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La década perdida

"Luego de esta década brillante, salimos con un país maltrecho”

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11 de enero de 2019 a las 05:02

Por Luis Romero Álvarez, especial para El Observador

Estas épocas son buenas para los balances y el último año del tercer gobierno del FA justifica una mirada larga hacia atrás.

Lo primero es reconocer que la década comprendida entre fines del 2004 y fines del 2014 fue la mejor década de la historia del Uruguay (y de todos los países productores de commodities).

A precios de nuestros productos de exportación entre dos y tres veces superiores a la media histórica (lo que ya había sucedido en las guerras mundiales), se agregó una tasa de interés internacional bajísima que nos favoreció por dos vías: por un lado, alivió el servicio de la deuda externa y por otro lado, empujó hacia nuestra economía grandes cantidades de capital externo buscando mejores retornos.

Así, con gran entrada de capitales y crecimiento violento de las exportaciones gracias al mercado internacional tonificado, la economía uruguaya sólo podía crecer y crecer. Pero no por méritos nuestros; en realidad nos arreglamos para malgastar esa bonanza espectacular en forma lamentable.

Para ver la realidad en perspectiva, basta recordar que en nuestro mejor año, el PBI creció 7.5 pc; Paraguay en ese año creció 14.5 pc... la mirada no debe buscar el elogio hacia ese 7.5 pc sino el cuestionamiento acerca de por qué no se aprovechó mejor el viento de cola. Lo lamentable y doloroso es que luego de esta década brillante, salimos con un país maltrecho.

Con un gasto público y déficit fiscal preocupantes según asevera el propio Astori, conductor de la economía, quien reconoce que hay un exceso de funcionarios públicos, una inflación siempre alta a niveles impresentables en el contexto internacional, una deuda externa alta y creciente que preocupa a las calificadoras de riesgo, una infraestructura caída, tarifas de combustibles y electricidad muy altas para compensar despilfarros como los de Ancap, un tipo de cambio endémicamente atrasado por no haber sabido sacar dólares del país cuando llovían por inversiones y exportaciones (mediante por ejemplo un fondo soberano como hizo Chile con el cobre o permitiendo a las Afaps invertir en el exterior), un sector productivo en decadencia, una educación en caída, una seguridad publica pésima, una salud pública envuelta en denuncias penales, una actividad sindical agresiva y desnorteada y una sociedad partida.

A esas situaciones incontrovertibles se suma un deterioro de los valores en materia de respeto, trabajo, convivencia y buenas maneras.

Estos aspectos más sombríos de la evolución de nuestra sociedad, fogoneados por figuras relevantes del gobierno al hablar de pichis y cajetillas y por mensajes de confrontación permanente entre clases, ahora se vuelven contra sus creadores con insultos y agresiones a ministros en la vía pública, lo que es algo totalmente inaceptable en una sociedad que desea vivir bien.

Por suerte habrá revancha; los ciclos existen desde tiempos bíblicos y los precios de nuestros productos volverán a volar. Pero, ¿ podremos volver a ser educados y amables? ¿Podremos volver a cuidar el trabajo de cada cual con respeto hacia uno mismo y hacia los demás? ¿Podremos rescatar a las dos generaciones de personas que nunca han visto a sus padres trabajar (porque antes las generaciones llegaban cada 25 años y ahora en los barrios carenciados llegan cada 15 años)? ¿Podremos dominar la seguridad o ya no estamos a tiempo de liquidar a las mafias de la droga? ¿Nos quedan reservas suficientes de gente formada y trabajadora o el drenaje de la emigración de los mejores nos debilitó en forma irreversible? ¿Habremos perdido una década o perdimos mucho más?

Estamos en un cruce de caminos que apuntan en direcciones muy opuestas. Todo esfuerzo que hagamos ahora por volver a ser serios, respetuosos, trabajadores, libres y responsables, será poco porque el desafío es enorme. Y nadie puede decir no es mi tema; al revés, el destino del país nos llama a todos a decir presente. 

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