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13 de marzo 2023 - 5:00hs

El periodista estadounidense Andrew Breitbart (1969-2012) popularizó la siguiente frase, que algunos llaman la Doctrina Breitbart: "La política está aguas abajo de la cultura". Esto implica que para cambiar la política se debe cambiar antes la cultura (*1). Más de uno ha completado esa idea de Breitbart con esta otra: "Y la cultura está aguas abajo de la religión". No en vano la palabra "cultura" está emparentada con la palabra "culto", uno de los elementos básicos de la religión. La religión (o irreligión) está en el centro de cada cultura.

En realidad, esas ideas no son nuevas. El pensador católico español Donoso Cortés (1809-1853) comenzó su obra principal con este axioma: "De cómo en toda gran cuestión política va envuelta siempre una gran cuestión teológica (*2)." Aplicando ese axioma, Cortés encontró el fundamento básico de la civilización cristiana en el dogma del pecado original y sostuvo que los errores más graves del liberalismo y el socialismo se deben a la negación de ese dogma.

Según la doctrina católica, el pecado original, en el que todos los hombres nacen, es un estado de privación de la santidad y la justicia originales. Es una condición contraída, no un acto personal. A causa de la unidad de origen de todos los hombres, se transmite con la misma naturaleza humana caída. Como consecuencia del pecado original, la naturaleza humana, sin estar totalmente corrompida, se halla herida en sus fuerzas naturales, sometida a la ignorancia e inclinada al pecado.

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Un observador agudo ha comentado que la doctrina cristiana del pecado original es el único dogma de fe que es casi susceptible de una comprobación empírica. En efecto, casi podría decirse que basta leer el diario y ver la televisión para convencerse de su verdad. Si somos maduros y sinceros, el conocimiento del mundo y de la gente nos lleva a reconocer que todos, en mayor o menor grado, contribuimos a embrollar las cosas en todos los ámbitos y niveles.

Cada uno de nosotros tiene una parte de responsabilidad en los fenómenos negativos de su entorno. Naturalmente, esta "universalidad de la culpa" se da de muchas formas distintas, con mayor o menor gravedad, extensión e intensidad. Por ejemplo: en un divorcio, es raro que toda la culpa sea de uno solo de los cónyuges y el otro carezca de toda culpa, incluso mínima; lo que no significa en absoluto que siempre ambos cónyuges sean igualmente culpables.

Esta verdad de sentido común es ajena al pensamiento político de izquierda. Ante todo, el marxismo es ateo y materialista; y el materialismo es incompatible con el libre albedrío y, por lo tanto, con la responsabilidad moral del ser humano.

El socialismo colectivista disuelve al individuo humano considerándolo como un simple nodo de relaciones sociales. El individuo termina siendo suplantado por su red de relaciones. Podemos apreciar esto en la fuerte tendencia de la izquierda contemporánea a desestimar o subestimar los méritos y deméritos de cada persona en la determinación de la justicia.

Según la filosofía clásica de Occidente, la justicia es dar a cada uno lo que le corresponde; esto implica, entre otras cosas, premiar a los buenos y castigar a los malos. La izquierda actual (en buena medida neomarxista) tiene una gran aversión a esta noción tradicional. Tiende a juzgar a cada individuo, no como alguien único e irrepetible, sino en función de los grupos de los que forma parte (clase, sexo, raza, “género”, etc.). Si pertenece a tal grupo (o a tales grupos, según la idea de la “interseccionalidad”) le corresponden tales o cuales cosas, independientemente de sus méritos o deméritos personales.

Esta visión sustenta la “política de identidad” (identity politics) de la izquierda en Norteamérica, que divide al pueblo en grupos enfrentados entre sí: víctimas y victimarios en varias dimensiones diferentes que se intersectan entre sí. Este tipo de política daña profundamente la unidad social y vuelve muy difícil la necesaria amistad social.

También la izquierda no marxista, inspirada en Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), tiende a una visión similar. Rousseau, desconociendo el pecado original, sostuvo que el ser humano es bueno por naturaleza, pero la sociedad lo corrompe. De ahí su mito del buen salvaje. Esto explica una de las características fundamentales de la política de izquierda: ante cada problema social, la izquierda siempre busca resolverlo cambiando las estructuras sociales, no a las personas individuales. Los cristianos, en cambio, saben que es imposible construir una sociedad más humana sin una transformación interior (una “conversión”) de sus integrantes. Lograr una sociedad ideal mediante un mero cambio de estructuras es una utopía en el mal sentido de la palabra; o sea, algo que no existe ni va a existir jamás en este mundo, porque es imposible.

Estas ideas se reflejan en la educación. En gran parte de Occidente, los sistemas educativos, generalmente dominados por ideas de izquierda, reducen la educación moral a “educación cívica” o “educación para la ciudadanía”. Se afanan así en la tarea imposible de formar buenos ciudadanos sin intentar formar buenas personas ni tener una idea clara de lo que esto significa. Los resultados están a la vista, y no son buenos.

Referencias

1) Algo parecido sostuvieron antes algunos pensadores marxistas, como el italiano Antonio Gramsci (1891-1937) y los integrantes de la Escuela de Frankfurt. Por el contrario, Karl Marx (1818-1883), un materialista consecuente, postuló que la infraestructura económica determina la superestructura cultural.

2) Donoso Cortés, Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, Libro I, Capítulo I.

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