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La juventud con un buraco en la cabeza de 1980

Fue el primer fracaso del experimento de la dictadura y el bautismo de una generación

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30 de noviembre de 2020 a las 05:01

Cuando hablamos del triunfo del No en el plebiscito de 1980, se suele recordar el memorable debate televisivo en el cual Enrique Tarigo y Eduardo Pons Etcheverry demolieron la constitución autoritaria que proponía el régimen y que esa noche intentaron defender el coronel y abogado Néstor Bolentini y el doctor Enrique Viana Reyes.

También se recuerda el acto colorado por el No en el cine Arizona y el del Partido Nacional en el cine Cordón.

Pero el plebiscito del 80 fue también la iniciación política de miles de uruguayos que eran niños o adolescentes cuando el golpe, y que votaron por primera vez. Los que aún no teníamos 18 años no lo hicimos, pero descubrimos que podía existir una discusión pública sobre algo que no fuera fútbol. Y no fue un hallazgo pasivo.

Para los militares, el plebiscito era la primera comprobación empírica de su gran experimento social: criar una nueva generación patriótica, obediente, disciplinada y acrítica, incontaminada de política e ideas foráneas.

Nos habían educado en escuelas y liceos con autores y libros prohibidos, con materias donde se justificaba la dictadura, con formaciones cuasi militares antes de ingresar a las aulas, consignas patrióticas que había que anotar cada día en los cuadernos, controles del largo de la pollera en las chicas y del pelo en los varones.

Las noticias estaban censuradas. Había libros vetados y canciones prohibidas. Crecimos en ese ambiente oscuro. Éramos lo que muchos llamarían la generación del silencio, abúlica, perdida, castrada. Mujica diría años después que teníamos un “buraco” en la cabeza. Éramos la reserva que debía asegurar el triunfo del Sí.

“Los jóvenes que aceptan el desafío el 30 de noviembre dirán Sí al Uruguay”, decía un aviso oficial.

La nueva generación no era violentista como la de los 60, disfrutaba de una educación en calma y en la universidad ya no se fabricaban bombas, recordaba la propaganda del régimen. El general Luis Vicente Queirolo, comandante en jefe del Ejército, declaró que confiaba en el voto de la nueva muchachada:

“La juventud, los que no han votado, los que no han actuado en política, lo que tienen es una realidad entre manos, tienen un país que ellos mismos contribuyeron a hacerlo, ellos fueron gestores de cómo es este país, de cómo funcionan sus instituciones, de cómo se vive, de cómo se piensa. Yo creo que si miran a los costados, la reacción evidentemente va a ser positiva”.

Desde del campo opositor, en cambio, se desconfiaba.

En la edición de octubre de 1980, la revista La Plaza, pionera de la prensa opositora, publicó una carta abierta del sacerdote Luis Pérez Aguirre a los jóvenes. En ella se notaba el nerviosismo respecto a que aquella juventud impedida de reunirse y de informarse pudiera no comprender lo que estaba en juego.

“Esta convocatoria a plebiscito, en que puedes expresar tu opinión, te hace intuir también lo que es la democracia. Tú no la pudiste conocer en forma plena durante estos últimos años porque hemos vivido en un estado de excepción. Pero lo importante es que ahora te puedes dar cuenta qué importante es opinar libremente y participar; que siempre es mejor que se oigan públicamente muchas voces y no una sola (…) También puedes caer en la cuenta —en estos días— que no es bueno andar desinformado, en el silencio, en la inseguridad o el miedo.  (…) Tu SÍ o tu NO es definitivo y nos afectará a todos, para bien o para mal. En tus manos está la decisión clave para el país en este momento. Infórmate bien sobre lo que vas a votar. ¡Que nadie —ni tu conciencia— pueda acusarte un día de irresponsable! Mi deseo es que esta oportunidad que tienes —quizás la primera a este nivel cívico— sea bien aprovechada. No aceptes presiones. No tengas miedos. No seas indiferente o resignado. Averigua, discute, pregunta, analiza”.

