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23 de abril 2022 - 5:04hs

Se autodefine “anarco capitalista”, reivindica la denominación “libertario” como forma de llevar con orgullo las ideas antiestatistas en un país donde estaba instalado como insulto la expresión “neoliberal”. Y también impuso el término “casta” para referirse en forma peyorativa a la clase política. Javier Milei es el hombre del momento. Lo han comparado con Jair Bolsonaro y con el mismísimo Donald Trump.

Ya sea para elogiarlo o para criticarlo; para catalogarlo como la gran renovación de la política argentina o para desestimarlo como lo mismo de siempre bajo un nuevo envoltorio de marketing, lo cierto es que todos hablan de él. Y no faltan motivos: los sondeos de imagen lo muestran ubicado en segundo lugar, sólo detrás del jefe de gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta. Y, algo que parecía imposible hasta hace pocas semanas, ya se habla de él como un presidenciable con vistas a la elección de 2023.

Además, hay ciertos condimentos que, según analistas, contribuyen para que se lo tome en serio: Primero, muestra un altísimo nivel de conocimiento a nivel nacional, algo que envidian muchos dirigentes del interior que no logran trascender más allá de sus ámbitos locales.
Segundo, su popularidad aumenta a medida que la crisis económica se hace más grave, por lo que en un contexto de inflación desbocada -en marzo, Argentina registró el segundo índice más alto del mundo, después de Rusia, y por encima de Venezuela-, su nivel de apoyo aumenta.

Y tercero, está ganando apoyo en dos segmentos de la población que parecían ser coto exclusivo del kirchnerismo: los jóvenes y los barrios de emergencia conocidos popularmente como “villas miseria”.

El ascenso de la antipolítica

Cuando se mira semejante cuadro, parece difícil de creer que se esté hablando de un economista fanático de la escuela austríaca que empezó su recorrido político como invitado en los estudios de televisión, dejando algo descolocados a sus interlocutores al hablarles sobre Ludwig von Mises o Friedrich von Hayek. Pero claro, lo llamativo en Milei no era tanto el contenido de su discurso sino su vehemencia, que no pocas veces lo llevó a terminar a pelearse a los gritos y a insultar a los contrincantes. Además, lo ayudó su inconfundible aspecto, que probablemente sería desaconsejado por cualquier asesor de imagen: una melena alborotada, permanentemente despeinada, que crea un raro contraste con su vestimenta formal, siempre de traje oscuro.

Los canales de televisión empezaron a convocarlo, y no solamente para los programas de análisis político del cable, sino también en los de variedades de TV abierta, donde su personalidad extravagante garantizaba puntos de rating. Milei aprendió rápidamente a adecuar su performance para cada público: en los programas políticos desplegaba su arsenal técnico liberal para explicar la teoría monetarista de la inflación, mientras que en los programas de público masivo arengaba a rebelarse en contra de la “casta parasitaria” formada por los políticos que ponen impuestos al sector productivo.

Lento pero seguro, su prédica se fue transformando en liderazgo. Empezó a hacer giras por el interior, donde se presentaba en teatros, donde la gente pagaba entrada para escuchar sus furiosas diatribas contra el avance estatista, en un extravagante show matizado con números musicales.

Como suele ocurrir con estos personajes, al principio fue ignorado por completo por el establishment político. Luego, cuando dio el salto y se presentó como candidato, logrando un sorprendente 17% de apoyo en Buenos Aires, se lo calificó como “una expresión de la antipolítica”, un fenómeno del voto bronca por parte de aquellos peronistas enojados tras la cuarententa y la crisis económica.

Pero los meses pasan y ya todo el sistema político lo empieza a tomar en serio. Como mojón simbólico, su legitimación internacional vino de la mano de un artículo publicado en el Washington Post, titulado: “Sortea su salario y podría ser el próximo presidente de Argentina”. El autor se asombra de su prédica liberal en un país tradicionalmente estatista.

También politólogos influyentes, como Jaime Durán Barba, dan cuenta de que es un fenómeno a considerar. “Sin dudas en un caso de estudio, lo sigo detenidamente”, afirmó el consultor, que asimila la candidatura de Milei con el ascenso de otros políticos “antisistema” como el peruano Pedro Castillo o el chileno Gabriel Boric.

