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Luzardo en Huelva

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La historia de Luzardo: desde que lo llevaban a entrenar en el cuadro de la bicicleta al sueño no cumplido en Nacional

Ganó todo en Nacional, es ídolo en el Huelva y se retiró marcándole un gol a Nacioanl, el club de sus amores

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17 de julio de 2021 a las 05:04

“Recuerdo un clásico de 1983. Córner a favor de Peñarol en el arco de la Ámsterdam. Yo me quedaba a los rebotes y justo la pelota viene hacia mi. La agarré y enderecé para la mitad de la cancha. Miguel Brindisi se desmarcó, tiré la pared con él y nos sacamos la marca de Marcenaro. De frente me quedó el Indio Olivera, que era el último hombre. Él no era muy rápido, así que a velocidad traté de pasar por el costado, pero me puso una piña en el pecho que me partió al medio. Yo pesaba 40 kilos mojado y él tenía un físico impresionante. Me di vuelta en el suelo y llegó Ramón Barreto. Me dijo ‘dale pibe, levantate’. Me partió el pecho, le respondí. ‘Levantate que no te tocó, o te saco amarilla por simular’. Me levanté y me dijo, ‘estás aprendiendo, pibe’”.

La anécdota que cuenta entre risas Arsenio Luzardo a Referí habla de otros tiempos, de otro fútbol, de otros protagonistas. “Hoy vemos a Neymar y antes de que le peguen ya se está revolcando”, dice el Tola, un futbolista fantástico en su época, campeón con Nacional de la Copa Libertadores y de la Copa Intercontinental de 1980, ídolo del Recreativo de Huelva, decano del fútbol español, donde jugó siete años. Campeón también, de la Copa América de 1983. Actualmente tiene 61 años y vive en su tierra Treinta y Tres, desde donde repasó su historia de vida y de fútbol.

Arsenio Luzardo

A pesar de las carencias, recuerda con cariño su infancia jugando a la pelota en las calles y los campitos de Treinta y Tres.

Es el mayor de ocho hermanos. Su madre trabajaba de limpiadora y viajaba a la frontera con Brasil a comprar bagayo. “Mi madre se revolvía en lo que podía para poder darnos lo mejor”, cuenta Luzardo. Su padrastro, jubilado militar, tampoco cobraba tanto como para hacer frente a una familia numerosa.

Primero, segundo y tercero los cursó en la escuela N° 31, cuarto, quinto y sexto en la escuela N° 32, a la que él llama la mejor escuela del mundo.

“Es una escuela-granja, la escuela de los naranjos. Ahí conocí a un señor que era quintero, Ramón. Había un pedazo de campo que estaba muy sucio y lo ayudamos a limpiar, quitamos las chircas, él cortó unos varejones de eucaliptus, hicimos dos arcos y ahí armamos nuestro estadio. No faltábamos nunca; además de que teníamos la canchita para jugar en los recreos, había comedor y en esos momentos era fundamental ir a la escuela porque más allá de que nos educaban, también teníamos un plato de comida caliente todos los días”.

Homenaje en Huelva hace dos años

Luego empezó a jugar al baby en los Halcones de Villa Sara, un barrio grande que está antes de llegar a Treinta y Tres. Hay que pasar el puente viejo y el puente nuevo, dice Luzardo. El técnico del equipo, el Canario Cabrera, se tomaba la molestia de ir a buscarlo a la escuela los días de entrenamientos y de partidos. “Eran seis o siete kilómetros y me llevaba en el cuadro de la bicicleta, junto a otro compañero que tenía bicicleta propia”.

A pesar de las carencias, recuerda con cariño su infancia jugando a la pelota en las calles y los campitos de Treinta y Tres.

Es el mayor de ocho hermanos. Su madre trabajaba de limpiadora y viajaba a la frontera con Brasil a comprar bagayo. “Mi madre se revolvía en lo que podía para poder darnos lo mejor”, cuenta Luzardo. Su padrastro, jubilado militar, tampoco cobraba tanto como para hacer frente a una familia numerosa.

Primero, segundo y tercero los cursó en la escuela N° 31, cuarto, quinto y sexto en la escuela N° 32, a la que él llama la mejor escuela del mundo.

“Es una escuela-granja, la escuela de los naranjos. Ahí conocí a un señor que era quintero, Ramón. Había un pedazo de campo que estaba muy sucio y lo ayudamos a limpiar, quitamos las chircas, él cortó unos varejones de eucaliptus, hicimos dos arcos y ahí armamos nuestro estadio. No faltábamos nunca; además de que teníamos la canchita para jugar en los recreos, había comedor y en esos momentos era fundamental ir a la escuela porque más allá de que nos educaban, también teníamos un plato de comida caliente todos los días”.

