Cargando...

Espectáculos y Cultura > Te Cuento

Lee un fragmento de Más allá de agosto, la primera novela de Lourdes Rodríguez Becerra

La quinta entrega del ciclo de ficción de Luces llega con un extracto de esta primera novela, publicada por Criatura

Tiempo de lectura: -'

05 de febrero de 2022 a las 05:00

Las cosas siempre pueden mezclarse o coincidir sin ninguna explicación. Hoy no tuve que fingir porque, al levantarse, Lena me sobresaltó de verdad. Rio como si el mundo fuera solo eso.

Lunes, 19 de agosto

9:45

Sospecho que ya registró la diferencia entre mi susto auténtico y mi susto simulado. Sin embargo, ahora pienso que quizás eso no le importe demasiado mientras pueda reptar hasta MAMÁ.

Esas mayúsculas fueron un desliz, claramente. No estaban en ningún plan. Pero voy a optar por dejarlas, porque me gustaron. Mamá no se expande como un útero. Esas mayúsculas no corresponden, lo sé y lo olvido permanentemente. Suelo transitar esta ambigüedad. Mamá no lo puede todo, mamá no lo puede todo, mamá no lo puede todo. Lo repito y lo olvido.

Me fui de tema.

Lena se levantó, quiere el desayuno, que le ponga los dibujitos y encontrar en el pajar sus botas con plataforma. Quiere ponérselas para ir a la escuelita. Siempre quiere muchas cosas a la vez. Pero mamá respiró y repitió tres veces la lección número uno: no-lo-puedo-todo, antes de levantarse de la silla del escritorio, allí donde hasta hace unos instantes tecleaba desaforada alguno de estos párrafos. Cuando estoy en la computadora, como hoy, la lista de pedidos de Lena se multiplica y a veces, como hoy, le doy o la dejo hacer lo que quiere para que no moleste más. Esta vez fue el dulce de leche. Tengo que raspar el fondo del bollón de vidrio para rescatar lo último, pero la cuchara es demasiado corta y el dulce entra en contacto con las yemas de mis dedos.

Es una emergencia.

Suelto la cuchara, abro la canilla, me refriego sin parar, dejo correr el agua por la piel.

No es tristeza. Es dolor lo que tengo. El dolor es más fácil de imaginar porque su textura es pegajosa. Será por eso que prefiero la tristeza. Porque es suave. Lisa. Llana. Azul.

—¿Me escuchás, mamiiii?
—¡Ya va, Lena, ya va! ¡No puedo hacer todo a la vez! —grito.
—Solo quería saber si puedo ver otro dibujito.

Y sí, hoy la respuesta es sí.

13:05

Salimos de casa rumbo a la escuela sin las camperas de invierno. El sol entibia los sonidos de una ciudad en movimiento, aunque siempre sea la misma ciudad.

Siempre es igual, no hay sorpresas. Correr a la parada, el pip-pip de la maquinita de boletos, el humor hora pico del chofer. El sol entra por la ventanilla recortado por el cuerpo de Lena. Es tibiecito, como Lena, pero todavía falta para la primavera. Es de esos días en que Lena va con los ojos fijos en alguna parte, pensativa. Lo sé porque me lo dijo cada una de las veces que se enojó porque interrumpí su viaje mental para preguntarle si estaba todo bien, si necesitaba algo.

—¡Mamá, estoy pensando!

Es cierto, me costó entenderlo. Escuchame —me dije con cierta voz interna— Lena crece, su mundo no sos vos, sabe que hay cosas divertidas en las que pensar. Escuchame, ptsss, a vos te hablo, ¿por qué siempre pensás que Lena está pensando cosas horribles?

Pero ya aprendí. No la interrumpo más. Es más, para ser consecuente con mi nuevo logro maternal saco de la mochila mi cuaderno para seguir escribiendo algunas de estas cosas mientras Lena está en su mundo. Aunque sé que la voy a estar mirando de reojo…

—¿Me dejás dibujar en alguna de tus hojas?

Temo que pregunte por la lapicera que intentó reparar. Le voy a decir que la dejé en casa, no quiero que sufra. Tengo progresos, pero también ciertas dificultades. No me importa reconocerlo porque hoy soy una mamá con minúsculas, mañana una mamá todopoderosa y pasado una mamá-todopoderosa-derrotada. Y esa mutación puede darse también de un momento a otro.

—Sí, pero sentate bien que si el ómnibus frena de golpe te podés caer.