En tanto Mariel Fornoni, directora de la consultora Management & Fit, define: “Hoy, Milei es el receptor de la frustración de la gente”. Y agrega que hacía mucho tiempo que las encuestas no mostraban calificaciones tan bajas en la imagen de los políticos tradicionales.
Y la politóloga Ana Iparaguirre plantea un temor común a muchos: que el atractivo que despierta el discurso virulento de Milei sea el emergente de un sesgo antidemocrático en la sociedad argentina.

Oposición, entre alianza y repudio

Lo cierto es que el ascenso de Milei en las encuestas introdujo un nuevo tema de debate en los partidos, donde todavía no está del todo claro cómo encarar el fenómeno.

En la oposición hay una clara división. De un lado, están los que creen que hay que pactar con Milei, porque de lo contrario podría dividir al electorado anti-kirchnerista. El propio Mauricio Macri es uno de los que busca ese acercamiento.

Y del otro lado están los que quieren mantenerlo apartado, porque su perfil de candidato “anti sistema” podría dañar la imagen de toda la oposición. En esa postura se ubican la Unión Cívica Radical y el sector de Elisa Carrió, quien acaba de dar una definición tajante: “Está muy bien coacheado, dice lo que la sociedad, y sobre todo los jóvenes, quieren escuchar, lo que no dice es el desastre que va a quedar en el medio con millones de personas”.

También es elocuente el rechazo que expresó el senador Martín Lousteau, también una figura “presidenciable” vinculada a la UCR. Lousteau calificó a Milei como “un populista de derecha, que hablan en eslóganes” y advirtió que “si tuviera poder, sería peligroso”.

El propio Milei se encarga de hacerle difícil la situación a la coalición opositora, ya que mientras muestra su disposición a aliarse con los “halcones”, como Patricia Bullrich, no ahorra críticas ni epítetos insultantes para los opositores de “línea blanda”, como Horacio Rodríguez Larreta, a quien calificó como “zurdo de mierda” y “pelado asqueroso”. Expresiones que hacen difícil imaginarlos compartiendo foto de campaña.

¿A Cristina le juega a favor?

Pero no solamente la oposición se preocupa. También en el kirchnerismo ven con preocupación el fenómeno Milei, porque ha resultado atractivo para el electorado joven, lo cual socava la base electoral de Cristina Kirchner.

La propia vicepresidente demostró que no desconoce el fenómeno: en sus últimos discursos empezó a incluir reflexiones sobre el valor de la libertad y llamó a los jóvenes a no desvincularla del principio de la solidaridad “y que los demás revienten”.

En los últimos días se intensificó la especulación respecto de si a Cristina le resulta funcional el fenómeno Milei, y no faltan analistas que creen que puede estar pensando en fomentar su crecimiento para dividir el voto opositor y evitar que el macrismo gane en la primera vuelta.

Milei y el teorema de Baglini

El interrogante del ámbito político es si, en la medida en que siga mejorando en las encuestas, Milei mantendrá su personalidad agresiva o si irá puliendo su figura para hacerla más aceptable por el electorado mayoritario.

Hasta ahora, Milei provocaba escándalos en los programas de TV al anunciar que, en caso de llegar a la presidencia, no dudaría en tomar medidas radicales como cerrar el Banco Central o despedir empleados públicos. Y sorprendió a la clase política al votar en contra del acuerdo con el FMI.

Sin embargo, en las últimas semanas se empezó a notar una suavización en el tono de sus propuestas.

Muchos ven allí un síntoma de lo que en Argentina se conoce como “teorema de Baglini”. Se trata de un principio enunciado por un político radical en los años ’80, según el cual la audacia de las propuestas de un candidato es directamente proporcional a la distancia que los separa del poder. Eso implica que, a medida que un dirigente ve que sus chances de llegar a la Casa Rosada van creciendo, sus propuestas son menos altisonantes y empiezan a tomar en cuenta las restricciones que impone la realidad.

En todo caso, los politólogos afirman que su camino todavía debe superar muchos obstáculos. Como Durán Barba, que hace una advertencia: “Tiene mucha fuerza. Pero me da la impresión de que en las últimas semanas está cayendo en la enfermedad mortal de los políticos, que es la egolatría, se siente ya presidente. El que se cree presidente normalmente termina en la casa y eso le puede pasar a Milei”.

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