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"Este virus no va a desaparecer pronto", advirtió la directora de la OPS, Carissa Etienne

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La Asamblea de la Organización Mundial de la Salud advierte que la pandemia de covid-19 no terminó

La nueva ola está centralizada en América, impulsada por el alza de casos en los Estados Unidos, que ya superó el millón de muertos

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28 de mayo de 2022 a las 05:04

La certeza de que la pandemia de covid-19 no ha cesado y que ello impone a los gobiernos robustecer los sistemas de salud para tornarlos más accesibles y equitativos, son las conclusiones salientes de la 75 Asamblea Mundial de Salud que concluye hoy en Ginebra, Suiza.  

El órgano máximo de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sesionó de forma presencial en el edificio de las Naciones Unidas luego de dos años de parate a causa de la más grave epidemia mundial del último siglo.

La misma asistencia de las máximas autoridades sanitarias de los 194 países que la integran fue una señal clara de que la peste que paralizó al mundo está en una nueva etapa, con una baja sostenida en la mortalidad gracias a la vacunación.

Pero también puso en la mira los debes, por el reparto desparejo de recursos que aun representa un peligro latente si, como no se cansan de advertir los epidemiólogos, surgieran nuevas cepas de la infección resistentes.

Según datos de Our World in Data de mediados de esta semana, el covid-19 ya ocasionó 6,28 millones de muertos desde su detección en China a fines del 2019.

El cómputo de la universidad de Oxford consigna además que, para igual fecha, la cantidad de infectados globales trepó a 527 millones de casos.

Pero como las estadísticas se llevan en base a los datos públicos y suministrados por los propios países, muchos especialistas creen que podría ser mucho mayor dada la fragilidad de algunos sistemas de salud y también por la intención política de ciertas administraciones locales de minimizar los costos.

Los verdaderos alcances de la pandemia en los países más pobres de África, donde se habría originado la nueva y poco estudiada zoonosis de la gripe del mono, sigue siendo un misterio que irradia inquietud sobre el futuro.

La guerra en Ucrania y el peligro de una hambruna global por el alza del precio de los alimentos y la energía, pero sobre todo la caída de la de mortalidad por la vacunación, desviaron la mirada del coronavirus desde hace algunos meses.

Pero el coronavirus volvió al centro de la atención internacional hace un par de semanas cuando Estados Unidos superó el millón de muertes, anunciado por el propio presidente Joe Biden, que inyectó US$ 3.000 millones a la campaña sanitaria.

Simultáneamente la Organización Panamericana de Salud (OPS) alertó sobre alza de casos en el continente americano donde, impulsados por el alza norteamericana, las infecciones no paran de crecer desde hace dos meses.

"Es hora de hacer un balance de estos números y actuar. El covid-19 está nuevamente en aumento en las Américas", advirtió la directora de la OPS, Carissa Etienne, para quien "la verdad es que este virus no va a desaparecer pronto".

Los riesgos de nuevas y extendidas infecciones se acrecientan, según la especialista, luego de que muchos países quitaron los requisitos de uso de barbijo y distanciamiento físico en lugares públicos, en un clima público de relajamiento de los cuidados.

Esta mirada cauta fue compartida por Tedros Adhanom Ghebreyesus, el infectólogo etíope reelecto al frente de la OMS tras haberla comandando en estos años bravos repartiendo indicaciones sanitarias y reclamando mecanismos solidarios cuyo balance no es satisfactorio.

El Covax, ideado para distribuir vacunas a nivel planetario al margen de los recursos económicos de cada país, no cumplió el compromiso de la Comunidad Europea y los estados ricos de distribuir 2.000 millones de vacunas para fines de 2021.

Más dramático aún fue el rotundo rechazo al reclamo de la OMS a los grandes laboratorios para que abrieran las licencias de sus vacunas como un bien de la humanidad en el momento más dramático de la mortandad, hace apenas un año.