Trayectoria
Nacional, Recreativo de Huelva, LG Cheetahs Corea del Sur (actual FC Seoul), Basáñez, Cerro, Nacional de Paraguay y Liverpool. Fue campeón Sudamericano juvenil en 1979 y Campeón de América en 1983.

Luego empezó a jugar al baby en los Halcones de Villa Sara, un barrio grande que está antes de llegar a Treinta y Tres. Hay que pasar el puente viejo y el puente nuevo, dice Luzardo. El técnico del equipo, el Canario Cabrera, se tomaba la molestia de ir a buscarlo a la escuela los días de entrenamientos y de partidos. “Eran seis o siete kilómetros y me llevaba en el cuadro de la bicicleta, junto a otro compañero que tenía bicicleta propia”.

Continuó en el Club Unión Barrio Artigas, cuyo nombre formaba la sigla CUBA y los colores eran blanco, azul y rojo.

“Te imaginás que, en los años 70, con la dictadura militar, al equipo lo hicieron desaparecer. Lo desafiliaron y nos quedamos sin cuadro para jugar”. Entonces se incorporó por seis meses al Aurora de Varela y de ahí pasó al Huracán de Treinta y Tres, club al que defendió durante 1977 y 1978.

Con ese equipo fueron campeones del Este y participaron de la Liga Mayor en 1978, un torneo oficial organizado por la AUF, en el que los equipos del interior competían con los de Montevideo. A Huracán le tocó jugar contra Nacional. “Ese campeonato fue el que me ayudó en parte para que Raúl Bentancor me viera y me citara para la selección juvenil”, cuenta Luzardo.

La llegada a Montevideo

Defendió a la celeste en el Torneo Sudamericano juvenil de 1979, en el que Uruguay se coronó campeón y Luzardo fue el goleador con cuatro goles. Entre otros, jugaron Diego Maradona, Roberto Cabañas, Ramón Díaz, Ruben Paz, Fernando Alvez .

A raíz de ese campeonato Nacional puso los ojos en mí. El primer partido fue contra Ecuador en el Centenario, estaba lleno, para nosotros era impresionante, principalmente los que íbamos del Interior. Ganamos 5-0, yo hice el primero y el quinto gol”.

Dos veces enfrentó Uruguay a Argentina en el Sudamericano. “El Chifle Barrios marcaba a Maradona y si lo pasaba a él, lo esperaba yo porque jugaba de cinco. Lo escalonábamos y tuvimos la virtud de controlarlo bastante, pero igual, era un monstruo. El primer partido en la serie ganamos 1-0, yo hice el gol en el arco de la Ámsterdam; el otro partido en semifinales empatamos 1-1. Maradona nos pegó un tiro en el ángulo de Alvez y yo pegué un tiro en el travesaño. Luego fuimos campeones". Nacional compró su pase a Huracán y después viajó al Mundial juvenil de Japón, pero antes pasó algo inesperado.

Así lo recuerda Luzardo: “Antes de firmar mi primer contrato con Nacional en febrero de 1979, jugué un partido con la selección de Treinta y Tres contra Rocha. Teníamos que ganar por más de tres goles para llegar a la final y fui a jugarlo después de la final del Sudamericano. Ganamos 3-0, pero ese partido me costó una fisura de mandíbula. Los dirigentes de Nacional que estaban en el estadio porque habían ido justo a firmar mi pase con Huracán, me querían matar. Yo quería jugar ese partido porque era fundamental estar con mis compañeros, compartir con mi pueblo y jugar después de ser campeón sudamericano”.

Cuando llegó al club el presidente tricolor era Miguel Restuccia. “Nacional tenía un plantel de como 40 profesionales, tenía para armar tres equipos, pero no le fue muy bien”.

En Estados Unidos en 2020 con Blanco, Rodolfo Rodríguez y De León

Luzardo pasó a vivir en el Parque Central, el alojamiento que tenía el club para los juveniles que llegaban del Interior. Se alojaban debajo de las tribunas, donde actualmente se encuentran los vestuarios. “Eran unas habitaciones enormes, con 10 o 12 camas y tratábamos de estar todos juntos, porque en aquellos momentos era difícil ir del interior a Montevideo, se extrañaba mucho. Aunque la mayoría teníamos claro que era nuestra oportunidad de poder hacer algo en el fútbol y salir del Interior y ayudar a nuestras familias”.

