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La "congelación" de 1968 fue un truco

Una historia del dinero en Uruguay (XXXIV)

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30 de mayo de 2018 a las 05:00

Las grandes devaluaciones de noviembre de 1967 y de abril de 1968, que llevaron el precio del dólar de 99 a 250 pesos, también licuaron el valor de los salarios públicos y las pasividades, por lo que el gasto real del gobierno cayó y el déficit fiscal se volvió poco significativo.

El gobierno de Jorge Pacheco Areco, quien asumió la Presidencia tras la muerte del general Óscar Gestido en diciembre de 1967, casi no tendría necesidad de emitir dinero para pagar el presupuesto. Y sin embargo muchas personas esperaban una inflación creciente, con su secuela de corridas contra el dólar y remarque de precios para asegurar la reposición de productos.

En suma: después del enmarañado 1967, con su inflación de 135,9%, las expectativas hacían que la gente se desprendiera del peso uruguayo lo más rápido posible, una conducta típica en cualquier parte del mundo en tiempos de alta inflación, lo que a su vez alimenta la hoguera. La mayoría de la población, que tenía ingresos fijos, pugnaba por reajustar salarios y pasividades, lo que estimulaba los conflictos.

La inflación también alimentaba la conmoción social, ya de por sí estimulada por los vientos de rebelión que recorrían parte del mundo y que en Uruguay recogían sectores minoritarios pero muy activos: los sindicatos, las gremiales estudiantiles y la guerrilla urbana.

Muchos precios fundamentales de la economía, desde los servicios públicos a la carne vacuna, estaban indexados por inflación, lo que contribuía a mantener la rueda andando a gran velocidad.

En los 12 meses cerrados en junio de 1968 la inflación uruguaya tuvo su récord histórico: 182,9%.

En el fondo había un descalce entre la situación real de las finanzas públicas y las expectativas, que terminaría en algún momento por falta de alimento (no se avivaba la hoguera con dinero nuevo), pero que al fin se frenó en seco con una medida de impacto psicológico –y rédito político–.

La "congelación" de precios y salarios

Los economistas Julio de Brun, Ariel Banda, Juan Andrés Moraes y Gabriel Oddone lo cuentan así en su Historia institucional del Banco Central del Uruguay (2017):

"(En los primeros días de junio de 1968) el ministro de Industria y Comercio, Jorge Peirano Facio, y el subsecretario de esa cartera, Ramón Díaz, se reunieron con el presidente Pacheco Areco para señalarle la que, según su entender, era la raíz del problema inflacionario que estaba viviendo Uruguay. Pese a la moderación en la expansión monetaria, la indexación de los salarios en base a la inflación pasada y la falta de confianza en el mantenimiento de la paridad cambiaria fomentaban conductas especulativas de aumentos de precios que se veían ratificadas con la realimentación del proceso tras cada devaluación. Para cortar esa espiral de devaluación, aumentos salariales e inflación, era necesario actuar en forma contundente sobre las expectativas".

También propusieron "dotar al Consejo Nacional de Subsistencias y Contralor de Precios, organismo en aquel entonces dependiente del Ministerio de Industria y Comercio, de las facultades y recursos necesarios para aplicar un estricto control de precios. La medida debía ser acompañada de una congelación de salarios, de modo de evitar la aplicación de una nueva ronda de ajustes. La propuesta de Peirano Facio y Díaz volvía operativa una idea que rondaba en la cabeza del gobierno desde tiempo atrás y sobre la cual insistía Jorge Batlle Ibañez, pero que hasta el momento sólo había resultado en tímidos intentos, mayormente declarativos".

Tal "congelación" tenía muchos aspectos en común con la ensayada en Argentina desde el año anterior por el ministro de Economía, Adalbert Krieger Vasena.

El 28 de junio de 1968 un equipo liderado por el ministro de Hacienda, César Charlone –el mismo que profundizó los controles y el estatismo durante la era de Gabriel Terra y "revaluó" las reservas de oro y plata, según se contó en los capítulos XVIII y XIX de esta serie–, y por el influyente subsecretario de Hacienda, Francisco "Piti" Forteza (hijo), impuso la "congelación" por decreto de precios y servicios de todo tipo, así como los salarios, intereses y dividendos.

