Ser víctima de un delito marca a fuego la vida de cualquier persona. No solo sufre pérdidas materiales y daños físicos, sino que puede desarrollar trastornos psicológicos. Psiquiatras consultados por El Observador afirmaron que perciben un aumento significativo de cuadros de estrés postraumático, ansiedad generalizada y trastorno de pánico originados en un hecho de violencia (incluida la violencia doméstica), en particular después de la crisis de 2002. Sin embargo, las víctimas no son las protagonistas de su historia. “Son las grandes olvidadas”, opinó el psicólogo y licenciado en seguridad pública Robert Parrado. Son aquellas que, como Graciela Barrera, quien perdió un hijo en una rapiña, o Fernando Figueira, quien quedó paralítico tras recibir un balazo en la columna en un asalto, preguntan con indignación quién se hace cargo de su suerte (ver página 4). La “suerte” para Figueira fue que la bala quedó alojada a tres milímetros de la arteria aorta.
Los indefensos de siempre
El debate sobre seguridad hace foco en el delincuente pero no en la víctima