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Liberá tu bicicleta se estableció en 2013 y desde 2015 funciona en el Velódromo Municipal

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Liberá tu bicicleta: 1500 bicis después, el proyecto crece y la lista de espera, por la pandemia, también

El proyecto, que tiene su taller en el Velódromo municipal, ha recuperado más de 1500 bicicletas y recibe más pedidos que nunca a causa de la pandemia

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13 de junio de 2021 a las 05:05

Primero llega Carlos. En bicicleta, por supuesto. Una bicicleta que lleva enganchado un carro en el que viajan otras bicicletas. O partes de ellas. Una maraña de cuadros, ruedas, manubrios y pedales en mejor o peor estado que llegan al taller donde serán reparadas, o donde al menos alguna de sus partes será utilizada para que otra bicicleta vuelva a salir a la calle, como en una versión vehicular de la donación de órganos.

Carlos se saca el casco, apoya su bicicleta en el piso, abre el portón primero, la puerta del contenedor después, y se mete en el taller. Se pone un mameluco negro y ya está listo para empezar. Ahí llega Eduardo. En bicicleta también. La conduce con la mano derecha y con la izquierda lleva agarrada otra, que reparó en su casa y que ya está lista para ser entregada a un nuevo dueño o dueña.

Carlos Bruno y Eduardo Medina son dos de los integrantes del proyecto Liberá tu bicicleta, que desde 2013 se dedica a reparar (y a enseñar a hacerlo) bicicletas que sus dueños originales ya no usan y deciden donar a alguien que la necesite. El proyecto actúa como intermediario, recolectando esos vehículos, reparándolos y entregándolos a quienes hayan solicitado una. Antes de la pandemia también desarrollaban otras actividades paralelas, que quedaron suspendidas hasta que la situación sanitaria de Montevideo mejore.

La pandemia provocó que la lista de espera para recibir una bicicleta se haya disparado. No porque el grupo se haya demorado en su trabajo. De hecho, mantienen el mismo ritmo que antes de la llegada del covid-19, con un total anual de entre 150 y 200 bicicletas. Han “liberado” unas diez cada semana en los últimos tiempos, entre las de adultos y las de niños, y en mayo alcanzaron la marca de las 1500 bicis entregadas a nuevos dueños desde que comenzó el proyecto. La lista se expandió porque la situación sanitaria marcó un impacto económico y laboral para muchas personas que ahora ven en uno de estos vehículos una opción para desplazarse o para usarlas como herramientas de trabajo.

Carlos Bruno, uno de los integrantes del proyecto

“Hemos recibido algunos mensajes muy duros, muy extremos. Y no podemos darles bicicletas a todos. Tenemos una lista de 500 personas esperando, no podemos cubrir a todos con nuestro ritmo actual”, lamentó Bruno, que explicó que han optado por los sorteos para entregar las bicicletas que tienen terminadas.

De la azotea al Velódromo

Al costado de la entrada principal del Velódromo Municipal de Montevideo, en el Parque Batlle, se ve asomar colgada de una reja una bicicleta. Es roja y blanca, aunque los colores ya están gastados por el tiempo y la exposición a los elementos. Detrás de la reja, hay un contenedor pintado de colores vibrantes que es el hogar oficial del proyecto. Dentro del taller hay decenas de bicicletas colgantes, repuestos, herramientas, algunos afiches con mensajes sociales y sobre el uso de las bicicletas. Al fondo se atisban más. Muchas más.

Ruedas que cuelgan solas, una montaña de fierros y una fila interminable de bicicletas en mejor o peor estado ocupan ese espacio de depósito al lado de la única tribuna del lugar.

Este es el hogar del proyecto desde 2015. En sus dos primeros años, la base era una casa en Pocitos, en la que vivían un grupo de amigos que fueron algunos de los fundadores de la iniciativa. Alguien dejó un día una bicicleta en esa casa, y surgió la pregunta que casi cualquiera se haría en ese caso: “¿Qué hacemos con ella?”.

