7 de octubre de 2011 19:43 hs

La primera imagen que uno tiene de Dinamarca es la de un país desarrollado, una socialdemocracia escandinava ordenada y sofisticada, que resolvió hace tiempo los problemas materiales a base de una recta moral protestante y que por lo tanto disfruta de ese bienestar.

Luego la realidad se encarga de confirmar o de demoler estos arquetipos. En el caso de la película En un mundo mejor —última ganadora del Óscar a mejor película extranjera— es el cine el que se mete en las entrañas de un par de familias danesas, que viven en una –en principio– armónica isla en el Báltico. Pero esa es la fachada: lo que el filme muestra es que internamente esas familias están destrozadas, a pesar del confort y el desarrollo. Es que los afectos pasan necesariamente por otro lado.

En un mundo mejor juega con un doble paralelismo. Se cuenta la historia de Anton (Mikael Persbrandt), un médico idealista que trabaja en un campamento de refugiados en algún lugar de África y se enfrenta cada día a las atrocidades que deja sobre los cuerpos de sus pacientes una terrible guerra. Por otro lado, un niño llamado Christian que acaba de perder a su madre, se muda con su padre a la casa de su abuela. En su nuevo colegio, Christian se hace amigo de Elías, que es hijo del médico que está en África. Elías tiene problemas en el colegio porque es débil y le pegan. Christian canaliza su duelo y el desprecio hacia su padre en una defensa de Elías en el colegio.

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Anton regresa a casa y vive una situación tensa con su esposa, quien le descubrió un affaire. Eso hace que estén distanciados, con sus dos hijos en medio y una serie de conflictos que comienzan a crecer en violencia, donde ambas familias se cruzan. Una de las reflexiones que deja En un mundo mejor es que en el corto plazo la violencia para sobrevivir en el mundo dé resultado. Pero en el largo plazo, la aplicación sistemática del “palo por palo” deja al ser humano ante un panorama desolador.

Dinamarca es un país que a nivel fílmico tuvo en el pasado a un gran maestro clásico como Carl Dreyer, para luego destacarse en el Oscar con La fiesta de Babette, en 1987. En 1995 un grupo de directores daneses adoptaron una serie de normas para filmar un cine austero y anticomercial que se denominó el ‘Dogma-95’. Pocos años después esos mismos directores, como Lars von Trier, desecharon el Dogma y filmaron cine masivo. El propio von Trier produjo a través de su compañía Zentropa una película de Susanne Bier, quien se destaca hoy como la principal figura del cine de Dinamarca, a pesar de las duras críticas internas que ha recibido.

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