El plan procuró detener la inercia inflacionaria utilizando instrumentos de shock (la "congelación de precios y salarios") y alinear rápidamente las expectativas. Para completar el programa, más adelante, en diciembre de 1968, se creó la Comisión de Productividad, Precios e Ingresos de Uruguay (Coprin), encargada de fijar casi todos los precios y salarios. La Coprin fue una extensión natural de la ley de Subsistencias de 1947, que permitió al Estado controlar los costos de los productos de primera necesidad, realizar inspecciones e incluso secuestrar mercaderías, en el marco de un estatismo creciente.

La "congelación" fue ferozmente criticada: Carlos Quijano afirmaba, desde las páginas del semanario Marcha: "Nunca, en país alguno, la congelación de precios ha podido ser alcanzada. En cambio sí la congelación de salarios ha tenido mayor efectividad, porque el 'agente de retención' es el patrono".
Efectivamente: la única variable que el gobierno podía controlar eran los salarios –y hasta por ahí nomás–. La "congelación" implicó aceptar la reducción de salarios y pasividades reales que habían provocado dos grandes devaluaciones desde noviembre de 1967. Y en los hechos funcionó, porque las otras variables decisivas, como el tipo de cambio y los precios, también se alinearon, al menos mientras el gobierno resistió la tentación de imprimir dinero nuevo para gastar más de lo que tenía. Los precios, que crecían a un promedio de 10% mensual a inicios de 1968, aumentaron sólo 1,6% en el segundo semestre.

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Carlos Quijano, fundador y director del semanario Marcha
Carlos Quijano, fundador y director del semanario Marcha
La brusca desaceleración de la inflación se produjo sin ocasionar desabastecimientos visibles de mercaderías ni desarrollar mercados paralelos en los productos controlados, cuenta la Historia institucional...

"Fue un truco"

El abogado y economista Ramón Díaz, entonces subsecretario del Ministerio de Industria y Comercio, afirmó en junio de 1998 en su columna del diario El Observador que "la congelación de 1968 fue un truco".

Díaz narró que "en 1967 el déficit y la inflación se dispararon, mientras se recurría a controles directos sobre el tipo de cambio y las importaciones para postergar la inevitable devaluación. Esta se consumó por fin en noviembre de aquel año, con lo que los precios subieron pero el déficit se redujo, al caer los salarios reales de los empleados públicos (que es el principal efecto que se busca con todas las devaluaciones).

Pese a su drasticidad, la medida no alcanzó a restablecer la confianza del público, y las reservas internacionales del recientemente fundado Banco Central siguieron cayendo, en razón de lo cual el gobierno devaluó nuevamente a principios de abril, esa vez 25%, con lo que volvió a rebajarse el salario real de los funcionarios y a reducirse aún más el desbalance de las cuentas públicas.

"(Jorge Pacheco Areco) heredó una cosa buena y una mala –resumió Ramón Díaz–. La buena era que el déficit había bajado y no había necesidad de emitir para pagar el presupuesto. La mala, que las expectativas eran de una inflación en aceleración permanente, en gran parte alimentada por el espectáculo de una espiral diabólica de precios y salarios (...). El público huía del dinero nacional, lo que tiene exactamente el mismo efecto que un aumento de la emisión (...). En las grandes inflaciones no hay tiempo para esperar que las expectativas se adapten gradualmente a las caídas del déficit, y es imperativo actuar directamente sobre ellas. En Argentina la ley fijó en 1991 el tipo de cambio y prohibió que el Banco Central le prestara al gobierno ("convertibilidad"); en Alemania en 1923 introdujeron una nueva moneda, el rentenmark, que valía un billón (12 ceros) de veces más que la anterior, y tenía la misma paridad con el dólar que el reichsmark había tenido en 1914. Todas estas estrategias tienen un ingrediente de truco ilusionista, para que la gente se convenza súbitamente de que las cosas de veras esta vez han cambiado. (En Uruguay en 1968) se necesitaba un truco: la congelación de precios y salarios desempeñó ese papel. La idea resultó parcialmente buena y parcialmente mala. Buena, porque fue eficaz, debido, sobre todo, a que nunca antes se había intentado topear los salarios. De hecho, dentro del gobierno predominaba la idea de que la estrategia era demasiado osada y fracasaría, pero el público la interpretó como una quema de naves y creyó en ella. Mala, al mismo tiempo, porque se prestó a confusión. Esta segunda parte consistió en que la congelación se mantuvo demasiado tiempo, y finalmente el presidente y quienes habían pasado a ser sus consejeros terminaron por confundirse y creer que ella era realmente la que aguantaba la estabilidad, y que la disciplina fiscal era prescindible. Con lo que la inflación volvió a galopar en 1972, bordeando ya los tres dígitos, sin que el aparato de control, que no había integrado la estrategia inicial, hubiese cesado de funcionar".

