La transitada frase “tiempo de pandemia” para designar a estos meses en los que casi todo lo que ocurre en lo público y en lo íntimo se ha trastocado a niveles que en ocasiones tocan el drama, parece haber alcanzado a ese aparato político que, con matices, desde la apertura de la democracia se llamó coalición de gobierno y de la que fueron principales protagonistas blancos y colorados.
Mayormente, en ese tipo de acuerdos la renuncia de un ministro del partido aliado supuso el comienzo de la agonía del acuerdo bicolor. Por eso, la salida temprana del canciller Ernesto Talvi a solo cuatro meses de asumido el cargo en esta novel coalición multicolor parece a primera vista una impostura histórica, una rareza. Y lo es. Pero no tanto. Porque en las anteriores experiencias de pactos gubernativos la regla fue la ruptura más temprana que tarde de los socios minoritarios y en una sola ocasión los coaligados llegaron con el gabinete intacto hasta el final de la experiencia.
En el primer gobierno del colorado Julio María Sanguineti (1985-1990) lo que apenas se logró fue un acuerdo denominado de “entonación nacional” en el cual hubo solo dos ministerios para los blancos que fueron asumidos en nombre personal por Enrique Iglesias (Relaciones Exteriores) y Raúl Ugarte (Salud Pública). Pese a las urgencias de los problemas heredados de la dictadura, el líder blanco Wilson Ferreira Aldunate prefirió mantener una prudente distancia de la administración colorada.
Los socios tuvieron acercamientos puntuales y la ley más trascendente y polémica de ese período fue la de Caducidad que amnistió a los militares que habían cometido violaciones a los derechos humanos.
En 1990 los blancos llegaron al gobierno de la mano de Luis Alberto Lacalle quien ejerció la presidencia con un marcado estilo personalista que, desde el principio, no fue del agrado de los colorados que acompañaron en el gabinete con cuatro ministros que representaban al Foro Batllista de Sanguinetti, a la 15 de Jorge Batlle y a la Unión Colorada y Batllista de Jorge Pacheco Areco.
En las anteriores experiencias de pactos gubernativos la regla fue la ruptura más temprana que tarde de los socios minoritarios y en una sola ocasión los coaligados llegaron con el gabinete intacto hasta el final de la experiencia.
Las diferencias entre Sanguinetti y Lacalle Herrera surgieron rápidamente y se concretaron de manera drástica cuando el líder colorado se opuso a la Ley de Empresas Públicas con la que el nacionalismo quería privatizar parte de las empresas del Estado.
El ministro de Salud Pública y hombre de Sanguinetti, Alfredo Solari, renunció a su cargo en junio de 1991 fruto de esas diferencias. Lejos del reciente apuro de Talvi, pero aun más distante del final de aquel gobierno al que todavía le quedaban más de tres años. En cuanto a los otros ministros, Augusto Montesdeoca (Industria) y Raúl Lago (Vivienda) se fueron en el correr de 1992 y solo el pachequista José Villar (Turismo) se mantuvo casi hasta el final.
EFE Julio María Sanguinetti asume como presidente por segunda vez en 1995 Durante el segundo gobierno de Sanguinetti (1995-2000) se concretó lo que el propio presidente calificó como una “coalición perfecta” gracias al apoyo casi irrestricto del entonces líder blanco Alberto Volonté. El Partido Nacional aportó cuatro ministros en Vivienda (Juan Chiruchi), Trabajo (Ana Lía Piñeyrúa) Cancillería (Álvaro Ramos) y Defensa (Raúl Iturria) que permanecieron en sus cargos hasta el fin del período o le cedieron su lugar a otros blancos.
La coalición lograda dio sus frutos ya que en esos cinco años fueron aprobadas las reformas educativas y de la seguridad social. En cambio, a Volonté la experiencia le resultó nefasta para sus intereses electorales puesto que desapareció del mapa político barrido por otros dirigentes que tenían una conducta más crítica en ese asunto de darle respaldos casi sin concesiones a su tradicional rival.
La intempestiva renuncia de Talvi por diferencias acumuladas con el presidente parece más propias de un problemático final de gobierno que de un principio esperanzador.
Es así que en el gobierno del colorado Jorge Batlle (2000-2005) se hizo fuerte la figura del nacionalista Jorge Larrañaga quien ya en el verano de 2001 estaba anunciando la salida de los ministros blancos (Sergio Abreu (Industria), Jaime Trobo (Deporte) Antonio Mercader (Educación), Álvaro Alonso (Trabajo) y Carlos Cat (Vivienda). Las diferencias con la política económica de Alberto Bensión apuraron la renuncia de los nacionalistas al gabinete en octubre de 2002 al tiempo que estallaba una de las crisis económicas más graves de las que se tenga memoria.
Y, después de 15 años del gobierno del Frente Amplio, llegó Lacalle Pou con su coalición multicolor. La intempestiva renuncia de Talvi por diferencias acumuladas con el presidente parece más propias de un problemático final de gobierno que de un principio esperanzador. Pero, como ya fue narrado, el hecho no debería sorprender tanto si se rememoran las salidas apresuradas de los socios en otros períodos de gobierno.
Las lecturas de lo ocurrido con Talvi en la coalición de gobierno oscilan entre aquellos que admiten la importancia del golpe que supone esta renuncia temprana y de la grieta que puede generar en los aliados coaligados, y aquellos cultores del optimismo que sostienen que los tragos amargos más vale apurarlos rápidamente. Es decir, la renuncia de Talvi, sostienen, actuará como el veneno que se le inyecta a los que fueron mordidos por una serpiente: es, a la vez, toxina y antídoto.
¿Qué mayor golpe puede recibir la coalición que la renuncia de uno de sus principales socios a uno de los principales ministerios? De aquí en más y por muchos meses, dicen estos optimistas, pocos sinsabores amargarán tanto como el episodio vivido en las semanas inaugurales del nuevo gobierno. No obstante, Sanguinetti ya lanzó la advertencia, también temprana, acerca de que el Partido Nacional “debe asumir que este no es un gobierno blanco sino multicolor”.
Al reclamo de mayor participación de los colorados en las decisiones de gobierno se suma la conducta de un socio sin antecedentes y de conducta un tanto errática como lo es Cabildo Abierto. Por ahora, la nave multicolor de Lacalle Pou va, aunque los antecedentes históricos auguran que difícilmente llegue a puerto con su carga intacta.