Lacalle Pou tiene dos virtudes que le han sido de gran utilidad para llegar al gobierno y para ejercer el mando presidencial: una es que tiene un plan y sabe ejecutarlo; y la otra es que tiene reacción ante cambios inesperados y ajusta el plan a nuevo escenario, sin apartarse de su estrategia central.
Muchos políticos creen que tienen un plan porque trazan un cronograma de hechos hacia el futuro, unido al deseo de lograr el objetivo, pero un plan es más que eso; exige un estudio y análisis, y la determinación de conceptos claros. Y la estrategia debe ser firme pero no rígida, clara para llegar a la meta pero con adaptación a imprevistos para ser ajustada a tiempo.
Sus adversarios y muchos de sus correligionarios subestimaron su capacidad de estratega político, a veces por no estudiar bien al rival y otras veces por prejuicios de los que lo veían como “el hijo de …”, o porque lo querían calificar como un surfista rebelde.
El plan original de Lacalle Pou para ganar el gobierno, contemplaba un recorrido que no pudo cumplir tal cual, pero eso no debilitó su fuerza para mantener la estrategia y acomodarla.
Creía que podía llegar a las elecciones primarias de junio de 2019 como candidato único del partido, porque los blancos comprenderían que el principal objetivo era ganar la elección nacional y debían aprender de experiencias negativas de cada interna.
Ese propósito parecía muy difícil de cumplir, porque aunque hubiera acuerdo entre grandes corrientes internas, siempre estaba el incentivo para el que quiere marcar perfil, sabiendo que no tiene chance de ganar, pero utilizando una “primaria” como plataforma de visibilidad pública y conseguir un primer lugar en lista al Senado, por ejemplo. Pero para Luis, lo improbable no era imposible y había que buscarlo.
Su intención era no gastar energía ni grandes recursos en una interna que podía ser muy movilizadora, pero que dejara heridas difíciles de cerrar en el tramo corto de la campaña. Había lecciones de historia reciente que daban fundamento a ese razonamiento: no conviene desgastarse mal en junio, sino que hay que reconocer al que lidera con holgura para que todo el partido se encolumne con él.
No salió eso, y ajustó su plan.
Apareció de la nada un precandidato como Sartori, sacudió la interna inesperadamente, y él redobló esfuerzo, metió gran acto en el Parque Viera y mostró supremacía.
Prensa Juan Sartori
Luis Lacalle Pou y Juan Sartori en enero en el homenaje a Leandro Gómez de 2019
Apareció de la nada un candidato como Manini Ríos, que pasó a competir por electorado similar al de Lacalle Pou y potenciales socios, lo que hizo más complejo el tejido de coalición. Él tuvo paciencia, tejió acuerdos, zurció, esperó, y tuvo que reformular el esquema de alianza (pasó a un régimen de suma de acuerdos bilaterales).
No habrá sido tal cual lo había imaginado, pero el proceso mantuvo la esencia:
(a) armó un acuerdo de varios partidos, distinto a la tradición blanco-colorada;
(b) identificó coincidencias programáticas para diseñar un compromiso de reformas común a todos
(c) acordó integración al gabinete ministerial con el compromiso de bancada parlamentaria que respaldara las acciones de gobierno.
Y para evitar roces entre socios desconfiados, en lugar de una “mesa chica” de líderes, lo manejó en acuerdos de él y cada partido coaligado.
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Tenía un plan para la instalación de gobierno y para los primeros meses de mandato, pero el coronavirus trastocó todo, y Lacalle Pou se vio obligado a una nueva agenda, pero sin abandonar el plan original.
El combate a la pandemia lo puso a prueba y su reacción recibió altísima aprobación popular, tanto por las decisiones adoptadas, la presentación gradual de medidas que mostró que estaba abierto a considerar diversas acciones, su comunicación, y sobre todo los resultados.
Hay otro punto a su favor: no concentró poder unipersonal sino que mostró expertos que asesoraban y compartió “cartel” con un elenco de gobierno, que se mostaba serio, responsable, profesional en el manejo de la cosa pública, y sensible a una situación desgraciada.
Eso llevó a un cambio histórico en la imagen popular de los liderazgos políticos. Por primera vez en 20 años de dominio frenteamplista en ese concepto, el líder político que encabeza el ranking de simpatía popular no es un frenteamplista (hubo algunos meses en 1994 con Sanguinetti, o en 2000 con Batlle) pero desde el otoño del ´90, Tabaré Vázquez, José Mujica y Vázquez nuevamente, lideraron las simpatías (según las encuestas de Equipos, que es la serie más extensa disponible).
Diego Battiste
Saludo de Álvaro Delgado a Jorge Larrañaga en su asunción como ministro del Interior
Rafael Porzecanski (Opción) expuso en Canal 4 una gráfica que muestra el fuerte repunte de popularidad de Lacalle Pou, con 59% de simpatía y 19% de antipatía.
Ignacio Zuasnabar (Equipos) ha hecho presentaciones estos días en los que muestra un dato novedoso: no solo Lacalle Pou logra transformarse en el líder político de mejor imagen del país –con distancia del resto–, sino que hay un fortalecimiento de imagen de un elenco más amplio: el prosecretario Álvaro Delgado y varios ministros (Talvi y Larrañaga entre ellos) han ganado también reconocimiento y simpatía.
El presidente postergó algunas semanas pero no abandonó el plan de reformas, comprendido en la ley de urgente consideración, y aunque varios apostaban a que la coalición multicolor tuviera problemas para aprobarla, el trámite legislativo está dando sus frutos. Hay algunos cambios al texto original, pero se ratifica el acuerdo básico.
Pasados los mágicos 100 días, comienza una nueva fase política. El alto apoyo popular no es fácil de mantener y –pasado el efecto del virus, cuando pase– el desafío estará en las dos preocupaciones de los uruguayos: economía y empleo, y seguridad pública.
En ambos casos, será importante la explicación de las medidas que se adopten, y también precisará tener resultados. La gente primero mide lo que se anuncia, si eso genera confianza, y luego espera resultados.
Nada de eso es sencillo, y en lo previo parece difícil de concretar, pero no se puede volver a subestimarlo.