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Germán Ferreira

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Germán Ferreira, un asesinato que impactó en el fútbol y las hipótesis que sigue la policía

Mientras sus amigos y excompañeros no salen del shock, los investigadores trabajan sobre la posibilidad de un problema de drogas o dinero

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03 de febrero de 2022 a las 05:01

Cuando la muerte pega cerca primero viene el shock: ¿cómo? 

Aunque la pregunta no busque una respuesta real, algunos de los que conocían a Germán Ferreira de Minas o del fútbol todavía no pudieron salir de ese estado desde que les llegó la noticia por una llamada al celular, por un mensaje de Whatsapp o por lo que leyeron en la prensa: cuando salía de trabajar, en la embotelladora de la cerveza Patricia, a Ferreira le pegaron dos tiros. 

Lo que viene después del shock: las diapositivas. La búsqueda del último mensaje por Whatsapp, la última conversación, la foto que se sacaron cuando no sabían que era la última o los flashes de momentos aleatorios.

La que le viene a la mente a Carol Aviaga –exsenadora del Partido Nacional– cuando piensa en Ferreira es de cuando era un niño, en la cancha de frontón, jugando en el Centro Pelotaris de Minas junto con su hijo, con quien hacía equipo. Tenían ocho, nueve, diez años. 

La otra diapositiva es de cuando, con 12 años, dejó el frontón por el fútbol y se fue de Minas, para empezar a jugar en las inferiores de Peñarol. “Una familia que lo cuidaba, que lo quería, un chiquilín divino, que cuando jugaban con mi hijo ganaban y eran felices”, es parte de lo que responde la dirigente nacionalista mientras fracasa al tratar de entender por qué Ferreira terminó, con casi 31 años, muerto de esa manera. 

La policía de Lavalleja, que investiga lo que pasó, repite, una y otra vez, lo que tiene hasta ahora: que salió de la embotelladora sobre las 21 horas del lunes, que caminó menos de 20 metros, que hubo un disparo, que pidió ayuda a gritos y que le dispararon varias veces más. En el suelo quedaron cinco casquillos. Ahí, cerca de donde estaba estacionada su camioneta, hay un árbol; un poco más atrás, un muro bajo; y más atrás, un descampado.

Pasó cuando había relevo en la planta, por lo que había cierto movimiento de entrada y de salida de trabajadores. Pero ninguno de los que estaba aportó información valiosa para la investigación.

La persona que le disparó conocía la camioneta, conocía el horario de salida de Ferreira y conocía la zona. Es un lugar alejado de la ciudad, donde prácticamente no hay comercios ni movimiento más allá del que pasa en torno a la fábrica. 

Las cámaras a las que la policía puede acudir son pocas. Más allá de la ruta 8 se abren varios caminos internos y el barrio más cercano es La Coronilla. 

Según supo El Observador, la policía se dedicó las últimas noches a recorrer las calles cercanas para hacerse una composición y trazar pistas que lleven a ver qué camino pudo haber elegido la persona que lo mató.

Las hipótesis sobre las que trabajan los investigadores son dos: o que fue por plata o que fue por drogas.

Para avanzar revisan imágenes de cámaras y la información que pudiera tener en su celular. Todo lo que sabían hasta entonces era que había tenido una denuncia por violencia en Maldonado años atrás. 

La fiscalía, mientras tanto, pidió el testimonio de su entorno más cercano para intentar conseguir información que ayude a esclarecer lo que pasó, aunque por ahora no hay nadie indagado.

En el fútbol no se lo explican. 

A Camilo Núñez le llegó la noticia a las 12 de la noche del lunes y le costó dormir. Se conocían desde 2015, cuando jugaban juntos en Rentistas. En ese momento fue en tercera. Después volvieron a encontrarse en el equipo en 2018. Tenían en común que los dos habían pasado por Plaza Colonia, que ahora estaban en Montevideo y que eran solteros. Así, Núñez le caía a Ferreira en la casa en el barrio La Teja. No planeaban nada. Se juntaban, comían pizzas, “jodían”.

El último mensaje de Whatsapp entre los dos era del 6 de marzo de 2021, cuando Ferreira le escribió para saludarlo por su cumpleaños.

—A ver cuando venís a Montevideo y te quedás en casa.
—Te quiero mucho, amigo.

Camilo Núñez con Germán Ferreira, de su época de compañeros de fútbol.

Alejandro Furia era cinco años menor que él. Lo conoció cuando llegó a la tercera de Peñarol y Ferreira, un poco como capitán y otro como amigo, lo apadrinó.

Ahora, desde que se enteró que lo mataron, Furia piensa en cómo Ferreira siempre se hacía notar: se notaba cuando estaba y se notaba cuando no. “Era líder, apoyando, hablando. No le gustaba que mostraras debilidad. Siempre para adelante y cuando había que correr, había que correr. No quería quejas o cuando uno se ponía negativo”. 

Con Peñarol salieron campeones.

Al Bomba, como le decían, se lo volvió a encontrar en Plaza Colonia donde, otra vez, lo apadrinó. Compartieron varios días en la casa del club, donde Furia pasó los primeros 10 días desde que entró en el equipo y Ferreira ya vivía ahí.

La diapositiva que se le viene a la mente ahora es con los dos en la cancha. Furia va a patear un córner y el Bomba, que en realidad era defensa, le grita que se la tire a él. “Bo, el que te escucha y no te conoce piensa que te hacés tres cuatro goles por partido”, le tomaba el pelo su amigo, que se agarra de ese recuerdo y cuando lo cuenta se vuelve a reír.

En Plaza Colonia, en 2016, también fueron campeones.

Era de perfil alto en el cara a cara, pero bajo por teléfono o por Whatsapp. O hablaba mucho del fútbol y del día a día, pero muy poco de su familia. Si tenía problemas, no los reflejaba.

Camilo Núñez repite: “Era sano, su personalidad no era de buscar lío, siempre en la mejor, de buen humor”. 

Por eso, son contados los que, pese a ser amigos del fútbol, conocían sobre su último tiempo. Su último equipo en Uruguay fue Rentistas. Jugó en México y en Venezuela y dejó por problemas en las rodillas. Sabían que estaba en Minas, que trabajaba en la embotelladora de Patricia, que estaba en pareja con una escribana, que su madre era maestra en la ciudad, que tenía a sus padres y a su hermano también allí. Que tenía algún plan de meterse en negocios con el campo.

No mucho más. Porque los que saben algo más no quieren hablar.

Uno de sus amigos salió del crematorio con las mismas dudas que las que llegó. “No era un perfil de un chico que anduviera en malos pasos: responsable, bueno, trabajador. Estamos todos afectados. Nadie entiende nada”, dice uno de ellos, que no quiere que su nombre aparezca en esta nota.

Porque los que lo conocieron como futbolista no se lo esperaban, los que lo conocieron de niño menos, los que lo veían trabajando menos todavía. Pero a Ferreira le dispararon cinco veces. Le dieron dos. Porque para la policía hay plata de por medio o hay droga y la única certeza es que su asesinato no fue al azar.

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