Si lo pasáramos a términos de fútbol, el Frente Amplio le ganaba al Partido Nacional la cuereada electoral en Maldonado, departamento clave por su electorado (129 mil habilitados, la tercera jurisdicción en tamaño del Uruguay), en capacidad económica y en su simbolismo en el mapa partidario.
Las encuestas a boca de urna de la empresa fernandina Dígitos, comandada por el politólogo José Pereira, daban entre la media mañana y la tardecita fría y nublada de Maldonado una leve ventaja para el Frente Amplio, de entre 2% y 3%, aunque casi 30% de los consultados no contestaban por qué partido habían votado.
Con estos márgenes de confianza en que esta cuarta vez sí, luego de tres intentos con derrotas le llegaría su hora, el diputado frenteamplista Darío Pérez militaba sobre las 19 horas, ya con noche cerrada, en la intersección de avenida de los Gauchos y calle 7, en pleno Maldonado Nuevo, un barrio popular donde el Frente tiene tradicionalmente un caudal importante.
Tan confiado estaba Pérez en la victoria que, consultado por El Observador, no tuvo empacho en reconocer sus raíces históricas blancas, su admiración por Manuel Oribe, por Leandro Gómez y por Aparicio Saravia (de hecho, dijo que dos de sus hijos se llaman Manuel y Leandro por los caudillos blancos), que había sido wilsonista y que había votado a Alberto Zumarán en 1984. Pero que luego de la aprobación de la “ley de impunidad” se había pasado al FA y se había convertido en dirigente.
Con ideas pragmáticas de una izquierda que abraza el capitalismo, Pérez desplegó varios proyectos, de llegar a ganar. Declaraba casi como intendente, y con una sonrisa de tranquilidad, repartía listas, firmaba autógrafos y recibía los abrazos y los besos de los militantes.
Por su parte, en los comités del Partido Nacional, las caras estaban largas y las sonrisas se habían perdido. Estaban al tanto de esas noticias poco alentadoras y además escuchaban la cumbia, y veían las banderas y el papel picado de los comités del FA, que antes de la apertura de los primeros circuitos tenían la victoria en la mano.
Sobre las 21 horas, pasada ya media hora de la apertura de los primeros votos, el politólogo Luis Eduardo González anunció que el ganador en Maldonado era el actual diputado y exintendente Enrique Antía. Las caras tristes se trocaron en gritos y sonrisas. El ánimo varió y lo que parecía perdido revivió con la intensidad de un gol. Pero hizo su incursión el politólogo Oscar Bottinelli, adjudicándole la victoria al FA. La cuestión pareció nivelarse y los frentistas atisbar una esperanza, pero entonces fue que Dígitos, que tenía datos que contradecían a su boca de urna, salió al aire por canal 7 y confirmó la tendencia favorable al nacionalista.
Allí fue el pandemónium, porque se rozó el infarto: llantos, abrazos violentos, gente que quedó ronca de gritar, listas rotas que volaron por los aires. La gente se olvidó de los mediotanques y los chorizos de rueda y dio rienda suelta a las emociones contenidas y luego al baile callejero. Después de una década de gobierno del frentista Óscar de los Santos, Antía recuperaba el sillón del edificio comunal.
Difícil analizar con claridad al cierre de esta edición cuáles fueron los factores de la victoria blanca en Maldonado. Un precedente no tan lejano sucedió en el pasado balotaje, cuando blancos y colorados juntos vencieron al FA por 4 mil votos.
Ayer, muchos fueron los colorados que se inclinaron por votar a Antía, como por ejemplo el candidato a alcalde fernandino, Juan Pígola. Pero hubo otro elemento numérico de peso: en San Carlos, ciudad de donde es oriundo Darío Pérez y donde el FA es muy fuerte, el PN tuvo una votación excelente. Dominando en el resto de las ciudades, pudo sacar esa cabeza de unos cuatro puntos porcentuales para vencer, según las últimas cifras, por 44% contra 39%. Rodeado de militantes, con su boina blanca y bajo una fina llovizna, Antía agradeció a la militancia y se abrazó con los otros candidatos de su lema, Rodrigo Blás y Martín Laventure, quienes con sus votos contribuyeron a una victoria que fue un batacazo en el este. l