5 de julio 2014 - 21:43hs

Tienen 28, 30, 35 años. Consumen pasta base desde hace una década o más. Seis de cada 10 apenas terminaron la escuela. Tres de cada 10 duermen en la calle. Solo el 14% tiene trabajo formal; la mayoría vive de changas, reciclaje, vigilancia de autos, mendicidad o delincuencia. Seis de cada 100 tienen VIH. El 50% tuvo vínculos con el sistema penal. El 45% pidió ayuda alguna vez para salir de la adicción pero no logró recuperarse.

Son una generación de “enfermos crónicos” a quienes no se les ha dado una “respuesta eficaz”, han reconocido representantes de la Junta Nacional de Drogas. Según estimaciones oficiales, son entre 9.800 y 17.800 los adictos a la pasta base en Montevideo. El consumo se concentra en la capital y el área metropolitana.

La buena noticia es que son relativamente pocos y que es esperable que no aumenten. El consumo de pasta base se encuentra en una meseta. La sustancia se popularizó en Uruguay tras la crisis económica de 2002, tuvo su auge en barrios pobres en los años siguientes y empezó a perder fuerza a partir de 2008. Cada vez menos personas la prueban porque en el imaginario social se ha instalado el concepto de que es un veneno.

Más noticias
La mala noticia es que curarles su enfermedad es muy difícil y no hay certezas de cuál es el tratamiento. O, mejor dicho, se sabe que para salvarlos es necesario una conjunción de factores casi simultáneos o perfectamente encadenados: un tratamiento eficaz, el seguimiento cuerpo a cuerpo durante meses o años, una fuente de trabajo formal, la contención de una comunidad y la aceptación amigable de la sociedad.

En palabras del antropólogo Marcelo Rossal: “Esto es algo bien duro, no va a ser fácil y va a exigir recursos que vamos a tener que pagar los ciudadanos. Y va a ser por muchos años más. El promedio tiene 28, 29 años… En algunos casos habrá que sostenerlos durante toda su vida. Muchos saldrán del consumo, lo moderarán o desarrollarán estrategias protectoras, pero muchos seguirán deteriorándose. El conocimiento y comprensión que tengamos de ellos nos permitirá afinar la puntería para hacer dispositivos que los cuiden y mejoren su calidad de vida”.

Culpa y estigma

Rossal y otros tres antropólogos de la Facultad de Humanidades se propusieron “comprender” a esta población de adictos crónicos a la pasta base, la “más castigada” de la sociedad. El resultado de cuatro meses de intercambio con consumidores se volcó en el libro Fisuras, que fue presentado hace unos días y que contiene también un estudio sobre VIH.

“Es tal vez el sujeto más estigmatizado de la sociedad, y por tanto, el menos comprendido. Se lo enfoca como una persona que es un loco o un delincuente; en cualquier caso, un sujeto peligroso, y no una persona que tiene una vida y unos cuantos problemas. Es como que todos los males de la convivencia y el delito tienen que ver con la pasta base. Nosotros queríamos ver: ¿qué sujeto es este?”, explicó Rossal a El Observador.

En el libro se transcriben los diálogos. Las “trayectorias” de los pasteros o pastabaseros no son lineales, no evidencian una caída libre. Son historias de idas y vueltas: de un tratamiento que no funcionó, de un tiempo en un refugio, de un amigo que ayudó consiguiendo un trabajo, de una fase de menos consumo, del reencuentro con una pareja, de una recaída, de unos meses preso, de una vuelta a la calle.

“Siempre hay una precariedad de base previa al consumo de pasta base”, afirmó Rossal, en referencia a la falta de educación, por ejemplo. La investigación mostró también que son personas sin vínculos duraderos, que creen que agruparse con otros adictos puede ser un factor de riesgo. Por eso el estudio se tituló “Caminando solos”.

Otro hallazgo que emerge de esta mirada antropológica es que los consumidores de pasta base tienen los valores “más conservadores” de la sociedad: los hombres se ven como proveedores y las mujeres como cuidadoras. Justamente, sus dolores más grandes se asocian con los momentos en los que no pudieron llevar alimento a sus casas o cuando perdieron a un hijo a manos del Estado.

Rossal sostiene que la culpa y el estigma del pastabasero están en la sociedad pero también en el propio individuo. Eso explica la “doble exclusión” que se da con ellos. Cuando ingresen a un hospital, por ejemplo, seguramente el personal quiera darles el alta lo antes posible para evitarse problemas con otros pacientes. A la vez, es muy probable que ellos quieran huir de esos pasillos con cientos de ojos que miran entre temerosos y acusadores.

La salida

La Junta Nacional de Drogas utilizará el estudio de Rossal y su equipo para diseñar mejores dispositivos de atención. Los técnicos estatales también están contemplando otras miradas académicas sobre la pasta base (ver notas en esta página) y han armado una suerte de equipo interdisciplinario para abordar el tema.

Una de las conclusiones de Rossal es que los consumidores de pasta base necesitan “dispositivos lo suficientemente abiertos y comprensivos de sus trayectorias”. El enfoque ideal, el que ha funcionado en ciertos países con otras drogas, es el de “reducción de daños”.

El antropólogo consideró que ya hay algunos lugares con estas características, que son como puntos de encuentro en los que los adictos se sienten, en sus palabras, “personas normales”. El desafío luego es que haya gente con la sensibilidad y la formación suficientes para diseñarles un salida a su medida.

Seguí leyendo

EO Clips

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos