11 de abril de 2013 19:11 hs

Un debate de alto nivel se instaló en la mesa de cierre de la jornada Giprocar II, que realizó Fucrea, el viernes pasado en el LATU. Fueron muchos los temas interesantes que se plantearon y se enriquecieron en el debate, pero vale la pena repasar los puntos de vista de los agrónomos Alvaro Simeone y Edgardo Cardozo sobre la posibilidad que la producción intensiva de invernada compita con la agricultura.

Simeone, consultor de Giprocar II y docente de la Facultad de Agronomía, consideró que las tecnologías no están solo para un enfoque productivista, sino para mejorar el resultado económico.

“El campo tiene que dejar mucha plata, tiene que ser muy rentable. Hay que dejar el enfoque: da poco pero como hacemos lo que nos gusta está bien. Porque esa mirada es de muy corto plazo y a la generación siguiente capaz que no es lo que le gusta”, señaló.

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Simeone dijo que la maximización de la rentabilidad, para elevar el nivel de vida de las familias que viven en el campo, constituye un componente fundamental y para eso hay que maximizar el uso del suelo en función de las aptitudes biológicas de cada campo.

“Los números son claros y el primer deber de un agrónomo cuando va a un campo es explorar y detectar dónde se puede hacer agricultura y ahí hacerla”, dijo.

Comentó que toda la agricultura será sustentable por la aplicación del plan de uso y manejo de los suelos. “Cuanto más agricultura se pueda hacer mejor”, subrayó.

En ese sentido analizó que lo que queda desde el punto de vista de la producción de biomasa es peor. Opinó que es muy difícil que en esa área marginal las praderas funcionen y el nivel de producción será necesariamente menor.

En tal sentido señaló que los granos permiten corregir eso, con un costo y a sabiendas de que ese costo afectará el resultado pero superará el testigo campo natural. “Cuanto peor sea la base forrajera, el impacto de los granos será necesariamente mayor”, acotó.

Con base en los datos generados en la Unidad de Producción Intensiva de Carne (UPIC), de Facultad de Agronomía, Simeone recordó que un ternero que se compra con 150 kilos, en lugar de ir a pastorear a un campo natural y que pellizque lo que pueda, se encierra en un corral y se larga en setiembre ganando 1,1 kilo por día y pesando cerca de 270 kilos a la salida del invierno. Ese ternero en el otoño siguiente pesará cerca de 390 kilos, pronto para entrar a un verdeo o pradera. Y el costo de esos 120 kilos del encierro se hace con una eficiencia de cinco a uno.

Agregó que si ese ternero vale US$ 2,50 por kilo y lo convierto cinco a uno para cada kilo, el precio de equilibrio de concentrado son US$ 500 por tonelada, cuando una ración de recría vale US$ 320 puesta en el establecimiento.

“Las probabilidades de errarle ahí son relativamente bajas. El gran desafío está en el corral de engorde, en el segundo invierno de vida”, concluyó.

Producir más para competir

Por su parte Cardozo, asesor del establecimiento de invernada intensiva La Magdalena, en San José, planteó un punto de vista diferente al de Simeone. Afirmó que mientras se sigan produciendo 200 kilos de carne por hectárea, la ganadería seguirá sin competir con la agricultura. Señaló que en un sistema intensivo hay que pensar en más de 600 kilos de carne por hectárea y consideró que eso es perfectamente factible.

“Vengo del sector lechero y empecé a trabajar con la producción de carne a corral con una mentalidad lechera. Tratamos de desarrollar un sistema de rotación de pasturas, que es el que se usa en la cuenca lechera, con momentos que tienen que ser cubiertos fundamentalmente con pasto”, dijo.

Señaló que si hay suelos que permitan mejorar la producción de forraje ese debe ser el primer objetivo. En segundo término ese objetivo lo logramos rotando praderas, la alfalfa es esencial porque nos tapa bien el agujero de enero y al mismo tiempo es el único forraje de alta calidad disponible para los meses de febrero, marzo y abril, cuando aparecen las primeras avenas, señaló.

Agregó que en la etapa pastoril no se utiliza grano, sino básicamente silo de maíz o de sorgo, porque entra perfectamente dentro de nuestra rotación.

Cardozo dijo que tampoco es rentable un corral con 80% de la dieta a granos. Los números indican que es perfectamente factible trabajar con hasta 50% de granos, pero el resto con un silo con alto contenido de grano, donde tengo que fijarme de no pasarme de 12 a 15 centavos de dólar por kilo de materia seca producido porque si no los números no dan para poder comprar el grano en el mercado y los costos de producción de comida andan entre US$ 1,60 y US$ 1,80 por kilo ganado. “El precio de venta es bastante superior y no se trata de Cuota 481”, dijo.

Afirmó que en ese sistema sí se compite. Pero además comentó que es difícil que la agricultura pueda competir produciendo 3.000 kilos de trigo por hectárea a los costos que tiene este cultivo o no logrando cosechar más de 5.000 o 6.000 kilos de maíz por hectárea, considerando los costos de producción de maíz.

“La agricultura da interesantes resultados porque la soja sigue valiendo bastante. La pregunta es: ¿qué puede pasar si esos valores no se mantienen? Me da la impresión que con lo que está realizando el Ministerio de Ganadería Aagricultura y Pesca tendremos la posibilidad de tener un sistema agrícola y ganadero sustentable, que además tenga un potencial de pasto bueno, para que sea más eficiente la ganadería”, concluyó.

Carne natural

En la jornada en el LATU se planteó la interrogante si la producción de carne a grano atenta contra el concepto de carne natural que ofrece el país a través de la marca Uruguay Natural.

Al respecto, Pablo Caputi, director de información y análisis económico del Instituto Nacional de Carnes (INAC), explicó que esto no cuestiona la estrategia de marketing de país natural que tiene Uruguay.

“El concepto de carne natural no es de la ingeniería de alimentos porque si así fuera la oposición sería carne natural frente a carne artificial, producida en un laboratorio.

Carne natural es un concepto de marketing y lo que importa no es la realidad objetiva de las cosas sino lo que el consumidor percibe”, dijo.

Reconoció que quizá la integración del grano al sistema de producción de carne sea un poquito más difícil como desafío para el marketing, pero a su vez consideró que en el mundo lo que se opone al concepto de carne natural son las hormonas y otra serie de cuestiones, y no el uso o no de una planta de maíz picada y metida en un silo. “Carne natural en el mundo no es sinónimo de campo natural”, subrayó.

“En Uruguay creció el confinamiento y no sentimos amenazado el concepto de la marca. Al sistema en su conjunto más kilos de carne le viene bien, más cabezas faenadas, ese no es un problema”, consideró el experto.

Los que se paga

Ganado de calidad para el frigorífico es lo que se paga más. El fundamento son las relaciones de abastecimiento que se establecen comentó Pablo Caputi, del Instituto Nacional de Carnes. Explicó que en el sobreprecio se pagan tres cosas: escala, fidelidad y producto. “Parece que es un solo componente pero son varios. Si cambia la escala y en vez de 1.000 novillos se manda a faena uno, o si cambia la fidelidad y en vez de mandarle siempre a una planta se le manda una vez a cada una, eso tendrá un efecto en el precio”, dijo.

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