Se acomoda el cuaderno en la falda, busca hojas sin usar y, con líneas nervudas por el traqueteo, pero decididas, dibuja una niña tocando la guitarra. Sus trazos suenan. Agrega un tambor, un violín, una batería, una flauta, un piano, un xilofón y me pregunta qué otro instrumento puede hacer aparecer. La música está saliendo. Le pregunto si conoce el arpa, le muestro una foto en el celular y la copia. Lena está cantando.

Estamos llegando un poco tarde a la escuelita. Aun así, dejo que complete su ritual favorito. Trepa un murito cuyo desnivel hace que, en la medida que avanza, sea cada vez más alto. Cuando llega al final advierto que en una de sus botas de plataforma está escrito su nombre. Su caligrafía sobre el cuero sintético color café con leche ocupa todo el empeine. Lo hizo con un marcador negro. ¿En qué momento…?

Intento ocultar la sorpresa.

—¿Y eso, Lena? —le pregunto serena, levantando una mirada extrañada. Entre las plataformas y el murito, ha quedado más alta que yo.

Como toda respuesta, esconde la cabeza entre los hombros levantados, saca una sonrisa de exhibir dientes, apretar los ojos y arrugar la ñata. La miro con cierta complicidad, me gusta su travesura y esa es la manera en que se lo hago saber, pero luego meto las cejas en mi nariz, le digo que no con la cabeza y agrego la expresión que, ella lo sabe, contiene esta ambigüedad:

—¡Eso que hiciste es cualquierismo, Lena!

Como toda respuesta salta, cae en cuclillas y retoma el rumbo pisando las tribus de hojarasca. Me gustan las hojas que calzan en los agujeros cuadrados de la vereda desdentada. Allí donde hubo una baldosa de cemento —o dos, o tres, o más— ahora hay restos de vida, contenidos en la finitud. Lena camina en silencio, pero no me preocupo. Vamos tomadas de la mano. Es pronto para soltarla a la primavera. Todavía es agosto, aunque el sol sea prometedor.

Dos amiguitas corren a recibir a Lena. Una de ellas la besuquea, la otra la abraza. Quiero capturar tanta ternura. Les pido una foto y posan contentas, las tres. La bota intervenida de Lena resalta entre los remolinos de niños. Allí, en ese patio, es donde ella ha cosechado sus primeros amores, los extragenealógicos —aunque siga sonando mal—. Los amores que elige y la eligen.

—¡Lena, no me diste un beso! —Corre hacia mí para cumplir con el trámite y enseguida se pierde en ese caudal de vida, sin recibir mi beso de despedida.

El sol me reclama al volver a salir a la calle.

Miro la hora.

Antes de tomarme otro ómnibus hacia mi trabajo, tengo un tiempo para la quietud.

Cruzo a la plaza. Planifico sentarme en el pasto, debajo de aquel árbol. Pero al llegar hago otros cálculos: ¿cuántas mascotas hicieron allí sus necesidades? Sigo de largo hasta el banco más cercano, que seguramente asila suciedades diversas, tan impredecibles que escapan de mí. Así que hago de cuenta que no están y me siento cómodamente.

El sol está exquisito, pero yo sé que es agosto. El cielo estará celeste, pero no está satinado. Luce como un piso opaco. Lo que enturbia es la neblina. Voy a aceptar, entonces, un poquito de ese sol y de ese cielo, porque son imperfectos.

Lourdes Rodríguez Becerra

En el banco de enfrente se sienta una mujer de mi edad, quizás un poco menos. Tiene el pelo arreglado, una chaqueta de media estación, jeans modernos y botas de cuero. En la mano sostiene un regalo de marca y en su pecho porta un bebé dormido. Parece despreocupada, distraída de lo inmediato. ¿Cómo girará el caleidoscopio esa mujer puérpera? ¿Sabrá que no siempre llevará a su hijo así con ella, a salvo de todos los males? ¿Para quién será ese regalo? ¿Será que ya extraña salir con amigas? ¿Cómo volverá a conectar con el mundo cuando ese bebé se olvide de besarla y corra al patio de su escuelita a reencontrarse con quienes ha elegido? ¿Deseará que llegue el momento de ver a su hijo corretear y trepar entre los juegos del parque imantando constantemente todos los peligros?

Las hamacas y sus quejidos lastimosos oscilan comandados por el impulso de dos niñas que también habrán rayado sus zapatos alguna vez. Intento recordar mi travesura, alguna, y nada. Solo aparece mi madre anoticiándome de su despojo en el patio trasero de mi casa, como llevándome por un embudo hacia el encierro. Es un recuerdo azul, irrepetible, irrecuperable, irreparable. No quiero que Lena tenga un recuerdo así.

