21 de febrero 2018 - 5:00hs

El ámbito político argentino ya entendió que lo que está en juego en los próximos días es mucho más que el éxito o el fracaso de una marcha sindical de protesta contra la política económica del gobierno. Ni se agota en un round político entre el presidente Mauricio Macri y el líder sindical Hugo Moyano.

Más bien, lo que ocurrirá será un test sobre qué tan sensible sigue siendo la clase media argentina ante el poder de Moyano para congelar toda la logística.

Por lo pronto, ya se notó el nerviosismo de cuatro días sin banco, gracias a la medida de protesta convocada por Sergio Palazzo, líder del gremio bancario y a esta altura principal aliado de Moyano.

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La prolongada falta de atención en sucursales no solo afecta la operatoria comercial sino también el cobro de jubilaciones y, además, afecta la reposición de los cajeros automáticos. Es una de las situaciones que típicamente exasperan a la clase media, que en los últimos días se abalanzó sobre las terminales bancarias para hacerse de dinero cash.

Además, el viernes empezó una medida de "trabajo a reglamento" –lo que en definitiva significa un servicio reducido– en otra área sensible como la recolección de residuos urbanos, que suele tener mayor impacto en épocas de altas temperaturas.

Lea también: El round sindical de Macri: el enemigo elegido es Moyano

Para completar el cuadro del "poder de fuego" de Moyano, otros dos gremios que le responden directamente están bordeando el conflicto, con el argumento de reclamos salariales. Se trata de los transportistas de caudales y los camioneros del sector combustible.

Es decir, la "paralización del país" podría llegar a ser literal si las estaciones de servicio se quedan sin nafta, al tiempo que el malhumor social podría crecer si se agravaran los problemas de abastecimiento de efectivo en los cajeros.

Restos de poder absoluto

Hay que remontarse a 2012, en los días en que Moyano estaba enfrentado políticamente con la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner, para recordar una acción combinada de tal magnitud por parte del líder camionero.

Hay algunas similitudes entre aquella época y la actual: en ambas Moyano siente el acoso judicial por sospechas de enriquecimiento ilícito y lavado de dinero y en ambas el sindicalista cree ver una instigación por parte del gobierno para que avancen esas investigaciones.

Pero ahí terminan los parecidos. Porque el resto del escenario es diferente, empezando por el propio Moyano, cuyos nuevos gestos agresivos no parecen tanto una demostración de poder sino de debilidad.

La marcha de protesta contra la política económica prevista para el miércoles sufrió una serie de sucesiones en cadena que es motivo de burlas en las redes sociales.

En esa marcha acotada al gremio camionero y algunos aliados circunstanciales de organizaciones piqueteras y de la central sindical de izquierda, el desafío de Moyano es convencer a la opinión pública de que, efectivamente, lo que lo mueve es la oposición a la política económica y no el cuidado de su propia situación judicial.

Todo un contraste con los días en que Moyano ostentaba el liderazgo indiscutido del movimiento sindical, de la mano de su alianza con el fallecido presidente Néstor Kirchner. Era un acuerdo que, con ojos de hoy, puede parecer raro, pero que en su momento tenía lógica.

El presidente recién asumido con apenas 23% de los votos se garantizaba un fuerte respaldo político y el alineamiento de la fuerza social con mayor capacidad de movilización.

Cuando la inflación empezó a ser un problema, Kirchner negociaba con Moyano cuál sería el tope para los ajustes salariales, de manera de que no hubiera desbordes que provocaran la temida espiralización de precios y salarios. Así, el sindicalista cumplía el rol de contención frente a los sindicatos más díscolos al establecer el "techo Moyano" en cada paritaria.

Moyano, por su parte, lograba para su gremio –el de los camioneros– una acumulación de poder, afiliando a miles trabajadores de otras ramas, como los repositores de supermercados y los obreros de descarga en los puertos.

Mientras Argentina recibía de lleno las ventajas del boom global de la demanda agrícola, el sistema de transporte pasó a depender más que nunca de los camiones y menos de otros medios de transporte tradicionales, como los ferrocarriles.

En menos de una década la carga transportada por los camiones aumentó 50%, debido a la suba en la exportación agrícola y también la mayor producción industrial. Y quien participaba en toda esa cadena logística, que va desde los campos sojeros y las plantas fabriles hasta los puertos, se convertía, por definición, en alguien poderoso.

Fue en esos días de acumulación de poder que en el ámbito político se empezó a atribuir a Moyano la participación societaria en empresas de recolección de residuos, logística, correos y proveedoras de sanatorios dependientes de los sindicatos.

También fue allí que su ambición política le ganó enemistades. Moyano solía compararse en público con Lula, entonces presidente de Brasil, y no ocultaba su aspiración de que algún día "un trabajador" llegara a lo más alto del poder político.

Funcional a Macri

Aquel Moyano con el que Kirchner no se animaba a confrontar suena a cosa del pasado. El macrismo no cree que siga vigente la capacidad desestabilizadora del sindicalista e, incluso, hay un sector del gobierno que argumenta que la pelea resulta funcional en términos electorales.

El enfrentamiento con un sindicalismo desprestigiado llega justo en el momento en el que empieza a ser cuestionado por su propia base electoral debido a problemas en la economía y por actitudes cuestionables de sus funcionarios.

De manera que el malhumor de la clase media ante los paros terminan sirviendo como recordatorio de por qué los macristas votaron a Macri: no tanto por amor a su plan de gobierno sino por espanto al peronismo.

Es posible que el propio Moyano perciba la situación, pero actúa con la lógica de quien no tiene alternativa. Su única arma es mostrar los restos de su poder de fuego, en un intento de que del otro lado se lea el mensaje entre líneas y se le asegure un ya improbable blindaje judicial.
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