La única vía de comunicación con los familiares era el teléfono fijo, pero no era sencillo el trámite. “Teníamos que pedir permiso al telefonista del Parque. En mi caso llamaba a la Jefatura de Treinta y Tres y decía que necesitaba comunicarme con mi madre a tal hora. Un policía iba a mi casa que quedaba a unas 10 o 12 cuadras, le avisaba a mi madre y a la hora que habíamos quedado yo la llamaba y podía conversar con ella. Era todo un tema. Pero son cosas que se recuerdan con muchísimo cariño y alegría. Nos costó, no nos fue fácil, pero el trabajo constante y la dedicación nos llevó a alcanzar lo que logramos”.

Campeón de América y del Mundo

A fines de 1979 Dante Iocco asumió la presidencia de Nacional y con Juan Martín Mujica y Esteban Gesto en el cuerpo técnico se armó el plantel que luego ganó el Campeonato Uruguayo, la Libertadores y la Intercontinental en la temporada 1980.

“Teníamos futblistas que habían jugado mundiales y en Europa, como Espárrago, Cascarilla Morales, Cacho Blanco, Rodolfo Rodríguez que no había salido pero tenía experiencia de la selección, Hugo De León, Washington González que llegó de Defensor, Denis Milar que había jugado en el Granada de España. Después los más chicos que veníamos de las selecciones juveniles haciendo buenos partidos y empujando para ganarnos un lugar en ese equipo”.

Equipo de Nacional en 1980

Dice Luzardo que Mujica y Gesto tuvieron la suerte y la virtud de haber elegido bien y arrancar un proceso que los llevó a la gloria: “Hoy por hoy es muy difícil para el fútbol uruguayo ganar una Copa Libertadores. Hay que reconocer que en nuestra época no entraban tantos clubes en la Copa, ahora es mucho más competitivo y más difícil. Igualmente, para Nacional y Peñarol económicamente es muy difícil pelear contra argentinos y brasileños. No digo que no se pueda ganar, pero se le hace muy difícil y los futbolistas nuestros se van muy temprano”.

Los clásicos en la década de 1980 eran partidos impresionantes, donde no había tantas cámaras de televisión que delataran cada jugada. “Era maravilloso, era el partido que todos queríamos jugar. Se llenaba el Estadio a pesar de que tuvimos la suerte de hacer muy buenas temporadas y siempre había gente, pero los clásicos se vivían mucho tiempo antes. Llegar al Estadio, después de las concentraciones que eran larguísimas, verlo lleno, era soñado. Hace unos días Mario Saralegui comentó que en las épocas anteriores vivíamos diferente el fútbol y dijo que él tenía mi foto en su habitación los días de clásicos y se acostaba mirando mi foto y pensando cómo me iba a marcar al otro día. Es algo lindo y un lindo reconocimiento de parte de un rival de todas las horas. Adentro de la cancha éramos rivales pero al otro día nos juntábamos en la selección y estaba todo bien”, a pesar de que “yo salía con marcas en todo el cuerpo”.

En 1983 Nacional contrató a varios jugadores y armó lo que llamó “el equipo de las estrellas” con la intención de ganar la Copa Libertadores. “Gracias a ese equipo y a los futbolistas que estuvieron ese año, tuve la suerte de ser goleador del Campeonato Uruguayo (13 goles) y de la Copa Libertadores (8 goles). Ganamos el clásico y quedamos primero y Peñarol último con 15 puntos de diferencia, cuando eran dos puntos por partido ganado”. No le fue bien a Nacional en la Libertadores, pero ganó el Uruguayo.

Rodolfo Rodríguez y Luzardo en la final Intercontinental de 1980

Luzardo formó parte ese año de la selección que obtuvo la Copa América en Brasil, el año en que el venezolano Facundo Torres fracturó a Fernando Morena en el Centenario.

“Fernando era un monstruo, un tipo bárbaro como persona y como futbolista un crack. Tuvimos la mala suerte de no poderlo disfrutar en esa selección porque el planchazo ese fue un asesinato. Recuerdo que el Loco Acosta agarro un banderín y lo salió a corretear al que lo fracturó, y Wilmar acompañó a Fernando de la mano hasta el túnel cuando lo llevaban fracturado. Son las cosas que yo decía, adentro de la cancha había rivalidad pero cuando estábamos juntos tirábamos todos para el mismo lado”.

Una época que Luzardo define con una frase: “Nosotros no ganábamos dinero pero ganábamos títulos, ahora es al revés”.