La culpa acalambra mis músculos, inhibe el abrazo del sol, me sitúa en un no lugar, en un no tiempo, aunque alguna parte de mí sepa que estoy sentada en el banco de una plaza, aquí y ahora. Lo sé porque mis pies, calzados con championes, están pisando el planeta Tierra. Los levanto y los miro. Imagino cómo quedarían dibujados con mi nombre. Me dan un poco de ganas probar.

Un hombre lava algo en la canilla de agua potable. Es antigua, de color verde musgo. En la mayoría de las plazas están secas. En esta no. Lo que el hombre lava son medias, sus medias. Las coloca debajo del chorro como si intentara llenarlas y luego las refriega con sus manos. Él está descalzo y tiene buen aspecto. Lleva unos pantalones que dejan verle los tobillos, y le quedan ajustados. Podría tratarse de una prenda moderna, pero no parece el caso. Es oscura como el buzo deportivo. La boina color café con leche oculta parte de su cabellera, blanca como su barba frondosa, larga y bien cuidada. Cuando Martín se dejó crecer la suya, supe lo rebelde que puede llegar a ser la barba y la higiene que requiere diariamente. Desde entonces empecé a valorar las barbas largas, limpias, simétricas y bien peinadas mucho más que las afeitadas al ras. Me cautivan, veo en ellas una señal de constancia. De hecho, ese veterano tiene algo de eso cuando asea las medias.

Me saco el buzo de lana. Un simple paneo alcanza para advertir que muchas personas salieron desprevenidas a enfrentar sus rutinas. Visten camperas, bufandas, cosas abrigadas. Deben de ser esas las personas a las que no les gusta el invierno: no se dejan engañar por un sol de agosto. El hombre sigue lavando sus medias. No hay jabón. No hay espuma. No hay ilusión. Pero eso no parece afectarlo. Se toma su tiempo. El agua de la canilla corre. Parece disfrutar de la tarea y la verdad es que no lo comprendo. Una de las pocas cosas que no me gusta del invierno, debo admitirlo, es aparear cientos de medias casi idénticas entre sí. El promontorio de ropa descolgada es una de las imágenes domésticas que me causa más desolación. Aun así, lo prefiero a lo efímero de doblarla y guardarla. De hecho, algunas veces hacerlo resulta peor. Martín suele confundir mis medias y las de Lena, no sé cómo. Las lavadoras automáticas no emanciparon a nadie, es cierto, pero pienso en todas aquellas mujeres que, además de aparearlas, tuvieron que fregar a mano, una por una, cada una de las malditas medias de cada uno de los integrantes de sus familias numerosas. Pienso eso y lo mínimo que debo hacer por ellas es homenajearlas en secreto. Cada tanto lo hago y vuelvo a hacerlo ahora que el hombre termina de escurrir sus medias y se aleja pausadamente.

Lo sigo con la mirada. Todas sus pertenencias están en otro de los bancos. Desde donde estoy distingo una mochila y un bolso deteriorados, un par de chismosas, de esas modernas, a punto de explotar de cosas. A caballo del respaldo se secan, supongo, otras prendas. En el suelo, uno al lado del otro, un par de championes se orea con los cordones laxos y las lengüetas hacia atrás.

En la canilla, una mujer enjuaga un par de frutas. Lo hace con las piernas separadas y las manos muy estiradas, tomando toda la distancia posible para no salpicarse. Lo que manipula debajo del chorro de agua parecen ciruelas. ¿Cómo es que hay ciruelas en agosto? El hombre ingresa otra vez en mi campo visual, con bermudas y una remera de manga corta. ¿Cómo es que uno puede andar así de holgado en agosto? Deambula entre las tribus de palomas, que no se inmutan con su andar sereno, en busca de colillas generosas. Da varias vueltas y regresa a su campamento con las manos vacías.

La vida se me escapa, las piezas no encajan. ¿Algo de todo esto acaso tiene sentido? Cierro los ojos y pienso que todavía es agosto. Me orbitan las capturas recientes. El hombre, las medias, las ciruelas, las hamacas, las palomas inseparables.

La vida gira a mi alrededor y me siento perdida.

