tiene la estructura de 17 sílabas y chau".

En esas composiciones Cabrera vuelve a estar solo con su guitarra. Así, las dos versiones del artista están presentes en el disco. El que canta solo y el que integra una banda, la que considera que ejemplifica la constante proliferación de artistas y músicos en esta región del mundo, considerando que a lo largo de su carrera ha tocado con decenas de artistas destacados, de diferentes generaciones. "En esta zona del planeta hay algo. Uruguay es infernal. Lo que siempre se habla de los futbolistas, con los músicos es igual. No se puede creer que haya tanta gente con esa musicalidad". Y aclara que en Argentina, un país que visita y recorre continuamente, sucede algo similar.

El referente

Fernando Cabrera
"Si dejás de lado el cantautor que se conoce de mí, el tipo que hace canciones, también en mí hay un músico, que incluso no sé si no fue anterior o, por lo menos, compartió mi vida siempre, aunque yo no hiciera canciones. Me gustan los arreglos, he hecho música instrumental, música para teatro, para cine. Hay un músico en mí. Y me siento feliz cuando me llaman de distintos géneros, estilos. Porque me da la pauta de que soy dúctil, versátil, que es algo que me propuse de niño", explica Cabrera.

Y las invitaciones siguen lloviendo. En El encanto, el último disco de Boomerang, presta su voz para una canción. El guitarrista uruguayo radicado en Brasil Miguel Bestard lo invitó para un disco de blues. El grupo folclórico Los del Yerbal lo convocó, Edú "Pitufo" Lombardo, Rossana Taddei, orquestas de tango joven argentinas también. Disfruta ser funcional a distintos géneros y que lo sigan invitando. Y que lo inviten los jóvenes, aunque no forme parte de su generación.

"En un momento empecé a darme cuenta de que me había convertido en un referente. Es lo mejor que te puede pasar. Uno siempre vive con la preocupación de que lo suyo se acabe, porque los gustos del ser humano están muy atados a su generación. Es natural. Los gustos se forman en la adolescencia, básicamente, y relacionados con lo que esté pasando en el mundo en ese momento", asegura.

Por eso Cabrera ve con asombro y como un regalo ver quinceañeros en sus espectáculos, o que le manden videos de niños que recién aprendieron a hablar cantando sus temas. Le genera ternura pero también lo hace preguntarse por qué una canción que tiene 20, 30, 40 años logra enganchar a un niño. Ver que su público se renueva lo pone feliz, además de que en Argentina tiene un público, en promedio, más joven, porque en ese país lo descubrieron más adelante en el tiempo.

Cabrera sabe que no le pasa lo que en su momento les pasó a Los Olimareños, Zitarrosa, Daniel Viglietti o El Sabalero. Lo que en su generación le sucedió a Jaime Roos o más adelante, por ejemplo, a La Vela Puerca, No Te Va Gustar y El Cuarteto de Nos. "No es sencillo que le gustes a todo el espectro de la sociedad: a los ricos, los pobres, los de derecha, los de izquierda, los viejos, los jóvenes. Eso no es fácil, y ellos sí lo lograron", comenta.

Sí siente que en 2018 tiene una mejor valoración popular y más reconocimiento que décadas atrás.
"Creo que ha pasado por acumulación o porque me mantuve relativamente interesante. Seguí produciendo, sacando discos toda mi vida y siempre fueron bien recibidos. Nunca leí una crítica que diga este es más flojo que el anterior, o que Cabrera arrancó el declive. Cada vez que saco algo nuevo sigue siendo bien recibido y eso creo que ayuda a que te mantengas. A su vez que se acumula más público, porque más gente te conoce. Tengo más público ahora que en mis comienzos. Pero de parte de la crítica, de los especialistas y de una parte del público siempre estuve bien valorado".

El show


Cabrera presenta 432 en el Auditorio Adela Reta el próximo 7 de agosto a la hora 21. Las entradas están a la venta a través de Tickantel y en la boletería del Auditorio, con precios que van desde los $ 500 hasta los $ 1.000.
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