17 de octubre de 2019 10:00 hs

El escritor canadiense de ciencia ficción William Gibson afirma que “el futuro ya llegó, solo falta que sea distribuido”. En esa metáfora de la distancia que va entre la innovación y su diseminación, un tambo uruguayo resulta ejemplar. Aunque parece futurismo, los robots ya están trabajando allí, ordeñando, clasificando animales y enviando muchísima información a la base de datos que permite una lechería de precisión en la que las decisiones se toman sabiendo cuánta leche produce cada uno de los pezones de cada ubre cada día.

Desde este establecimiento pionero, ubicado en San José, la tecnología se dispersará y, en poco tiempo, a no dudarlo, veremos crecer el empleo robótico en los tambos.

Cecilia Ferreira / Eduardo Blasina

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El robot –modelo Astronaut 5– ordeña leche e información y cumple otras tareas. Si la leche tiene antibióticos, la quita del circuito alimentario; si la vaca está en celo, la aparta. Mientras, envía a la base de datos la información de los litros cosechados por cada uno de los cuatro pezones, el total, cuántas veces ha ido la vaca a ordeñarse, cuánto demoró en ser ordeñada y muchos datos más.

Los robots llegaron y las vacas lo festejan porque para ellas es un cambio de vida grandísimo. De ser ordeñadas dos veces en los horarios que los humanos dictaminaran, solamente dos veces por día, ahora ellas se van a ordeñar con el robot cuando ellas quieren. A algunas les gusta tanto ordeñarse que van con mucha frecuencia. Pero si ha ido hace muy poco el robot la invita amablemente a seguir su camino sin sacarse todavía la poca leche acumulada.

El resultado: para el tambo de la familia Klassen ha significado más producción por vaca. Con vacas felices que viven como en un spa y alternan un rato en los rodillos masajeadores, un rato de comer alguna ración rica o pasturas o cuando van a ordeñarse de paso comer unos bomboncitos bajo la forma de pellets de alto contenido proteico. Vacas capaces de dar cátedra sobre lo que es bienestar animal. Tibias en invierno, refrescadas con ventiladores en verano.

Las ideas llegan con cada viaje que  Erwin Klassen ha hecho desde  que remitió por primera vez leche a Conaprole el 10 de setiembre de 1980. La primera vez que viajó a Nueva Zelanda trajo la idea de incorporar vacas kiwi a su rodeo;  de su viaje a  Castrolanda, en Brasil, la idea incorporar un galpón con la infraestructura para tener el ganado allí de forma permanente. Y la última incorporación vino de su viaje a Holanda en julio del año pasado, que llevó a que en setiembre de este año pusiera en marcha dos robots de ordeñe y se convirtiera en el primer tambo privado en incorporar esta tecnología –que se suma al tambo robotizado que posee el Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA)–.

Los primeros días de adaptación las vacas necesitaron que les enseñaran la nueva rutina, que adoptaron rápidamente.

En el establecimiento Las Palmas, de Klassen, la adaptación del ganado al nuevo sistema de ordeñe fue rápido, con pocos días de disminución  de la producción por el estrés asociado al cambio. Registraron baja en la producción solo dos días en la primera semana, frente a un par de semanas como suele suceder en diferentes establecimientos lecheros que utilizan este sistema en el mundo. Fue una novedad esta rápida adaptación.

 

 

En este sistema cada una de las vacas tiene un collar numerado, que puede observarse claramente a simple vista, con un chip incorporado que es identificado por el robot  de ordeñe cuando entra la vaca. De esta forma sabe si el animal se encuentra dentro del período marcado por el productor para el ordeñe. 

Y si entra antes de tiempo, el sistema lo identifica y la deja salir sin ser ordeñada.

En las que son ordeñadas, el robot se encarga de todo: higieniza los pezones, conecta los succionadores y al final las sella y lava la máquina para cuando  ingrese la siguiente vaca.

Mientras el robot ordeña, la vaca come –a través de un dispensador de alimento– una ración peletizada de Prolesa. El robot lee en el collar de la vaca sus antecedentes productivos y le da alimento en consecuencia: según su producción el volumen que necesita.

La información resultante del ordeñe queda registrada: cuánta leche sale de cada pezón y cuánto es el volumen esperado para esa vaca en ese ordeñe.

 

Cecilia Ferreira / Eduardo Blasina

 

Después del ordeñe si el robot encuentra algún parámetro alterado en la leche, separa a la vaca habilitando y deshabilitado diferentes puertas de salida de la máquina. Y si aparece antibiótico, la leche queda descartada. Puede ser que registre que la vaca esté en celo, por ejemplo, y que eso no genere inconvenientes con el destino final de la leche. El sistema procesa además otras informaciones en detalle (ver en una de las fotos). El collar también identifica aspectos del comportamiento del animal, por ejemplo la rumia con el movimiento hacia arriba y hacia debajo de su cabeza.

 

Cecilia Ferreira / Eduardo Blasina

 

Robots versus humanos

Habitualmente se piensa que la robotización es para sustituir trabajo humano. No es este el caso. El objetivo central que llevo a la puesta en marcha de este sistema fue ampliar la cantidad de vacas en ordeñe, tecnificar  la producción y generar mejores condiciones de trabajo para todos.

El establecimiento no redujo su plantilla por la incorporación de robots (trabajan 15 personas), pero sí mejoró las condiciones y permite controlar en detalles la producción y el ganado. Y ya hay trabajadores que pasan de las tareas de siempre a capacitarse en el seguimiento de los datos y las decisiones que derivan de ellos.

Erwin empezó en 1980 su emprendimiento. Ese día se produjeron 100 litros, ordeñados a mano con un empleado que todavía sigue en el establecimiento. La leche en aquel entonces se enviaba en tarro.

Ahora el establecimiento cuenta con 500 vacas y una explotación de 1.000 hectáreas entre propias y arrendadas. El tambo robotizado complementa al tradicional. Hay dos robots que por el momento ordeñan 50 vacas cada uno, pero tienen capacidad para 70.

 

Cecilia Ferreira / Eduardo Blasina

 

Robots Lely

La empresa Lely fue la fundadora de los robots de ordeñe en el año 1992. Hay 35 mil robots funcionando en más de 40 países, por lo que se facturan 550 millones de euros y hay 2.800 empleados en el mundo. Existe una fábrica en Holanda y hay otra en Estados Unidos.

Si bien lo más destacado es el robot de ordeñe, hay robots para alimentar terneros, mixers automáticos que cargan solos y llevan la comida a las vacas, un empujador de comida  para asegurar que las vacas siempre tienen comida fresca cerca y dos tipos de limpiadores.

Para los tambos hay otros equipos, como los masajeadores. El tambo la familia Klassen tiene dos.

En realidad, la empresa hace de todo para tambos: diseños, planos e instalación de equipos.

En Uruguay ya existen cuatro tambos con alimentadores de terneros y uno es de los más grandes de América del Sur, con 240 terneros y una persona.

Para el año que viene se trabaja con tres proyectos y en cinco años Uruguay tendrá 80 robots, esa es la meta.

 

Cecilia Ferreira / Eduardo Blasina

 

 

 

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