Tanto rodeo y no he dicho nada acerca de los árboles de esta plaza. No es que los haya eludido. Veo dos que están flacuchos y tienen un tronco muy finito, y recién ahí advierto, por contraste, los perennes, acoplados al paisaje, los que resisten agosto. Y el invierno. Paseo la vista por los demás árboles. No sé cómo se llaman, pero noto que algunos más están débiles. Hay uno repleto de hojas secas que se resisten, y aún penden de todo el ramaje. Deben de tener algo de fuerza o alguna buena razón para permanecer ahí desde el otoño sin asumir la derrota. Son marrones, pero en su conjunto el árbol se torna rojizo.

Si voy y lo sacudo, lo puedo dejar desnudo. Así como mi madre hizo conmigo, cuando tenía cinco, creyendo que hacía todo lo contrario. Así como yo hice todo para que Lena nunca se sintiera abandonada y ocurrió exactamente al revés. Estamos expuestos a lo que nos toca. Este árbol que de lejos es rojizo, sin embargo, tiene un tronco fuerte, a diferencia de los dos primeros. Promete. Tiene con qué.

Los siguientes que veo son fuertes también y amenazan con la primavera. Ahora entiendo por qué le temo. Cuando llegue, los retoños dejarán de serlo. Se soltará o lo soltaré. Los retoños también son ilusión, se escaparán de las manos. Pero Lena crecerá fuerte, esa ilusión no me la quitan.

El hombre está sentado en el banco, rodeado de sus pertenencias y de sus asuntos invisibles. Ha conseguido tabaco, seguramente está jugando con su caleidoscopio. Exhala la última pitada, camina hasta el bote de basura y rescata una botella de vidrio. La examina. Me pregunto qué examina. Es una petaca de whisky, no hay ninguna duda. La llena de agua en la canilla donde antes lavó sus medias y toma, imaginando quién sabe qué sabor.

Por la ventanilla del ómnibus veo pasar las hileras de plátanos incrustados en las veredas anchas de las avenidas. No hay señal más clara de que es agosto, aunque un sol caliente me pegue de frente. Estos árboles son los que levantan las baldosas y dejan esos huecos donde se acomoda la hojarasca, como si estuviera planificado. Todo el mundo sabe que esos árboles se llaman plátanos. Son árboles populares porque en primavera nos pican sus pelusas y cuando el viento las hace volar son letales. Por eso sé cómo se llaman y todo el mundo sabe cómo se llaman. Vemos solo lo que queremos ver y sabemos solo lo que queremos saber. Si no, ¿por qué se pueden ver cosas en un plato enjabonado, en cierto plato enjabonado, y no en otro? Un yuyo no es más que un yuyo hasta que se transforma en el mundo entero.

Por todos lados hay carteles inevitables que anuncian los descuentos de final de temporada. Pero me inquietan las ofertas de una lencería: tangas rojas y negras para la Noche de la Nostalgia, ¿qué tendrán que ver con salir a bailar música retro?

Las botas de Lena las compré en las liquidaciones pasadas, un número más de lo que calzaba entonces, para que le sirvieran este invierno. Dentro de poco caducarán. El próximo agosto esas botas ya no caminarán los pasos de Lena.

Ella echará raíces fuertes. Esa ilusión no me la quita nadie. Será por eso que hoy no me resisto a este sol de agosto. Porque mi retoña será primavera.

Las aves siempre andan juntas. De las palomas una vez leí que son monógamas hasta morir y que tanto la hembra como el macho empollan y alimentan a las crías. Siempre hay algo de satisfacción cuando dispersamos una reunión de palomas ¿o no? Como si reafirmáramos nuestra superioridad o hiciéramos valer la potencia individual frente a una vida en tribu. Pero nadie vive de un solo color, de una sola textura, de un solo amor. Es imposible, somos un solo cuerpo y un solo cuerpo no puede vivir en la monotonía. Sin embargo, quiero quedarme en agosto.

*Agradecemos a la autora y a la editorial Criatura por la autorización para publicar este relato.

Comentarios

Registrate gratis y seguí navegando.

¿Ya estás registrado? iniciá sesión aquí.

Pasá de informarte a formar tu opinión.

Suscribite desde US$ 345 / mes

Elegí tu plan

Estás por alcanzar el límite de notas.

Suscribite ahora a

Te quedan 3 notas gratuitas.

Accedé ilimitado desde US$ 345 / mes

Esta es tu última nota gratuita.

Se parte de desde US$ 345 / mes

Alcanzaste el límite de notas gratuitas.

Elegí tu plan y accedé sin límites.

Ver planes

Contenido exclusivo de

Sé parte, pasá de informarte a formar tu opinión.

Si ya sos suscriptor Member, iniciá sesión acá

Cargando...