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Los escenarios que se abren en Argentina luego de las PASO

Un presidente sin poder y un candidato opositor con poder pero sin mando 

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17 de agosto de 2019 a las 05:02

En circunstancias normales, las primeras conclusiones que cabría sacar del resultado de las primarias del domingo pasado en la Argentina serían, de un lado, un resonante voto castigo a las políticas de Mauricio Macri, en particular a su política económica; y del otro lado, tan abultada diferencia solo puede confirmar el acierto en la jugada de fino tacto político de Cristina Kirchner al nombrar a Alberto Fernández para encabezar la fórmula presidencial.  

Hace menos de dos años, la expresidenta había tenido enormes dificultades para ganar solo en la provincia de Buenos Aires, estuvo a punto de perder; finalmente se alzó con la banca al Senado por un muy angustioso 0,2%, y su espacio perdió las generales frente a la coalición de gobierno. Hoy, en cambio, con Alberto Fernández ganan de rienda envuelta, por más 15 puntos sobre la fórmula de Macri y Miguel Pichetto, y desatan una gran ola azul en todo el país que redujo al presidente y los suyos a la provincia de Córdoba.

Pero no son circunstancias normales, ni las primarias fueron unas elecciones internas normales, ni desgraciadamente la Argentina es un país con la estabilidad económica y la calidad institucional suficientes para que lo ocurrido se pueda explicar mediante un análisis político-electoral mientras el país sigue su normal funcionamiento. 

Los resultados del domingo abrieron la puerta a una gran crisis de confianza que aún pervive: el dólar se disparó, las acciones y los bonos argentinos se desplomaron, y durante gran parte de la semana no hubo precios para una larga lista de productos que no salieron de los anaqueles.

Más allá del absurdo de las PASO, que con este margen de resultados dejan a un presidente en funciones con los mandos pero sin poder, y a un candidato opositor victorioso con poder pero sin los mandos, la enorme mayoría culpa solo al gobierno del actual caos que vive el país. Y en parte es entendible: después de tres años y medio, Macri no solo no logró echar a andar la economía sino que la ha hundido en la recesión; y es demasiada la gente que lo ha padecido. Aunque no deja de llamar la atención que entre sus más duros detractores de hoy en los medios, se encuentren algunos que hasta el domingo lo defendían a capa y espada.  

Pero la reacción de los mercados el lunes pasado, con su impacto de lleno en la economía real, no fue contra Macri que perdió, sino contra su oponente que ganó. Esto parece muy claro. El kirchnerismo, después de haber estado 12 años en el gobierno, mete miedo en los mercados. Su estilo confrontativo, su proverbial aislamiento y hostilidad hacia el mundo no hacen de su regreso buenas noticias para estos que hasta temen a la posibilidad de un nuevo default en Argentina. O como resumió el Financial Times los temores de los mercados, “en una sola palabra, populismo”.

Es cierto que Alberto Fernández es un hombre mucho más moderado y conciliador que los expresidentes Néstor y Cristina Kirchner y que los demás dirigentes históricos del kirchnerismo. Pero para los mercados eso no está nada claro, y el hecho de que ella integre la fórmula presidencial es suficiente para desconfiar. Además, el propio Alberto se disparó en los pies antes de las PASO cuando dijo en reiteradas ocasiones que el dólar estaba baratísimo, que debía seguir subiendo, y que él no pagaría los intereses sobre la deuda.

Ahora, cuando menos, debería mandar una señal de que va a respetar esos compromisos, y de que tiene ciertas metas fiscales y macroeconómicas que devuelvan la confianza en el país. Eso ya no lo puede hacer Macri, sino, hoy por hoy, solo Alberto Fernández. Aunque es posible que en eso lo ayude, y no poco, un amigo inesperado para el kirchnerismo: el Grupo Clarín.

Mucho se ha hablado en estos días entre los grandes empresarios e intelectuales vinculados a los círculos de poder de que lo mejor para tranquilizar a los mercados sería seguir el modelo de transición brasileño cuando Fernando Henrique Cardoso le entregó el poder a Lula da Silva en 2002. 

La semana que viene, Cardoso viaja a Buenos Aires, donde sostendrá reuniones por separado con Macri y con Alberto Fernández. Auspicia: Grupo Clarín.  

A muchos podrá parecer extraño que Clarín facilite la llegada al poder del kirchnerismo y articule de esta manera lo que sería su reconciliación con los mercados. Pero Alberto Fernández hace tiempo que cultiva una muy buena relación con el poderosísimo holding que encabeza Héctor Magnetto; y de llegar finalmente a la Casa Rosada el 10 diciembre, tendrá su nada desdeñable apoyo.

Es de esperar también que luego de ello se estabilice la situación en Argentina, se normalice el comercio, el dólar detenga su escalada y se pueda reanudar la campaña presidencial hacia octubre en un clima estable y predecible.

En cuanto a las chances de Macri de revertir un resultado tan adverso, a menos que pase algo totalmente inesperado e inaudito, son prácticamente nulas. En su búnker de campaña, Durán Barba y Marcos Peña hacen malabares con unas “spreadsheets” y unos “big data” que supuestamente lo darían vuelta en favor de su jefe. Pero esto solo sucede en la mente de estos dos. El presidente abandonó a la clase media que lo votó en 2015; y en más de tres años, ni siquiera intentó acercarse a los sectores populares. Hoy ambos le están pasando factura por partida doble. Imposible remontar en esas condiciones.

Es una lástima. Macri perdió una oportunidad de oro para reformar a “la Argentina de los cuadernos de Centeno”. Y ahora mismo están celebrando muchos que enfrentan causas judiciales por corrupción. El lunes se bromeaba en Buenos Aires de que el domingo por la noche se habían escuchado reventar cuetes y fuegos artificiales desde la cárcel de Ezeiza. Resulta tragicómica la ocurrencia.  

Pero el presidente lo tiró todo por la borda por su falta de sensibilidad y flexibilidad, por no entender que la tolerancia a los ajustes tiene un límite y no escuchar a la población que le pedía un cambio de rumbo.  Él dice que estaban por “cruzar el Rubicón” y los argentinos aflojaron antes de llegar a la orilla. Lo que el presidente parece no entender es que si te estás ahogando, tampoco vas a cruzar el Rubicón.  

Y por último, la soberbia, sobre todo del resistido Marcos Peña, y otra vez, la tozudez de Macri para mantenerlo en el cargo a toda costa.

Al mismo tiempo, el fracaso de Macri alimenta el discurso de los extremos: por un lado, el de los fanáticos de izquierda, que siempre dijeron que Macri gobernaba para sus amigos y no le reconocen siquiera buenas intenciones. Y por el otro, el de los ultraliberales, seguidores de Javier Millei o del candidato libertario José Luis Espert, que culpan de todo al “gradualismo” de Macri, y proponían que llevara adelante una “política de shock”, en Argentina tan luego.

En cualquier caso, hay razones para ser optimista. Ni Alberto Fernández es Cristina Kirchner, dista un abismo entre un estilo y el otro, ni la Argentina de hoy es la Argentina de 2001. Hoy está abierta al mundo -si algo hay que agradecerle a Macri-, tiene reservas y una economía ordenada como para no caer en los dislates del pasado. Si todos actúan responsablemente, el país debería levantarse en un tiempo relativamente corto.

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