El populismo peronista, en todas sus formas, de derecha a izquierda, predomina desde 1946. Y cuando quedó en minoría, como en 1983, 1999 o 2015 (o proscripto, como en 1958 y 1963), fue casi imposible gobernar contra él.
Incluso el rosario de golpes militares, con claras reverberaciones fascistas, como los de 1930, 1943, 1955, 1962, 1966 o 1976, tuvo al principio un fuerte respaldo popular, explícito o implícito. (La debacle económica de 1981 y la derrota en Malvinas 1982, así como la barbarie del último “proceso” y las nuevas tendencias ideológicas internacionales, por fin han neutralizado a los militares como alternativa de poder).
Una de las raíces del mal económico es un Estado que habitualmente gasta mucho más de lo que tiene. Parte de ese déficit se cubrió históricamente con emisión de dinero, lo que provocó amargas experiencias con la inflación y mega-devaluaciones de la moneda.
Cubrir los agujeros en las cuentas públicas con billetes recién salidos del horno son una especialidad argentina desde 1822, cuando se creó el Banco de Buenos Ayres. Él provocó el primer incendio inflacionario, que se extendió incluso hasta la Provincia Oriental, transportado en las alforjas de la Cruzada Libertadora de 1825.
En la era moderna, el valor del peso argentino comenzó a deteriorarse en la década de 1930, durante la Gran Depresión, como ocurrió también en Uruguay. El desastre completo vino unos años después. Durante los dos primeros gobiernos de Juan Domingo Perón, entre 1946 y 1955, el peso argentino se devaluó 680% ante el dólar estadounidense.
El hábito fácil de tapar agujeros con emisión, depreciando la moneda, se generalizó entre las décadas de 1960 y 1970, con episodios puntuales devastadores: el “Rodrigazo” de 1975, la devaluación de Martínez de Hoz en 1981, el fracaso del Plan Austral de Raúl Alfonsín y el 3.000% de inflación en 1989, la implosión de 2001.
La pizarra del dólar es un indicador histórico de la depresión argentina.
Y cuando el déficit del Estado ya no pudo pagarse con inflación, se pagó con una increíble deuda pública, tomando prestado más allá sus posibilidades: como aconteció en los años ‘90, o como ocurre ahora. Una de las consecuencias han sido los seis defaults en que Argentina cayó desde la posguerra, lo que derivó en niveles muy bajos de inversión, y en un crédito escaso y caro. Y ahora, de nuevo, el gobierno de Macri pide agua por señas y un reperfilamiento de sus deudas.
El país comenzó a separarse de la realidad, y a perder el pulso económico, hace ya más de 70 años. Entonces era una de las principales economías del mundo y un faro de atracción para inmigrantes y capitales. El peronismo, respaldado por sectores militares y nacionalistas, instauró una economía cerrada: la ilusión de un modelo de desarrollo clientelar regido por el Estado y liberado de las restricciones de la competencia y de la competitividad.
(No sólo Argentina lo hizo: muchos sistemas similares se expandieron por América Latina a partir de los años ‘30, incluido Uruguay cuando Gabriel Terra y luego con el Neo Batllismo. Pero buena parte de la región, incluido Uruguay, luego escapó de ese encierro).
Desde entonces los períodos de recuperación y bonanza terminan en crisis de dimensiones colosales, entre la opereta y la tragedia.
El país se recuperó con gran firmeza entre 2003 y 2007, cuando Néstor Kirchner, tironeado por los precios internacionales de las materias primas. Pero durante los gobiernos de Cristina Fernández, entre 2007 y 2015, cuando el gasto creció en forma vertical, el dólar pasó de 3,1 a casi 10 pesos.
La economía argentina hoy está en el mismo nivel de 2008: más de una década de carreteo y saltitos irrelevantes. La situación social es horrible. La pobreza y la marginación, además de ser enormes, tienden a perpetuarse.
Mauricio Macri, un liberal-conservador que asumió en medio de grandes expectativas, pateó la pelota hacia adelante, hasta que comenzó a naufragar en el otoño de 2018. Una crisis de deuda provocó una masiva fuga de capitales y una corrida cambiaria. Como siempre, las empresas y las familias temerosas se refugian en moneda extranjera. Desde entonces el precio del dólar, el termómetro habitual, saltó de 20 pesos a más de 60.
Macri se parece cada vez más a otro gobernante fallido, que terminará su mandato a duras penas, si es que lo termina. Y allí está, como relevo, el sempiterno peronismo, en la variante K, tras la fórmula Alberto Fernández-Cristina Fernández.
Las consecuencias del nuevo enredo no son buenas para Uruguay, al menos en el corto plazo.
La economía uruguaya, siempre acoplada a la de Argentina, hasta repetir sus ciclos como un calco, comenzó a divorciarse por la muy diferente forma elegida por los dos Estados para salir de la crisis de 2001-2003. Desde entonces el peso uruguayo perdió 2,2 veces su valor ante el dólar estadounidense, mientras el peso argentino lo hizo 60 veces. Es todo un símbolo.
Hace mucho tiempo que las buenas noticias para Uruguay no vienen de la región, sino de fuentes tan lejanas y exóticas como China o Finlandia.
Uruguay colocaba el 18% de sus exportaciones en Argentina a fines de la década de 1990, durante el auge del Mercosur. Veinte años más tarde, en 2018, esas ventas apenas superaron el 5% del total, y este año serán aún menores.
Pero el capital argentino sigue siendo muy relevante en inmuebles, en el sector agropecuario y en otros negocios. El turismo, la principal exportación uruguaya, es también muy dependiente. Casi el 70% del total de visitantes son argentinos, o uruguayos que residen en Argentina.
Una restauración peronista en Argentina podría significar el fin del sueño de una integración con la Unión Europea, ya muy manoseado, e incluso la ruptura de hecho del Mercosur. A Uruguay y a Paraguay les ha ido mejor con sus economías más abiertas, y podrían seguir a Brasil en su aventura aperturista, si le dura.
Pero en esta región del mundo, donde la sorpresa es la regla y el largo plazo una quimera, todos los cálculos de batalla sirven apenas para los primeros 15 minutos de batalla.