Los principales partidos políticos están jugando con fuego y el riesgo de salir quemados es tan alto que la forma de resolución de sus enredos internos será determinante para el 2019.
El 2017 es el año de los "goles en contra". En el
Frente Amplio, aunque las movidas respondan a visiones ideológicas que tienen sus fundamentos, las estocadas se prolongan hasta los últimos suspiros del año, como para mostrar que para enredarse no hay vacaciones. Hay como cierto placer de doblar el brazo a un camarada, a veces sin darse cuenta de que eso daña la esencia del triunfo frentista de los últimos años.
El
Partido Nacional ve que se va el año y no logra zafar del caso Bascou, lo que obliga a que cada vez que uno de los líderes sea entrevistado por la prensa, tenga que dedicar un tiempo a explicar lo inexplicable. Además, votaron divididos en una de las leyes más importantes (y más grave) de los últimos meses. Y para marcar perfil de nuevas corrientes, algunos de sus dirigentes dicen que se sienten impulsados a diseñar otra expresión interna porque al partido le falta una "veta popular", una defensa "del interior frente a los corporativismos", entre otros motivos.
No son todos, pero no es necesario que sean todos los que generan problemas que atacan la unidad partidaria para producir un daño severo.
En el oficialismo hay un descuido sobre lo que ha sido clave para su éxito: la unidad se deteriora y la diversidad se achica. El Frente ya no tiene la izquierda radical que cuenta con lema propio y aprovecha el desencanto de frentistas impacientes que quieren más izquierda. Y la "centro-izquierda" pierde posiciones por derrota en temas como TLC con Chile,
cincuentones, postura ante Venezuela, entre otros. Algunos disfrutan de robarle a Astori la pulseada, sin darse cuenta que si el Frente ganó y siguió ganando, es porque tenía a ese contador economista para contener el voto de centro.
En el Partido Nacional la votación del proyecto de ley de cincuentones (y contra las AFAP) abre una disyuntiva.
Si Alianza votó a favor para distinguirse de Lacalle Pou, es porque descuida la unidad y eso complica a los blancos para ganar. Si lo hizo por convicción –como uno debe creer– desnuda una diferencia de criterio muy grande sobre el manejo del dinero público y respecto a uno de los grandes temas de la sociedad como es la seguridad social, lo que en caso de ganar, complicará a los blancos para gobernar.
Hay más ejemplos, los colorados, que tienen bancada chica, también en Diputados votaron divididos esa ley tan importante.
Las declaraciones de Jorge Larrañaga contra Luis Lacalle Pou en vísperas de Nochebuena son consecuencias de un desbalance interno de los nacionalistas. Unos dejaron Alianza para irse a Todos (lo que podría no terminar con estos casos) y otros como los intendentes del interior amenazan armar algo propio, y aunque eso no sea fácil, afecta a Larrañaga.
Esto podrá tener un freno cuando al interior de los blancos surja el reclamo de unidad y la crítica al que ponga en juego las elecciones, pero complica a ese partido.
La historia del país muestra cómo los partidos que descuidaron la unidad sufrieron derrotas. Los colorados ganaban elecciones y los blancos sobrevivían en la oposición hasta que al inicio del siglo XX se dio un episodio inesperado.
En 1913, José Batlle y Ordóñez lanzó una campaña de reforma constitucional para crear un régimen colegiado y enfrentó resistencia de los colorados liderados por Pedro Manini Ríos, que hasta llegaron a crear un partido aparte: el General Rivera.
La consecuencia fue que los blancos ganaron la elección para constituyentes de 1916 y eso obligó a Batlle a repensar su plan. En 1919 los colorados se reagruparon para votar juntos, mientras que los blancos votaron con lemas distintos y perdieron de nuevo.
Los nacionalistas se cansaron de ver cómo los colorados les ganaban una y otra elección, hasta que la dirigencia sintió el clamor de sus votantes para que hicieran el esfuerzo de unirse. Eso fue coreado el 18 de mayo de 1956 en el acto de inauguración del monumento a Aparicio Saravia. Dos años después, llegaría la unificación y ampliación a otras corrientes (Liga Federal de Acción Ruralista) y ganarían las elecciones después de tanto...
La izquierda era testimonial por su división entre corrientes socialistas de distinto signo, pero cuando construyó una alianza lo más "amplia" posible, comenzó a crecer, y en su máximo punto de unidad y diversidad llegó al gobierno en 2004.
Para el libro El voto del agua tibia realicé un estudio de todas las elecciones para determinar cuál es el patrón que se repite en cada victoria, entre todos los factores que inciden en el voto, tanto del lado de la oferta (candidato, fórmula, partido, programa, campaña) como de la demanda (estado de ánimo, preferencias de la gente, preocupaciones, confianza de los consumidores, entre otros).
Y, en síntesis, vemos que el dato clave para cada victoria está en el complemento armónico de unidad con diversidad, o sea de un partido que ofrece alternativa de gobierno con unidad de acción y con abanico amplio y diverso de opciones para el electorado.
Pero eso cuesta.
La expresión popular de "se la creen" aplica a una práctica generalizada entre los dirigentes partidarios que subestiman los problemas, porque sobreestiman su capacidad de superarlos.
Y por eso cometen actos que conspiran contra la unidad, en la creencia de que ese es un costo que deben pagar para lograr determinados objetivos, y que tras alcanzar la meta, pueden borrar las huellas de los líos. Pero las huellas quedan en la memoria colectiva y eso se paga caro.