Las autoridades sanitarias deliberaron bajo el lema almibarado “Salud para la paz, paz para la salud”, que puso sordina a la negativa empresaria a restringir ganancias con respaldo de jefes de países ricos, más empeñados en conseguir dosis para sus propias poblaciones.

El millón de fallecidos por covid-19 en Estados Unidos ha colocado definitivamente a la principal superpotencia mundial al frente de los países más enlutados del mundo, seguido por Brasil con 660 mil muertos y la India, con 524 mil fallecidos.

Si en vez de las cifras absolutas se pondera la cantidad de muertos por millón de habitante, varios países del Este europeo como Hungría y Moldavia pasaron los 4700 y 4400 por millón respectivamente.

Según los últimos registros, en Estados Unidos la proporción llega a 3.021 fallecidos por millón de habitante, lo que no deja de ser paradójico ya que se trata de uno de los grandes desarrolladores y fabricantes de vacunas del mundo.

Existe amplia coincidencia que tanto la prédica del expresidente Donald Trump como de los grupos antivacunas de raigambre religiosa que lo apoyan han creado enormes dificultades para aplicarlas masivamente y es una valla para la administración Biden.

Lo mismo ocurrió en Brasil —3.134,5 fallecidos por millón de habitante—, donde el presidente Jair Bolsonaro minimizó la enfermedad tildándola de “gripezinha”, con respaldo de sectores evangélicos antivacunas, y restringió los confinamientos preventivos de comienzos de la peste.

En la reciente asamblea mundial, su ministro de Salud, Marcelo Queiroga, defendió la lógica de esa política al sostener que se buscó “salvar vidas, preservarlas, conciliando el equilibro económico con la justicia social”.

Otro gran productor de vacunas, India, tuvo una explosión de casos el año pasado pero estabilizó en 43 millones de infecciones y 2628 muertos por millón de habitantes, un índice en línea con de los países de la Europa desarrollada: 2670 en Inglaterra, 2203 en Francia y 1669 en Alemania.

Un caso aparte es el de China, el gigante de más de 1.400 millones de habitantes que reportó apenas 14.500 casos desde que la pandemia se originó en su propio territorio de Wuhan como zoonosis en mercados populares, según la versión más aceptada.

Los 10,34 fallecidos por millón de chinos son vistos con desconfianza por la mayoría de los especialistas, pero las autoridades sanitarias locales lo explican por su política de “tolerancia cero” a los brotes.

En las últimas semanas, la multiplicación de las infecciones originó grandes confinamientos forzosos en megaurbes como Beijing y Shanghái, que por su tamaño son manejadas con mano férrea por el temor a una expansión descontrolada.

China también es un gran productor de vacunas ideadas en sus laboratorios pero, contra toda creencia, la vacunación no es obligatoria sino voluntaria y fue mayoritariamente aceptada.

En Rusia, con 371 mil fallecidos, la tasa es de 2.548 por millón, mientras que en Ucrania los muertos por covid-19 computados son 112 mil y 3715 por millón, todo entre paréntesis por la guerra.

América, el, territorio donde la cuarta ola pandémica se está haciendo sentir, los mejores índices los registra Cuba, que con 8.529 fallecidos y una mortalidad de 753 por millón, ha desarrollado y producido su propia vacuna, que ahora también ofrece a los turistas.

Según cifras de la OPS, solo 14 de los 51 países y territorios de las Américas lograron cumplir la meta de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de vacunar al 70% de su población.

El problema no es ya la falta de vacunas, como en las fases anteriores, sino una sensación extendida entre la población de que como lo peor ya paso, la vacuna no es necesaria aun cuando se trata del factor decisivo para evitar los casos graves, las internaciones y la muerte.

Pese a la suba de casos en la región, Argentina y Uruguay, con 128 mil fallecidos y 7.227 respectivamente, se mantienen en un lugar medio de los indicadores, con 2.839 y 2.080 muertos por millón de habitantes.

 

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