El taller de Liberá tu bicicleta en el Velódromo

¿Tirarla? No, sería una lástima. ¿Venderla? Difícil que alguien pagara mucho por ella. ¿Regalarla? Tampoco, no estaba en buen estado. La bicicleta quedó en una especie de limbo, a lo que se sumó el habitual componente sentimental que las viejas bicicletas generan en sus dueños. La respuesta más obvia al problema fue “dársela a alguien que la necesite”.

Los dueños de casa, todos usuarios y conocedores del universo ciclista, la pusieron a punto y se la entregaron a un trabajador, compañero de uno de los residentes de la casa. De esa experiencia surgió la idea de dar el siguiente paso, el de hacer eso mismo con todas las bicicletas posibles.

“Nos sorprende que una idea tan sencilla no se haya instrumentado antes. Si hay cosas que no se usan y hay gente que las necesita, hagamos que se mueva”, consideró Bruno, que integra Liberá tu bicicleta desde el comienzo.

La azotea de la casa se convirtió en taller, ya que optaron por comenzar a trabajar directamente y no crear un proyecto formal para que alguien lo financiara o recurrir a un espacio comercial o estatal. El taller se expandió a las azoteas linderas y llegó un momento en el que esas reuniones de trabajo, que tenían lugar los sábados por la tarde, empezaron a distorsionar el funcionamiento cotidiano del barrio. Fue ahí que el proyecto se trasladó al Velódromo Municipal, con la concesión de un espacio que funciona como taller y depósito a cambio de trabajo en las bicicletas del lugar.

En ese momento –2015– se había instaurado un programa de alquiler y préstamo de bicicletas llamado Pedaleá Parque Batlle, en el que los “liberadores” también colaboraban, aunque en 2017 la iniciativa quedó “relegada”, según Bruno, hasta interrumpirse con la llegada de la pandemia.

Eduardo Medina y Carlos Bruno, integrantes de Liberá tu bicicleta

“Nos hemos ido adaptando. Empezamos trabajando entre amigos, en la azotea, y la gente que se acercaba era más o menos como nosotros. De ahí pasamos a esto, que es un espacio totalmente abierto, por el que pasa mucha gente. Acá el proyecto explotó y fuimos tratando de adecuarlo a la realidad”, explica.

En Liberá tu bicicleta trabajan ahora entre ocho y diez personas, cada una con su especialización –Medina es, por ejemplo, uno de los reparadores más expertos del colectivo– y con distinta disponibilidad horaria, aunque Bruno asegura que la dedicación es “bastante alta”.

“La bicicleta es lo que nos vincula”, afirma sobre el grupo de trabajo. “De los diez que somos, capaz que si no era por las bicicletas no nos cruzábamos nunca en la vida, porque hay gente de veinte años y gente de 68”, sigue, señalando a Medina. “Hay gente con estudios universitarios y otros con educación más básica. Hay gente que trabaja en las más diversas cosas. No tenemos nada parecido entre nosotros, pero hace años trabajamos juntos y tenemos un tremendo vínculo que capaz no es una amistad cercana, pero en los momentos de trabajo es un vínculo súper bueno”.

La pandemia provocó que Liberá tu bicicleta se convierta en un proyecto doméstico, con los integrantes trabajando en sus casas y visitando el taller del Velódromo de forma ocasional, apenas una o dos veces por semana, en parejas, y coincidiendo con la apertura del edificio para las prácticas de ciclistas que están preparándose para competir en eventos internacionales.

Una de las mayores pérdidas provocadas por la emergencia sanitaria es que el proyecto perdió su pata colaborativa. Quienes buscaban una bicicleta iban al taller, trabajaban en ella y aprendían algunas bases de reparación, y se la llevaban. De todos modos, la iniciativa se ha convertido en algo prácticamente caritativo, considera Bruno.

