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Espectáculos y Cultura > Historias pendientes

Las novelas que jamás se publicarán

Para los inexpertos, escribir ficción es tan entretenido como frustrante

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31 de agosto de 2019 a las 05:01

¿Ustedes leen los prólogos de los libros? Confieso que suelo no hacerlo, pero hace un par de meses disfruté muchísimo el de Cuántas aventuras nos aguardan, de Inés Bortagaray. Me reí un montón. Inés cuenta al pasar los proyectos de novelas que la entusiasmaron en su momento, pero que dejó morir de a poco en una carpeta de su computadora llamada el libro. Los novelistas que sufren el síndrome de la página en blanco pagarían dinerales por las ideas que Inés tiró, sin trámites ni duelos, a la papelera de reciclaje. 

Me quedé con ganas de saber qué pasaría en la vida de esos personajes que Inés esbozó en pocos párrafos. Pero no puedo culparla por dejar proyectos por el camino. Tengo una larga tradición de documentos vacíos y tramas que no pasaron de pocas páginas. 

La semana pasada pensé que sería interesante imaginar la solitaria vida de un personaje que Charly García inmortalizó en el disco El aguante, de 1998. La canción se llama Pedro trabaja en el cine. Cuenta la historia de un vendedor de chocolatines de Buenos Aires, que logra evadir la melancolía de su vida gracias a las películas que disfruta en la pantalla grande. Durante las tardes, aislado de la furia porteña, Pedro conquista el oeste y viaja en coches celestes. “En su película él es héroe de un final feliz”, canta Charly con una voz desgastada por las madrugadas de rock and roll. En la oscuridad, cuando nadie puede verlo, Pedro fantasea con la adrenalina de las vidas ajenas, pero todo acaba cuando se enciende la luz. 

Hacía mucho que no escuchaba esa canción, que adoro. Pero este mes me reconcilié con El aguante y Pedro trabaja en el cine me emocionó como la primera vez. Me quedé pensando en él. ¿Cómo sería su vida afuera del cine? ¿Cómo haría para soportar esas horas sin las aventuras de las películas, sobreviviendo apenas con la cotidianidad de las avenidas porteñas? 

 

Me gusta trabajar las ideas. Entonces, decidí buscar información sobre Pedro trabaja en el cine. Hace un montón de años, tal vez 15, leí el libro No digas nada, una biografía de Charly escrita por el periodista argentino Sergio Marchi, quien siguió tenazmente al genio entre 1993 y 1997. No lo encontré en mi biblioteca. Estoy seguro de que alguien me lo pidió y jamás me lo devolvió. No puedo recordar quién. Si esa persona está leyendo estas líneas, le ruego que se ponga la mano en el corazón y haga lo correcto, pues ese ejemplar ya no se consigue. Gracias. 

Sin el libro, pero con la terquedad de siempre, conseguí el mail del periodista argentino, quien, en un exceso de amabilidad, me hizo llegar la información que tenía sobre esa canción. Charly la compuso durante su adolescencia, al mismo tiempo que escribió otros clásicos de Sui Generis, como Natalio Ruiz o Estación. En definitiva, García construyó El aguante con retazos de una inocencia propia de otra edad. “Es uno de esos temas que Charly componía en cinco minutos y eran geniales”, me contó Marchi desde Buenos Aires. ¿No estaría buenísimo partir de esta canción y escribir una novela sobre Pedro? 
Marchi me dijo que en la década de 1970 había muchísimos cines sobre las calles Lavalle y Corrientes. Pero yo preferiría traer a Pedro al Buenos Aires de hoy. 

Me lo imagino parado en un kiosco ante la tapa de los diarios que informan sobre la tensión cambiaria. “¿Sabés cuántas veces leí esta noticia? A los argentinos, humildes como somos, nos gustaba decir que éramos el faro cultural de Latinoamérica. Ahora, al faro le quitaron las lamparitas, se le cayó el revoque y el guardia se jubiló”, dice en voz alta sin que nadie se lo pregunte. Luego prende un cigarro, da dos largas pitadas y camina hacia la avenida Pueyrredón.

Pedro tiene 68 años. Es viudo hace casi una década. Su único hijo vive en Nueva York y jamás viene a visitarlo. Él fue una vez hace unos años, pero no le gustó mucho la ciudad. Caminó durante horas sin rumbo, como esos solitarios personajes de los libros de Paul Auster. 