Ramón Díaz se marchó del gobierno en octubre de 1970, cuando la dirección de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP) pasó a manos de Aquiles Lanza, un político de la Lista 15 que sería intendente de Montevideo en la apertura democrática. Poco más de un año después, en enero de 1972, Díaz comenzó a publicar, casi solo, una pequeña revista bimestral de difusión de las ideas liberales que llamó Búsqueda.

Ramón Díaz en su casa, en 1977, escribiendo para Búsqueda.jp
Ramón Díaz en su casa, en 1977, escribiendo para Búsqueda
Ramón Díaz en su casa, en 1977, escribiendo para Búsqueda
En aquellos tiempos de furibundo estatismo y afición por los controles, era definitivamente raro citar a Adam Smith, David Ricardo, Ludwig von Mises, Friedrich von Hayek o Milton Friedman. Ramón Díaz fue un cruzado que, casi solo, salió al rescate del liberalismo, el conjunto de ideas y prácticas que había hecho prosperar a Uruguay y que luego fue sepultado bajo la arrogancia de la burocracia. Ya tendría su revancha a partir de 1990, como presidente del Banco Central, cuando contribuyó a iniciar un plan gradualista que acabó con casi medio siglo de inflación de dos dígitos.

Otra vez un déficit enorme financiado con inflación

En 1968 la inflación se redujo a la mitad (y fue casi nula en el segundo semestre), en 1969 bajó a 14,5% y en los años siguientes subió a 21% y 35,6%. La economía se estabilizó y creció, estimulada por buenos precios internacionales para las materias primas que el país exportaba.

En octubre de 1970 el Poder Ejecutivo vetó 96 artículos de la Rendición de Cuentas que le remitió el Parlamento porque implicaban grandes aumentos de gastos. Pero, para sorpresa del Ejecutivo, la Asamblea General del 14 de octubre reunió votos suficientes, incluso entre legisladores colorados, para levantar los vetos de 64 artículos. El déficit fiscal aumentó considerablemente, y también la emisión de dinero para financiarlo. Las presiones devaluatorias aumentaron, por la vía de una gran pérdida de reservas internacionales debido a la huida hacia el dólar.

Y en el año electoral de 1971, cuando Pacheco Areco intentó una reforma de la Constitución que le permitiera ser reelecto, el gasto público se fue a las nubes, como siempre, y se financió con la emisión de dinero. Fue una repetición de lo ocurrido en 1962 y 1966.

En setiembre de 1971, pocas horas después de la humillante fuga de más de 100 tupamaros de la cárcel de Punta Carretas, el gobierno decretó un aumento salarial de 27,2%, cuando la central CNT "exigía" 25%, naturalmente esperando mucho menos. También encomendó por decreto a las Fuerzas Armadas que pasaran a liderar la lucha contra la guerrilla, que hasta entonces llevaba la Policía. Los militares acabarían rápidamente con la guerrilla de los Tupamaros y otros grupos menores, y en el transcurso desarrollarían apetitos políticos mayores.

El dólar oficial se mantenía a 250 pesos pero en el mercado paralelo (o libre, o "negro") cotizaba a 700. El déficit fiscal saltó de 1,7% del PIB en 1970 a un increíble 5,7% en 1971, que en gran medida se tapó con billetes nuevos, y la producción cayó. En 1971 la inflación subió a 35,6% y al año siguiente, por la fuerza de la emisión masiva, tocó el 95%.

Pacheco Areco y su equipo habían tirado el ajuste por la ventana y, con los organismos de control de precios, combatían los síntomas de la enfermedad, no sus causas.

Próxima nota: el terremoto de 1971.

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