1 de septiembre 2011 - 21:58hs

El lunes 29 de agosto El Observador le solicitó autorización al Consejo de Educación Secundaria, por medio del consejero Daniel Guasco, para ingresar con una cámara a dos liceos en Montevideo con el propósito de registrar el estado edilicio.

Tanto el gremio de profesores de Secundaria como las autoridades de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) han denunciado en las últimas semanas que hay liceos en Montevideo a punto de “colapsar” en su infraestructura, y que los problemas de seguridad –afuera y adentro de los locales– son la regla y no la excepción a diario.

El martes 30, Guasco comunicó que la solicitud de ingreso había sido negada por parte del Consejo, que además de él, lo integran Pilar Ubilla y Fernando Tomeo. “Se entendió que en este momento no es adecuado dejar entrar periodistas”, dijo.

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Pese a la negativa, el miércoles 31, con una lista de liceos en la mano y una cámara del tamaño de un celular, El Observador fue a recorrer varios locales.

La recorrida
El primero fue el liceo Nº 27, ubicado sobre la calle Francisco de Alzáibar, en Ciudad Vieja. Las puertas estaban abiertas de par en par. No había guardia de seguridad, ni portero, ni ningún funcionario que pidiera identificación. Subiendo por una escalera se llega a los salones de este centro al que asisten estudiantes “extraedad”.

Primera inspección: baño de mujeres. Las cisternas funcionan, pero no hay luz, así que para utilizar los inodoros hay dos opciones: o se lleva linterna o se deja la puerta abierta para que ingrese la luz del pasillo.


Al lado del baño de mujeres hay un salón con el vidrio de la puerta rajado y un cartel con una calavera dibujada y la palabra Clausurado.

Se empezó a sacar fotos en el pasillo. Un funcionario vio la escena, pero no preguntó quién sacaba las fotos ni por qué estaba ahí. Por el contrario, abrió la puerta del salón clausurado, miró hacia el techo y con el dedo apuntando hacia arriba se limitó a decir: “Está cerrado porque se rompió este vidrio, pasá y miralo si querés”. Una vez adentro del salón, cerró la puerta. “Cuando salgas, cerrá”, dijo.

Después de 10 minutos de recorrida, y al cruzar las escaleras para ir a la salida, el funcionario que había mostrado la clase clausurada tuvo una segunda oportunidad para preguntar quién era la intrusa. Pero no lo hizo.

La siguiente parada fue el liceo Nº 70, en el Cerro, conocido en el ámbito de la ANEP como el peor de todo Montevideo. Según los profesores, este centro no puede llamarse “liceo” porque se trata de tres salones, dos contenedores, y tres baños químicos insertos en la Escuela Marítima de la UTU, que le “presta” a Secundaria parte de sus instalaciones para que allí puedan aprender estudiantes de 12 a 15 años.

Nuevamente no había nadie que se percatara de la presencia de extraños en la puerta. Luego de atravesar los primeros dos salones de clase, por delante de la adscripción que funciona en un pasillo, y por la dirección, se llega a los contenedores. Uno funciona como salón de clase, el otro es la “biblioteca”.

Pasando los contenedores se llega a un descampado en el que hay un tejido roto que separa el “liceo” del arroyo Pantanoso. Tras realizar varias tomas, en uno de los salones, una señora preguntó si buscaba a alguien. Una respuesta no muy clara la conformó. Un gran agujero en la pared se ofrecía a ser fotografiado.

Otro de los liceos que la Federación de Profesores de Enseñanza Secundaria advierte que está en malas condiciones es el Nº 22 de Carlos María Ramírez, en el barrio La Teja. Un liceo instalado en una casona vieja, con la fachada color terracota.

A diferencia de los otros locales, en este para entrar hay que tocar timbre. Abrieron, y nadie pidió identificación. Un grupo de profesores vio cómo alguien, que no conocían, ingresaba y empezaba a recorrer las instalaciones.
Una peculiaridad en este liceo: durante el horario de clase los baños de mujeres y hombres están cerrados con candado, y para entrar hay que pedirle a una funcionaria que los abra.

Menos de cinco minutos dieron para recorrer todo el edificio. Ya en la puerta una profesora preguntó a la desconocida quién era. Otra vez una respuesta evasiva. La profesora dijo que quienes entran al liceo deben anunciarse. La cosa quedó por esa.

Amable invitación
La última parada de la recorrida fue el liceo Nº 16, en el Prado. Una vez más las puertas principales estaban abiertas para todo aquel que las quisiera cruzar.

Fue posible recorrer la cancha que funciona en la parte de atrás del liceo, el patio interior y llegar hasta un baño. Ningún cartel indicaba si era para hombres o mujeres, y la puerta estaba medio partida.

A los pocos minutos, un adscripto abrió la puerta de madera y empezó a interrogar a la desconocida acerca de si tenía autorización de Secundaria para ingresar al centro de estudios.

Después de contestar todas sus preguntas, el adscripto supo que se trataba de una periodista en busca de tomas gráficas.

Amablemente, invitó a abandonar el local. El funcionario dijo que la presencia de extraños allí les podía generar “problemas”.

Veinticuatro horas más tarde, desde la Seccional 7 informaron a El Observador que la dirección del liceo Nº 16 había radicado una denuncia.

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