En una siguiente edición de La Plaza se publicó otro artículo sobre la juventud, mucho más desesperanzado. El autor era otro joven, el escritor Marciano Durán, que entonces tenía 24 años. El título era: “Generación apática”:

“Esta es la generación perdida, la generación que no existió más que para cosas triviales, vanas, fútiles, esta es la generación que al decir de Dante ‘se sentó en la vereda a mirar pasar la vida’. Para cualquier movimiento político, religioso o social, estos son los peligrosos: no los que piensan distinto, sino los que NO PIENSAN, estos sin conciencia propia pueden volcar cualquier balanza hacia uno u otro lado”.

Con cinta adhesiva

Yo tenía 16 años y de política no sabía casi nada.

En una comida familiar pregunté si votar Sí era un modo de volver a la democracia, como decía la publicidad oficial. Mi padre me contó que un amigo abogado le había explicado que esa constitución proponía un sistema tutelado de la cual no sería fácil salir. Votaría No.

Fue la primera vez que algo político me llamó la atención.

La campaña duró apenas un mes y fue inolvidable.

La del Sí estuvo concentrada en la radio y la televisión y fue abrumadora. El jingle –que llamaba a votar “Sí por mi país, sí por Uruguay, sí por el progreso y sí por la paz”– fue irradiado tantas veces que 40 años después todavía puedo cantarlo de memoria, de principio a fin.

La campaña del No fue muy escasa, porque los militares la permitieron solo hasta cierto punto. También había mucho miedo. El semanario Opinar –relata Luis Hierro López en su libro sobre el plebiscito de 1980– ofrecía pegotines del No, pero casi nadie los pasaba a retirar.

Luis A. Lacalle ha contado que cuando pretendió que el diario El País publicara una declaración de los herreristas que votarían No, le respondieron que ni siquiera pagando se la publicarían. El diario colorado El Día se la publicó gratis, como algunos otros avisos por el No.

En las semanas previas a la votación, frente a mi casa, aparecían unos volantes que decían: “Vote No. Partido Nacional”. Nunca vi quién los arrojaba.

Un día, con mis amigos, se nos ocurrió que podíamos pegar esos volantes en lugares más visibles: paradas de ómnibus, columnas, señales de tránsito, teléfonos públicos. Yo era el más “viejo”, había otros de 15, 14, 13. Íbamos en bicicleta. Usábamos cinta adhesiva.

Una vez nos corrió un policía que custodiaba la residencia del embajador de Japón. Él estaba a pie, nosotros en bici. Escapamos.

Esa fue mi primera militancia política.

Mía y de muchos otros. En el libro “La Muy Fiel y Reconquistadora” recojo testimonios de los jóvenes de entonces. Luis Mardones, que era socialista, fue al acto de los colorados por el No y también al de los blancos. Richard Read coordinó una comisión del No en el Cerrito de la Victoria. Juan Miguel Petit organizó una charla por el No en una casa de familia. Garo Arakelian tenía 14 años y pegaba pegotines del No en los ómnibus. Jaime Clara, que no podía votar porque no tenía 18, se ofreció como voluntario en la transmisión del día del plebiscito de la opositora CX 30 La Radio.

El domingo 30 de noviembre, el No ganó con el 57,2% de los sufragios, frente al 42,8% del Sí. Entre los jóvenes, la diferencia del No fue aún mayor.

La “generación apática”, la del “silencio”, había dado una mano en la campaña, en la jornada de votación y también en las urnas.

“Aunque en parte minúscula, siempre supe que fui parte de la suma de todas las cosas que determinaron que ganara el ‘No’”, recuerda Garo en “La muy fiel y reconquistadora”.

Fue el primer fracaso del experimento de la dictadura.  Y el bautismo –no de fuego– de una generación que siempre tuvo, tiene y tendrá bien presente el valor de la democracia. Y el honor de haber trabajado para recuperarla.

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