El director Miguel Cohan adapta la novela "Betibú" de Claudia Piñeiro, siguiendo las pautas del policial clásico, al tiempo que se apoya en buenas actuaciones
En barrio privado, de esos que abundan en el gran Buenos Aires, un empresario es asesinado. El crimen es lo suficientemente morboso –el hombre es degollado en su estudio– y la víctima lo bastante famosa, como para que se active una singular cobertura mediática. Como parte de esa cobertura, un poderoso medio porteño destina a la Betibú del título, una escritora de novelas policiales otrora productiva pero que ahora se gana la vida como escritora fantasma de autobiografías de terceros, a vivir en el country mientras escribe una columna de opinión. A medida que pasa sus días en el lugar y va comprendiendo la lógica de cómo vive el fastuoso 5% de la población, una dupla de periodistas del mismo diario –uno veterano, cínico y de salida; el otro joven, recién llegado para ocupar el lugar del primero– realiza una investigación paralela por fuera de los muros del country, descubriendo que hay mucho más detrás del asesinato original.
A priori se puede ver que no hay nada nuevo bajo el sol en este policial dirigido por Miguel Cohan y en la novela original de Claudia Piñeiro. Pero esto no es malo per se. De hecho, muchas veces es más efectivo un relato bien contado, así la premisa no sea la más original, que tratar de descubrir la pólvora y, lógicamente, no lograrlo. Durante más de tres cuartas partes de Betibú se está ante una historia muy bien pensada, planteada y ejecutada. La intriga y el misterio que se va desarrollando están muy bien presentados y las pistas que se van sucediendo van enganchando convenientemente al espectador. La construcción incluso es la de una investigación periodística creíble y convincente, apoyada de manera natural en su pareja protagónica. Mercedes Morán compone a su Betibú con mucho acierto, una mujer algo desencantada de la vida que encuentra en esta oportunidad casual un reinicio para su chispa creativa. Hay un buen elenco y en general, no hay nada que falle. Es más, se puede afirmar que es uno de esos efectivos policiales argentinos que han nacido a la sombra y éxito de El secreto de sus ojos, muchos de ellos muy recomendables.
Hay dos aspectos, sin embargo, que, si bien no fallan, no funcionan tan bien. El primero es el de la “calidad literaria” de las columnas que Betibú va escribiendo desde el country. Todos los demás personajes quedan impresionadísimos por su contenido y talento, y cuando se escuchan en off son un tremendo cúmulo de lugares comunes, aliteraciones y prosa chata. No es fácil, practicamente es imposible, recrear la “genialidad literaria” en el cine y quizá lo mejor hubiera sido que no se escucharan nunca los escritos, dejando a la imaginación del espectador su supuesta genialidad. El segundo problema de Betibú es más complicado. Es de rigor que en las obras de este género, el policial de intriga, el “quién lo hizo”, deba cerrar con efectividad y convicción. En Betibú, donde todo cierra y se explica, hay un giro repentino hacia una historia de conspiraciones y de situaciones altamente improbables. El entramado generado se tambalea y, aunque no termina por caer, deja la impresión de una historia mucho menos contundente de lo que fue durante el resto del tiempo en pantalla.