La increíble historia del pase a Huelva

Dos años después llegó el pase al exterior, que también tiene su trama desconocida. Nacional viajó a México en 1985 para disputar un torneo octogonal, organizado por un empresario uruguayo. Sus partidos eran en El Paso, ciudad Juárez. El mismo empresario había pagado una seña por los pases de Luzardo y de Óscar Aguirregaray, con la intención de ubicarlos en un equipo mexicano. “Integramos la delegación, pero no íbamos a jugar”, señala Luzardo. Al día siguiente de hospedarse en el hotel, Nacional fue a jugar su primer partido. La cancha estaba vacía y el empresario había desaparecido. Un fracaso.

“Regresamos al hotel y nadie se hacía cargo de los gastos. Al final tuvo que pagar la Federación mexicana lo de todos los equipos, porque había invitados de Brasil y Argentina. Nos tuvimos que ir y en el DF nos fue a despedir un uruguayo que era entrenador de Toluca. Espárrago le contó la situación en la que estábamos y el técnico le dijo que eligiera a uno de los dos para que se quedara a hacer una prueba en el Toluca. Espárrago le recomendó al Vasco. Después me contó Espárrago que a él ya le habían hablado del Recreativo de Huelva, que había aceptado la oferta y que pensaba llevarme. Se quedó el Vasco, yo me vine a Uruguay con un bajón, una depresión tremenda, y esa primera semana iba a entrenar a Los Céspedes y no podía ni con los zapatos”.

La 10d e Luzardo en el Huelva

Hasta que un día tocaron timbre en la casa de Luzardo, en avenida Centenario, cerca del Estadio. Preguntó quién era y le dijo que era Víctor Espárrago. “Bajé los cinco pisos pensando qué habrá pasado. Lo primero que me dijo Espárrago fue ‘me voy a España, ¿querés venir conmigo? No sabía ni adónde iba, pero le dije que si y se me cayeron los lagrimones. Después me explicó que iba al Recreativo, que estaba en Segunda y que era el decano del fútbol español. Vamonos, le dije”.

“Llegamos un 12 de julio de 1985 a Huelva y fueron siete años maravillosos. Con el tiempo el masajista me contó que el primer día de entrenamiento me hizo una radiografía, me miró las piernitas y pensó: ‘con esas piernitas van a hacer picadillo con él’. Después todas las cosas lindas que pasaron. En el club me recuerdan con mucho cariño. Hace dos años José Luis Camacho Malo, el presidente de la prensa deportiva de Huelva, y el club, me invitaron para ir a los festejos de los 131 años y fue maravilloso el cariño de la gente”.

Siete años después, terminó el contrato, Huelva debía mucho dinero y lo bajaron a Segunda B, donde no podían jugar extranjeros. Entonces Luzardo se tomó el avión a Seúl para jugar en el LG Cheetahs por intermedio de un amigo coreano que conoció en Huelva.

“Cuando llegué había seis equipos en Primera división y el resto era a nivel de colegios y universidades. Fue un año y medio de una experiencia impresionante, pero no sabés lo que sufrí cuando me fui de España. Cuando me di cuenta en Sevilla que me iba de Huelva, me puse a llorar porque fueron mis amigos de Huelva a despedirme y me empezaron a cantar ‘algo se muere en el alma, cuando un amigo se va’. Me fui llorando de Sevilla a Madrid. Había que apechugar”.

Corea y el regreso a Uruguay

Llegó a un país totalmente diferente, desde la cultura, la infraestructura y la gastronomía. “La comida era picante, picante, no había manera. Empezamos la pretemporada y en 15 días bajé ocho kilos. Entrenábamos triple horario, de mañana a primera hora cross country y después al gimnasio y por la tarde a la cancha. Todo físico, la pelota la veíamos muy poco. Me asombró cómo entrenaban los coreanos, con que predisposición lo hacían. Los mismos muchachos me pedían que me quedara para los tiros libres, para pararnos en la cancha. Fue una experiencia maravillosa porque no pensé encontrarme con ese respeto al mayor de parte de los jóvenes, con las ganas de aprender que tenían. Cuando llegué aquí no tenía nada que ver”.

A fines de 1993 regresó a Uruguay con la esperanza de retirarse en Nacional, pero no pudo cumplir ese sueño.

