8 de julio 2011 - 12:12hs

Claudia Piñeiro regresa, una vez más, al género policial, situando la historia de Betibú, también una vez más, en un exclusivo country del Gran Buenos Aires llamado La Maravillosa, un nombre mucho más ostentoso que el de Altos de la Cascada, el country de Las viudas de los jueves, una excelente novela llevada al cine por Marcelo Piñeyro y protagonizada por Leonardo Sbaraglia, Pablo Echarri, Juan Diego Botto y Ernesto Alterio.

Si bien la autora –nacida en Burzaco en 1960– repite este escenario en el que, por lo general, la vida transcurre tranquilamente hasta que sucede un hecho fuera de lo común, como lo es un asesinato o suicidio, la diferencia entre Las viudas de los jueves y Betibú es, según el periodista argentino Sergio Olguín, el tono “irónico, caótico y peleador”.

Y esta definición que hace el autor de la novela Oscura monótona sangre es más que acertada, porque el relato en Las viudas de los jueves era más certero, en el sentido de que Piñeiro elaboró un claro mapa social acerca del ascenso y la caída de los nuevos ricos argentinos a lo largo de la década de 1990, y en Betibú es más bien paródico.

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La historia de Betibú se centra, como ya se dijo, en el country La Maravillosa, donde el empresario Pedro Chazarreta aparece degollado, sentado en su sillón preferido, con una botella de whisky vacía a un costado y un cuchillo lleno de sangre en la mano, igual que apareció su mujer tres años atrás. Todo indica de que se trata de un suicidio, pero los interrogantes se ponen a la orden del día y es entonces cuando el diario El Tribuno, uno de los más importantes del país, se mete en el caso para cubrirlo, dejando en pausa el conflicto que mantiene con el gobierno.

El punto es que El Tribuno le propone seguir las investigaciones a Nurit Iscar, cuyo apodo es Betibú (y que según confesó Piñeiro es como le decían a ella de niña), una mujer que supo ser una exitosa escritora pero que, debido a una infeliz novela que no llegó a colmar las expectativas de los lectores ni de la crítica, bajó del pedestal de los dioses para convertirse en una olvidada. Pero Betibú no va sola, la acompañan un periodista joven e inexperto y Jaime Brena, el antiguo jefe de la sección Policiales, quien por más que ha sido desplazado del caso decide involucrarse y ayudar a su reemplazante y a Nurit, a quien admira en secreto.

A propósito del lenguaje que utiliza Piñeiro en Betibú, en marcada diferencia del español neutro que muchos autores emplean para abrirse paso en el mercado internacional de habla hispana, Olguín, editor de cultura de la revista El guardián, dijo que “es literatura argentina: trabaja con el lenguaje argentino de una manera riquísima, exuberante; utiliza el argentino con una libertad que hemos perdido”.

A través de un mirada aguda de la realidad y de los comportamientos sociales argentinos, Piñeiro aviva la brasa acerca de las relaciones que existen entre el periodismo y el poder, enfrentando al lector a un universo de límites y controles desdibujados.

“Claudia hace literatura 3D por la fuerza y complejidad de sus personajes, que están marcados por una soledad profunda, pero que a la vez les permite juntarse y acercarse”, señaló Olguín, dejando en claro que en Betibú se cruzan el mundo de las amigas, las comunicaciones on-line y el periodismo más crudo.

“El capitalismo en algún momento tiene que caer. La verdad es que la evolución de la humanidad tendría que haber encontrado ya otra forma de vida que nos haga más felices; no fue el comunismo, que fracasó, pero el capitalismo también está cerca del fracaso. Quiero ver qué sigue antes de morirme… Nunca sabemos quién es el jefe. Y cuando se encuentra al que mató a alguien en casos como, por ejemplo, el de Mariano Ferreyra, uno no puede menos que preguntarse: ¿quién es el jefe?, ¿es Pedraza o es uno que está por arriba de Pedraza? ¿Quién es el jefe? Salvando las distancias, esa pregunta salta en la primera escena de Betibú. ¿Quién manda?, ¿cómo puede permitirse que se humille a las personas en la puerta de un country, después de todo parte del territorio nacional? Eso pasa todo el tiempo. Hubo un avance de lo privado sobre lo público que, por otra parte, coincide con que las intendencias se vuelven permisivas porque la mayor cantidad de impuestos que recaudan vienen de los barrios privados. Yo creo que todo esto es un resabio de los noventa. El Estado se retiró de algunos ámbitos y los fueron cubriendo otros”, señaló Piñeiro, tratando de explicar su propia novela, una más de un asesinato en un country, pero en la que se destapa una verdad por encima de la ficción: la imposibilidad de señalar quién es el responsable, más todavía cuando existen roces entre la policía y los guardias privados que, armados, ofician de pequeños ejércitos de la clase alta.

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