Aún tengo que pulir mi versión de Pedro, pero sería una de esas novelas que me gustaría leer. Necesito algo de aventura, pero aún no sé de qué tipo. Mientras camina hacia el final de su vida, Pedro se convierte en un metódico y eficiente asesino, que logra despistar a la policía. Pero eso ya lo hizo Hugo Burel con el personaje de Gabriel Keller. No sé si lograré escribir este libro. Lo más probable es que no, pero tampoco estoy dispuesto a regalarle la idea a nadie. Porque mis fracasos son míos. ¿A Charly le gustará que un periodista uruguayo se tome el atrevimiento de darle vida al personaje que él creó? No creo. 

Es raro, pero en algún sentido me parece irrelevante si logro terminar la novela o no. Me conformo con pensar la trama y encontrar los puntos débiles del personaje. Soy periodista antes que nada en este mundo y tengo una insoportable necesidad de escribir textos que estén aferrados a la realidad. Mi torpeza para crear atmósferas es alarmante. Los párrafos de otros escritores fluyen entre aromas, sabores, sonidos y silencios, pero los míos parecieran estar atrapados dentro de una pirámide invertida. Pero no importa. Escribir sin pensar en publicar. Escribir por el simple disfrute de hacerlo. De eso se trata.

Hace dos años intenté incursionar en la novela histórica. Montevideo, setiembre de 1941. Un misterioso alemán llamado Otto Kraus llega a la ciudad con una misión secreta encargada directamente por el führer. Debe preparar el terreno para llevar a cabo uno de los planes más ambiciosos del Tercer Reich: la conquista de América del Sur. Pero la visita de un célebre enemigo cambia sus planes. El puerto de Montevideo muestra una inusual efervescencia. El fotógrafo de un diario, un gordito petiso que usa tiradores, rezonga malhumorado y utiliza sus codos para hacerse lugar entre la bulliciosa multitud. Con una sonrisa cinematográfica y el sombrero al cielo, aparece la estrella que enamora al mundo con sus dibujos. La gente aplaude. El sol primaveral ayuda a mejorar la escena. Luego de unos días en Buenos Aires, Walt Disney baja del barco en el que cruzó el Río de la Plata. 

La visita del genio de Hollywood posterga los planes del espía alemán. Adolf Hilter ordena a Otto Kraus seguir de cerca los pasos de Disney. El informe confidencial que escribe dice que el norteamericano había llegado a Uruguay como parte de una gira por Latinoamérica financiada por el gobierno de Franklin D. Roosevelt. El mandatario mira con recelo la influencia nazi en algunos países. ¿Qué mejor que enviar a su principal embajador cultural a esas naciones para ganar el corazón de los latinoamericanos? 

La novela transcurría entre Washington, Berlín y Montevideo. Se apoyaba en el conocido (aunque jamás comprobado) rumor sobre los planes de Hitler respecto al Cono Sur. Efectivamente, Disney visitó Montevideo en forma fugaz durante la segunda guerra mundial. También es cierto que ese viaje tuvo objetivos políticos, bajo la celosa supervisión de Roosevelt. Tanto es así que la gira incluyó un mano a mano con el presidente colorado Alfredo Baldomir. Los diarios uruguayos publicaron fotos del encuentro. 

Escribí una nota sobre esta gira, pero me quedé con gusto a poco. Por eso jugué al novelista histórico, pero luego me aburrí. Ni siquiera encuentro el borrador, lo cual es raro porque suelo guardar todos mis textos, por más vergonzosos que sean. 

También tengo en carpeta un libro de cuentos que llevamos años conversando en familia. Tiene título y todo: Cuentos de Minas para no contar. Mi padre era ese típico personaje que contaba las anécdotas que todos sabíamos de memoria con el entusiasmo de la primera vez. Pero sus preferidas, esas que le hacían brillar los ojos, solían tener como escenario a esas sierras que me despiertan tanta melancolía. Por algo será. 

Además de apelar a la memoria de mi hermano y de mi madre, una fuente ineludible para escribir este libro es Ariel, con quien mi viejo mantuvo una amistad larga y sincera. Me escribí con él y me ayudó a recordar algunos detalles, pero el correo electrónico no es la mejor manera de reconstruir estas historias. Tal vez sea hora de volver a encontrarnos alrededor del fuego de  una parrilla improvisada en el pasto en El Perdido, donde fuimos felices. Por los viejos tiempos. 

Como lector, la ficción me parece apasionante. Como escritor, un calvario donde quedan al desnudo una a una mis torpezas narrativas. Pero es divertido intentarlo, en honor a esa linda canción de Drexler: Amar la trama más que el desenlace

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