2 de octubre de 2020 11:42 hs

Las elecciones departamentales del domingo pasado, que cerraron un fatigoso ciclo electoral de dos años, confirmaron, casi como caricatura y legado de la guerra grande, el predominio del Partido Nacional en el interior y del Frente Amplio en el extremo sur del país.

La izquierda es claramente mayoritaria dentro del área metropolitana de Montevideo, un territorio de entre 30 y 50 kilómetros a partir de la plaza Libertad que reúne la mitad de la población uruguaya. Mientras tanto, los blancos se enseñorean en el resto del territorio, como suele ocurrir desde tiempos de la independencia.

Hasta cierto punto, esa polarización es cultural e ideológica; expresa distintas tradiciones y formas de vivir y producir; y diferentes actitudes frente al Estado y la burocracia.

El Partido Nacional capitalizó el deseo de cambio que se expresa desde el año pasado, y el prestigio personal del presidente Luis Lacalle Pou. Los blancos también superaron en esta instancia sus habituales tendencias antropofágicas. En tanto el Frente Amplio confirmó, otra vez, su fortaleza en las barriadas más populares de Montevideo y el área metropolitana, y ciertos núcleos ideologizados de las clases medias.

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Twitter @alejoumpierrez El secretario de la Presidencia, Álvaro Delgado, junto al entonces candidato y ahora intendente electo de Rocha, Alejo Umpiérrez

El Partido Nacional, uno de los más antiguos y persistentes del mundo, habituado a éxitos esporádicos entre largos períodos en la oposición, sigue siendo muy fuerte en la pradera y el pago chico.

Los pobladores de Paso de los Toros, Piriápolis, Chuy o Río Branco saben muy bien quiénes son sus alcaldes, y qué han hecho. No ocurre lo mismo en Montevideo, donde las reglas son más impersonales. Los ocho municipios de la capital del país son, en parte, una ficción ideológica, sin mayor contenido real, como ocurrió con los 18 centros comunales zonales creados en 1990, o con los concejos vecinales, muertos de soledad.

Como muchos otros asuntos, la izquierda deberá revisar el mito de la participación, o la forma en que se realiza.

Pese a su relativo éxito del domingo, el Partido Nacional ha tenido triunfos más arrolladores: en 1958, cuando ganó en todos los departamentos, salvo en Artigas (que retuvo el Partido Colorado); y en 1989, cuando solo perdió en Montevideo (ante el Frente Amplio), Artigas y Río Negro (ante los colorados).

El Partido Nacional sigue siendo muy fuerte en la pradera y el pago chico

El viejo Partido Colorado, que ganaba casi siempre desde la segunda mitad del siglo XIX, ahora apenas conserva su bastión de Rivera, en el extremo norte del país, cual aldea gala de Astérix rodeada por las legiones de Julio César.

El Partido Nacional incluso recuperó el gobierno de Rocha, un territorio que perdió en 2005 después de ciertas administraciones desastrosas.

El Partido Colorado lucha por su vida, cada vez más acorralado. La polarización con la izquierda –que gestó un nuevo bipartidismo– favorece al Partido Nacional, que superó a los colorados incluso en el antiguo santuario de Salto, desplazándolo como primera fuerza opositora a la administración del Frente Amplio.

Antes, en 2005, el Partido Nacional ya había acabado con el predominio secular de los colorados en Artigas. Los blancos solo aceptan asociarse con los colorados en Montevideo, donde por ahora no tienen chance (solo triunfaron una vez en la historia, hace 62 años).

Diego Battiste Daniel Martínez iba por la reelección en la IMM, pero finalmente quedó tercero detrás de Cosse y Villar

El Frente Amplio ha obtenido algunos grandes triunfos en el interior a partir de 2005, pero casi siempre como minoría mayor. En la capital del país, sin embargo, gana sin pausas desde 1989, y es mayoría absoluta desde el año 2000.

El Frente Amplio comenzó a decaer en el interior del país en 2014; por la debilidad de la economía y el empleo, por gestiones deficientes, o por propuestas inadecuadas, como ante el auge del delito.

En Montevideo, mientras tanto, Carolina Cosse, que hasta hace poco parecía la imagen de la derrota y el ocaso político, obtuvo un gran triunfo: ante la coalición multicolor, y ante los suyos propios.

Laura Raffo, novata en estas lides, hizo una buena campaña, pero al final cosechó votos apenas por encima del registro opositor en los últimos 20 años.

El Frente Amplio presentó opciones cual abanico bien abierto, desde la centroderecha a la izquierda, según el uso clásico de la “ley de lemas” que rigió hasta la reforma electoral de 1996; y reunió el 52% de los votos en Montevideo, exactamente su promedio de los últimos 20 años.

Diego Battiste Carolina Cosse junto a sus competidores dentro del FA, Álvaro Villar y Daniel Martínez, festejando el domingo en la sede del Frente Amplio

En las elecciones internas o primarias del 30 de junio de 2019, el exintendente Daniel Martínez había derrotado con holgura a todos sus rivales por la candidatura presidencial: Carolina Cosse, Óscar Andrade y Mario Bergara. Ahora, 15 meses después, fue castigado por el núcleo duro frenteamplista por su derrota en las elecciones nacionales de octubre-noviembre.

Fue la revancha de un voto más ideológico, aunque minoritario.

La mayoría del Frente Amplio puede estar jugando demasiado a la izquierda, en el Parlamento y en la Intendencia de Montevideo, y hablando de asuntos que no siempre importan a las mayorías.

El Frente Amplio gana en Montevideo sin pausas desde 1989, y es mayoría absoluta desde el año 2000

¿El discurso de Carolina Cosse, cooptada por comunistas, socialistas y feministas, convence a alguien, fuera del 21% de los montevideanos que la votó? Sabiéndolo, ella ahora parece estar girando rápidamente hacia un discurso más conciliador: de cara al centro político, que es el que manda.

La renovación del Frente Amplio, y su candidatura presidencial en 2024, parecen asuntos demasiado complejos para estar claros desde ahora.

El Frente Amplio comenzó a ganar por Montevideo, en 1989, en parte como sustituto histórico del Partido Colorado y de las propuestas socialdemócratas del batllismo. Desde 18 y Ejido, la izquierda fue levantando las reservas de buena parte de la sociedad, que le extendió su confianza de a poco.

La hora más gloriosa le llegó en 2004-2005, cuando Tabaré Vázquez ganó la Presidencia en primera vuelta, con mayoría absoluta, y Ricardo Ehrlich triunfó en la capital con el 58,6% de los sufragios.

Luego el tiempo hizo con el Frente Amplio lo que hace con todos los partidos. No suele haber buenos completos, ni gerentes infalibles, ni superioridad ideológica o moral, salvo en situaciones específicas. Lo único bueno que puede hacerse con los partidos en el gobierno es cambiarlos, y cambiar a las personas en la cima.

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