27 de julio de 2011 20:11 hs

El trabajador quiere ganar más, el exportador mejores precios por sus colocaciones y el gobierno más recursos que invertir en infraestructura, vivienda y educación. En el reparto de la torta, nadie está conforme con su porción, todos quieren un trozo más grande.
Intereses encontrados, como no puede ser de otra manera, conducen a acusaciones y recriminaciones cruzadas. Los trabajadores apuntan a los empresarios. Sostienen que del actual período de bonanza se llevaron la mayor parte. Que el fuerte incremento del salario real en los últimos siete años no lo es tanto si se ve a la luz del crecimiento de la rentabilidad empresarial.
Por su parte, los empresarios dicen que no. Que la rentabilidad se vio diezmada por la acción de los otros dos grupos de interés. El crecimiento del salario real produjo un aumento de los costos, mientras que la baja del dólar –atribuida a la ausencia de una política fiscal contractiva que sustituya a la apreciación cambiaria como herramienta contra la inflación– reduce los ingresos del sector.
Las autoridades, mientras tanto, aseguran estar haciendo el máximo esfuerzo de austeridad y racionalización del gasto público, pero dadas las múltiples necesidades que tiene el país, el gobierno debe establecer prioridades. La última rendición de cuentas no aumenta el gasto público pero tampoco lo reduce.
Lo bueno es que la torta sigue creciendo y lo hace a una velocidad acelerada. Hay más para repartir y aunque ninguna porción crece a la velocidad que los comensales desean, nadie se queda con las manos vacías. Pero el problema es el opuesto, es que las porciones crecen aun más rápido que la torta en sí.
Las empresas transfieren directamente a los precios, el aumento de costos generado por los aumentos de sueldo. La política salarial se configura así como un factor inflacionario, pero no es el único. Si el gobierno soltara las manos del timón cambiario, el dólar habría alcanzado una cotización muy por debajo de los actuales $ 18,4. El esfuerzo por sostener la competitividad de los productos uruguayos y asegurar márgenes más atractivos a los empresarios asienta la inflación en niveles por encima de la meta oficial. Lo mismo las cuentas públicas, cuyo déficit de 1,6% del PBI impide al gobierno la compra genuina de dólares en el mercado, que permitirían afectar el tipo de cambio sin echar leña a la inflación.
Los comensales se miran desconfiados. Miden su porción y la comparan con la porción de al lado. La perspectiva siempre hace que lo ajeno luzca mejor. No comen ni dejan comer. Prefieren la ilusión de un trozo más grande, inflado con aire de precios, antes que acordar el crecimiento armónico y saludable de la economía. Soportar la amenaza inflacionaria es más tolerable que ceder posiciones. Con comensales así, no hay chef que aguante el sombrero

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