El mismo país. La misma pasión. Los mismos problemas de infraestructura y económicos. Pero diferentes realidades. La selección uruguaya va por un camino y los clubes que representan a Uruguay en la Libertadores transitan el opuesto.
Queda claro que si se vende un discurso de llevar adelante un proyecto, se debe respetar. En la selección costó, pero hoy se disfrutan los frutos. En los clubes está el ejemplo de Peñarol, que en las primeras de cambio sacó a Gregorio Pérez, al que contrató como el mejor entrenador y lo volvió a sacar por la puerta de atrás del club.
Entonces llegó otro técnico que se encuentró con un plantel que no armó y no puede jugar a lo que pretende. A la hora de contratar los grandes tampoco acertaron. El Nacional de Gallardo apostó a cinco argentinos: Poclaba jugó un partido y se fue; Sosa ya no está; Placente no rindió; Aguirre jugó poco y Damonte es el único titular.
En Peñarol se terminó la Copa y entrando en la mitad del campeonato Montelongo todavía no debutó.
La conducta es otro aspecto que marca la diferencia. En la selección se impuso un orden. Impera el respeto. En los clubes grandes, cuando pierden los jugadores se van por la puerta de atrás eludiendo a la prensa. Pero lo que más preocupó a los dirigentes fueron los rumores de salidas nocturnas que llevaron a los gerentes deportivos a marcar pautas de comportamiento.
A nivel local hay otra realidad. Los jugadores no duran dos campeonatos. El que juega bien a mitad de temporada vuela. En la selección hay memoria colectiva: Tabárez no trabaja más de media hora en cancha. Refresca conceptos y quedan prontos.
Y el aspecto deportivo marca la diferencia y es un tema al que Tabárez siempre hace referencia. Acá no hay competencia. El club que no juega la Libertadores se limita al torneo de consumo interno; en cambio, los que están en Europa tienen la chance de enfrentar a los mejores. La realidad manda. Por un lado camina la selección y por la vereda opuesta los clubes del fútbol uruguayo.