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Los que se quedan: una favorita del Oscar y el antídoto contra el cinismo que el cine necesitaba

La nueva película de Alexander Payne tiene madera de clásico y actuaciones descollantes
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21 de febrero de 2024 a las 05:04

Es muy difícil habitar el espacio liminal entre la comedia y el drama, esa franja donde la felicidad y la melancolía se cruzan en una línea indivisible, y no salir mal parado. El sentimentalismo barato es traicionero y tiene tentáculos largos. Pero algunos pueden. Alexander Payne, por ejemplo. El cineasta nacido en Nebraska hace 63 años es un maestro a la hora de caminar por esa cuerda floja. Construyó una obra entera haciendo equilibrio entre los dos polos y expuso una forma de estar en el mundo de la que se apropió. Sus personajes, con frecuencia seres errantes que pendulan entre el fracaso y la autoconmiseración, son al mismo tiempo entrañables. Uno puede empatizar con ellos, y pocas veces sentirlos ajenos: la vida, ya lo sabemos, está siempre más cerca de las pequeñas tragedias cotidianas que de una felicidad totalizadora. Pero también es al revés: siempre está más próxima a las micro alegrías diarias que al gran drama humano. 

Los que se quedan (The Holdovers), su última película —se puede ver en cines locales—, está en sintonía. Y es muy fácil aprender a quererla en un mundo donde el cinismo campea a sus anchas: Payne junta en su nueva obra a tres personajes quebrados, cada uno a su manera, que tratan de soportar uno de los peores momentos del año para cualquiera que no esté medianamente en eje: la Navidad. En ese sentido, son varios los que han sumado a esta película al catálogo de clásicos navideños. Lo de la fiesta es discutible; la Navidad está presente, pero uno podría objetar que no es más que un marco que, en ocasiones, se disipa. Lo otro casi que es inobjetable: Los que se quedan tiene madera de clásico. El gusto agridulce de las películas que le dan forma a una educación sentimental, aquellas que raspan el fondo de la condición humana y nos muestran de lo que estamos hechos.

Lo anterior puede sonar algo pomposo. La película no lo es. Todo, en realidad, va por carriles lineales: llegan las vacaciones de fin de año a un prestigioso internado de Nueva Inglaterra, es la década de los 70, y los preuniversitarios vuelven a sus hogares para pasar con sus familias. Todos menos algunos. Los que se quedan. Ellos son Angus Tully (Dominic Sessa), un estudiante bastante problemático y difícil de llevar; Paul Hunnam (Paul Giamatti), un profesor de historia cascarrabias obsesionado con las Meditaciones de Marco Aurelio; y Mary Lamb (Da’Vine Joy Randolph), la jefa de cocina del lugar. En las semanas que pasan solos, entre los pasillos vacíos del liceo y la nieve que no deja de caer, densa y luminosa, tienen que aprender a soportarse. No hay spoilers, porque historias como esta tienen un solo destino: ver de qué manera esas piezas van a encastrar. Sabemos que el puzzle, al final, va a estar armado. La cuestión es cómo se llega hasta allí. Y cuántas risas y lágrimas quedan por el camino.

Es atinado apuntar que ninguno de los tres personajes llega del todo sano a las vacaciones de Navidad. Como el resto de los individuos que pululan el universo cinematográfico de Payne, todos cargan cruces: Angus arrastra una historia familiar compleja, Paul la sensación de una vida en punto muerto —además de un alcoholismo nada oculto— y Mary la reciente pérdida de su hijo en Vietnam. Pero el drama es parte de la vida, Payne ya lo ha mencionado varias veces de formas más y menos explícitas, así que Los que se quedan, al margen de ese background, está lejos de ser una película de golpes bajos. De hecho, lo que más se escuchará en cualquier función más o menos llena serán las risas —aunque una risa más bien apagada, esa que funciona más como gesto cómplice con la situación, que un estallido sin control—.

Así las cosas, el regreso de Payne luego de la fallida Pequeña gran vida es una historia contenida dentro de los límites de este liceo despoblado y silencioso, pero también está encerrada en el pecho de estos descastados que, poco a poco, dejarán entrar el aire a las habitaciones viciadas. Literal y figurativamente. El director, hábil tejedor de vínculos humanos en sus ficciones, logra extraer toda la humanidad posible de las impresionantes actuaciones de Sessa, Giamatti y Randolph, y resulta lógico ver que los tres hayan recibido aclamaciones unánimes y nominaciones por doquier. De hecho, seguramente Da’Vine Joy Randolph se lleve el Oscar a Mejor actriz de reparto, mientras que Giamatti le está peleando del de actor principal a Cillian Murphy. Poco se ha dicho sobre la forma en que la Academia ignoró a Dominic Sessa: es su debut absoluto en el cine y deja una huella imborrable. Otro hallazgo más de Payne. En una suerte de consuelo, la película opta por otros tres premios, incluido el de Mejor película, donde no está tan mal parada en lo previo. Difícil ganarle a Oppenheimer y su bomba atómica, cuya onda expansiva parece implacable, pero cosas más raras se han visto.

Volviendo a la película, hay que apuntar que por momentos Los que se quedan se siente como de otra época. Al margen de la fotografía de Eigil Bryld, que a partir de su granulado y unos tonos más bien ocres trabaja en pos de que todo se vea como una cinta de la década de 1970, hay algo en la puesta en escena de Payne que va contra cierta idea de lo que el cine —al menos el cine en el que él está inmerso, la industria donde él trabaja— debería ser. Ya la preciosa Nebraska (2013) hablaba de una manera de entender los relatos por fuera del cinismo rampante de esta era, y descolocaba (para bien) al espectador. En este caso, la apuesta parece redoblarse. No existe el mundo donde estos tres personajes no se curan. No hay espacio para ver el hundimiento final de Paul, la debacle de Angus, el lamento de Mary, porque incluso si eso sucede, el tamiz a partir del cual lo vamos a ver no estará vinculado al regodeo. En el cine de Payne, en Los que se quedan, el arco de los protagonistas sigue siendo el que creemos conocer, y el que nos conduce con entusiasmo y emoción a un final que esperamos y que expande su calidez final sobre la platea. Porque en su mundo hay espacio para que, incluso si todo sale mal, las cosas salgan bien. Es una cuestión de abrazar la liminalidad. Una frontera por la que hay que aprender a caminar.

Se trata de saborear el gusto agridulce de la vida. Y de disfrutarlo, si es posible. 

Payne, en una entrevista con The Guardian, lo definió así: “Los griegos tienen una palabra: harmolipi. Felicidad y tristeza juntas, combinadas. En Grecia, las dos máscaras siempre iban unidas. John Ford solía decir: 'Soy John Ford y hago westerns.' Yo digo: 'Soy Alexander Payne y hago comedias', porque intento mantener una actitud cómica, incluso en el material dramático. Mantenerlo ágil, mantenerlo encantador. Pero así es la vida, ¿no? Y es una analogía cursi, pero la vida no son notas individuales, son acordes. Tonos menores y tonos mayores. Harmolipi, agridulce."

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