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El embajador Espinosa le entrega cartas credenciales a la Reina Isabel II

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Los uruguayos que conversaron con Isabel II en el Palacio de Buckingham

Los diplomáticos uruguayos en Londres fueron quienes más posibilidades tuvieron de conocer y conversar con la monarca a lo largo de 70 años de reinado

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09 de septiembre de 2022 a las 05:02

Se abrieron las puertas y ahí estaba ella, parada al fondo de la sala con su metro sesenta, el vestido floreado y la cartera colgando del brazo derecho. Entonces el embajador Agustín Espinosa recorrió los 60 metros del salón 1844 por la alfombra que lo llevaba hacia Isabel II. Se paró a un metro de distancia, tal como le había instruido el Marshall de la Corte en las sesiones preparatorias, y estiró su brazo para responder al saludo de la monarca que para ese entonces ya reinaba hacía 46 años. 

La ceremonia de presentación de cartas credenciales ante la Corte de St. James acababa de comenzar. Pero la preparación para que la delegación diplomática uruguaya en el Reino Unido desembarcara en el Palacio de Buckingham había empezado varios días antes, cuando el nuevo embajador uruguayo en Londres se había interiorizado de los pormenores del estricto protocolo que debía cumplir para presentarse ante la reina.

El solemne ritual diplomático se iniciaba con tres carrozas que pasaban a buscar a la delegación. El Marshall de la Corte sugirió que partieran del hotel The Dorchester porque las carrozas no podrían ingresar por las estrechas calles en donde estaba ubicada en ese entonces la embajada uruguaya, en el 1 de Cambden Hill, propiedad que tenía el segundo jardín más grande de la ciudad después de los Kensington Gardens. 

Espinosa y el Marshall de la Corte antes de subirse al carruaje

A la hora indicada estaba Espinosa vestido de frac, sombrero y cinco de las seis altas condecoraciones que había recibido durante su carrera. Entonces el carruaje se echó a andar, con Espinosa y el Marshall encabezando, y los diplomáticos y agregados militares de la embajada atrás. 

Con el tránsito paralizado, el carruaje agarró todo el Mall desde Trafalgar Square hasta el palacio. Los turistas miraban y los londinenses refunfuñaban. Se abrieron los portones de Buckingham que dan al monumento de la Emperatriz Victoria, pasaron por debajo de una arcada y llegaron a un gran patio. Recorrieron varias salas hasta llegar a una en donde el personal del palacio revisó las últimas instrucciones: la delegación esperaría ahí mientras durara el encuentro entre el embajador y la reina. Luego ellos también pasarían. 

Espinosa y el Marshall de la Corte en el carruaje

Espinosa se inclinó levemente y le acercó la mano con delicadeza mientras sostenía sus cartas credenciales con la izquierda. El fotógrafo del palacio tomó la foto, la primera que se permitía en este tipo de encuentros. Ella lo recibió con una cálida sonrisa que le dio un refugio de comodidad. Entonces recordó cada una de las palabras que el Marshall le había dicho en sus encuentros anteriores.

La reina llevaría el curso de la conversación. No podía hablar si ella no lo hacía y mucho menos preguntar. La distancia física también era emocional: no había espacio para efusividad ni gesticulaciones. 

Todo eso que lucía complicado se volvió una tarea simple. Ella tenía claro cómo hacerlo sencillamente porque lo había hecho durante toda la vida. 

El cortesano de Isabel II también le transmitió que a su monarca tenía afinidad por los perros y los caballos, por lo que si ella traía el tema a colación tendría un conducto seguro a una conversación con ida y vuelta. 

Sin embargo, Espinosa pronto se dio cuenta que no hablaría de animales y que el diálogo se había vuelto mucho más animado y duraba más de lo que había proyectado, sobre todo porque la reina también conversaba bastante más de lo que él había imaginado. 

Le preguntó cuándo había llegado, cuáles habían sido sus destinos anteriores y se interesó por una de las condecoraciones –la Gran Cruz de la Orden de Solano López, con la que lo había distinguido Paraguay–, un detalle que se repitió cada vez que volvió al palacio. 

Pero la reina también le dedicó algunos minutos a hablar de Uruguay. 

Isabel II recordaba perfectamente las visitas oficiales de miembros de su familia al Uruguay. La de su tío Eduardo VII, que había abdicado al trono, y que fue recibido como Príncipe de Gales por el presidente José Serrato en el puerto de Montevideo el 14 de agosto de 1925.

Ese día pasó revista a las tropas uruguayas desde un balcón en la casa de gobierno frente a la Plaza Independencia antes de almorzar con la Sociedad Rural en el Prado, ver Madame Butterfly cantada por Dalla Rizza en una gala en su honor en el Solís, asistir a un baile en el Club Uruguay y poner la piedra fundamental del British, entre otras actividades. Se hospedó en el Palacio Taranco y volvió a pisar Montevideo en otra gira seis años después. 

También recordaba la visita de su esposo Felipe, el Duque de Edimburgo, en 1962 que degustó un asado con cuero en San Pedro del Timote, y la de su hija Ana años después para un concurso ecuestre.

(Un año después, en 1999, el palacio le encomendaría a Espinosa que gestionara un invitación para Carlos, el heredero de la corona, que tuvo una larga charla con el entonces presidente Julio María Sanguinetti y se disgustó con la arquitectura de la rambla montevideana y puntaesteña).

Isabel II avanzó en la conversación y manifestó el reconocimiento de su estado por el apoyo logístico que Uruguay había brindado en momentos difíciles de la Guerra de las Malvinas, sobre todo posibilitando el uso portuario en circunstancias excepcionales para el transporte de soldados heridos y elementos médicos. 

Espinosa entonces se dio cuenta que la reina también tocaba temas políticos.

Cuando el diálogo personal concluyó volvieron a abrirse las puertas e ingresó el resto del personal de la embajada. Espinosa introdujo a cada miembro de su equipo, que estaban acompañados por sus parejas. Isabel II tuvo una palabra para cada uno de ellos: si tenían hijos, si iban al colegio, si les gustaba Londres. 

Pasada la media hora se terminó. Espinosa se retiró caminando hacia atrás y las puertas Buckingham se volvieron a cerrar.

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