“Fui a saludar a Dante Iocco en su casa de remates. Me preguntó qué iba hacer, le dije que mi idea era seguir jugando. Habló con el gerente Manuel Ucha y fui a entrenar a Los Céspedes. Físicamente estaba fenomenal después de mi paso por Corea. El técnico era (Eduardo Luján) Manera y en los partidos de fútbol me ponía en los segundos tiempos y siempre hacía goles. Me sentía espectacular. Pero pasaron las semanas y no tenía novedad del contrato, estaba cerca de empezar el Campeonato Uruguayo y fui a hablar con él, si pensaba contar conmigo. Me dijo que estaba todo bien, que era un futbolista espectacular, una visión de cancha, buena persona, pero que él necesitaba un 10 zurdo. Le agradecí y salí de allí pensando en volverme a Treinta y Tres. Pero apareció Gabriel Rijo, un amigo que me dijo que no me retirara, que él iba a hablar con el Turco Aude que iba a dirigir en Basáñez”.

Fue el año en que Basáñez ascendió a Primera división. Jugaban Luis Romero, el Indio Molina, Serafín García (“el Cortito estaba en inferiores y le dábamos manija al Turco para que lo subiera”), Martín Arriola. “La verdad que fue un año maravilloso, hice varios goles, dos a Nacional: uno de tiro libre a Seré en el arco de la Ámsterdam y otro en el de la Colombes”.

El equipo de Cerro que debutó en la Libertadores 1995; Luzardo es el primero de los agachados, a la izquierda

En 1995 lo llamó Gerardo Pelusso y fue a jugar la Copa Libertadores con Cerro. Después continuó en Nacional de Paraguay. “Un día me suena el teléfono y escucho que me dicen ‘Patita de pollo’. Era Julio Ribas. Cuando llegué a Nacional él estaba y fue uno de los que Mujica dejó libre, pero hice amistad con él en el poquito tiempo que compartimos. Yo le decía chancho jabalí, porque los hombros le habían absorbido la cabeza. Me contó que estaba en Nacional de Paraguay y me planteó la idea de ir con él. Yo no estaba con muchas ganas de salir, era solo por seis meses no iba a mover todo, pero arranqué con Julio. Estaba el Patito Telesca también y fueron unos meses complicados, no clasificamos a la Copa Conmebol y los dueños del equipo dejaron de pagar, no cumplían con lo que habían prometido y nos vinimos”.

Terminó su carrera jugando seis meses en Liverpool, donde compartió con Jorge Seré y Gonzalo Madrid, entre otros.

“El 5 de diciembre de 1996 jugamos contra Nacional por la Liguilla. Hay un penal a favor de Liverpool en el arco de la Colombes, Fabián Césaro agarra la pelota y me la da para que yo lo tire. Hice el gol y fue mi último partido. Me retiré jugando contra Nacional y haciéndole un gol al equipo de mis amores”, recuerda Luzardo con cierta nostalgia.

El día que "mataron" a su mamá
Un día antes de jugar un clásico por la Copa Libertadores en 1980, un hombre avisó en la sede de Nacional que había fallecido en Treinta y Tres la madre de Luzardo. Desde la sede llamaron a la Jefatura de aquella ciudad, fueron hasta la casa y no la encontraron.
"Mujica y Gesto me avisaron del fallecimiento, fue un momento terrible, porque mis compañeros me abrazaban", recuerda Luzardo, que viajó de inmediato a Treinta y Tres en un Fusca con un amigo.
Antes de llegar, en un control policial en Pirarajá se detuvieron y el policía, al reconocerlo, le dijo que su madre había aparecido y que nunca había desaparecido, sino que había ido a Yaguarón a comprar bagayo.
"Esa noche me quedé a descansar en Treinta y Tres y al día siguiente de mañana temprano salimos en el Fusca que me había llevado, llegamos al mediodía, dormí la siesta y de noche fui titular en el clásico".

 

Después del fútbol
Luzardo no hizo el curso de entrenador porque nunca le llamó la atención dirigir. Cuando terminó su carrera de futbolista a fines de 1996, el intendente de Treinta y Tres lo invitó a formar un escuela de fútbol municipal que duró tres años. “Esa experiencia con los niños me gustó mucho y me hubiera gustado seguir adelante con eso”.
Nunca lo llamaron para trabajar en Nacional, aunque “desde Treinta y Tres somos punto de referencia en juveniles. Nos llaman y nos preguntan, pero jamás nos ofrecieron algo. Capaz que en el futuro surge algo importante para trabajar con juveniles” señala.
Integró la Secretaría de deportes de la Intendencia olimareña y ahora está esperando una nueva oportunidad para seguir trabajando.

 

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