“Nunca lo pensamos así, aunque ahora ya estamos en ese límite. Tenemos muchos pedidos, muchos con necesidades serias, y no podemos elegir, tenemos que sortear. Es muy difícil, salvo circunstancias excepcionales, y no podemos elegir quién la necesita más. Las preparamos, vemos las características de la bici y se la damos a quien creemos adecuado. Si es una bici chica, se la damos a alguien de estatura pequeña, si es una bici más fuerte, seguramente sea para alguien que la necesite para hacer algún tipo de trabajo de carga; si es alguien que tiene temas de cuidados, o de llevar niños chicos, buscamos una con silla. Hay trabajo detrás de ir a recogerla, ponerla a punto, y nos aseguramos que el uso sea adecuado, que se use. No cualquier bicicleta es para cualquiera”, explica.

El proyecto "libera" entre 150 y 200 bicicletas al año

Una vez que la bicicleta queda en manos de su nuevo propietario, Liberá tu bicicleta no realiza una tarea de seguimiento. Todo funciona bajo el régimen de anonimato. “No somos trabajadores sociales, hay gente que se las lleva por necesidad y otras que no. Lo único que pedimos es que si no las van a usar, que las devuelvan, y les encontramos otro dueño”, aclara.

Máquinas de libertad

El promedio de trabajo en una bicicleta es de dos horas. Las aceptan en cualquier estado, desde las que solo necesitan algunos ajustes hasta las que han pasado una década al aire libre y son casi insalvables.

“Tenemos desde bicicletas de buena calidad y en buen estado que tendrían un precio de mercado interesante, hasta otras que estuvieron añares a la intemperie y que se puede recuperar muy poco de ellas, pero recibimos todo con el mismo entusiasmo, porque a veces la gente no sabe lo que tiene y el estado en el que está. A veces te dicen que es algo que capaz tienen que tirar, y cuando llegamos es algo bastante funcional. Y aunque estén muy deterioradas, siempre se recupera algo”, comenta Bruno.

Prepandemia, Liberá tu bicicleta recibía a quienes buscaban su nuevo vehículo. Algunos llegaban al Velódromo con sus cuadros, quizás con algún elemento más, y junto a las piezas del taller lo armaban con sus propias manos. Otros llevaban bicicletas que funcionaban pero necesitaban reparación. Luego había otro grupo, de unas 40 personas, de las que el equipo seleccionaba a unas ocho para que se quedaran trabajando y se llevaran las bicicletas que el equipo había recolectado en los días anteriores.

La pandemia obligó al proyecto a frenar sus talleres y a pausar la faceta colaborativa de la iniciativa

Esos fueron los dos primeros pasos: que las bicicletas en desuso pudieran volver a salir a la calle, y luego que las que estaban a medio uso, o que sus dueños las tenían paradas porque tenían problemas mecánicos, fueran arregladas.

El tercer paso fue enseñar a andar en bicicleta a quienes no lo hacían, y el cuarto fue llevar el “taller rodante” (el carro en el que Bruno llegó al Velódromo con bicicletas) cargado de repuestos a instituciones como clubes de niños y centros CAIF, que tenían bicicletas pero no los recursos económicos o mecánicos para arreglarlas. Una vez al mes hacían esa ronda, a contraturno del taller, aunque eso también se interrumpió con la situación sanitaria actual.

Desde el principio, y de forma transversal a todos esos pasos, estuvo el concepto de “liberar”.

“Fue la primera palabra que salió para el proyecto”, cuenta Bruno. Una de las inspiraciones fue un proyecto de la ciudad española de Bilbao, que se llamaba “Libera tu bici”, pero que funcionaba de persona a persona. Alguien que tenía una bicicleta en desuso lo anunciaba, y un interesado iba a buscarla y se la llevaba.

“Nos parecía que no era adecuado para Montevideo, porque las bicis no iban a estar siempre en buen estado. Entregar algo que no estaba bien era simplemente hacer que la bici que ya estaba guardada siguiera guardada, pero en otra casa. Y no tenías el componente social o colaborativo. Entonces fue por ese lado que surgió la palabra liberar, que para nosotros tenía sentido porque las bicicletas son máquinas de libertad. Cada uno de nosotros tiene un enfoque distinto de por qué está acá y qué es la bicicleta, pero sí nos interesa que un objeto que es valioso salga a la calle. Motivos políticos, sociales, lo que sea, cada uno tiene su posición, pero todos compartimos eso”.

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