Siempre resulta difícil escribir sobre fútbol con la razón cuando esencialmente es un tema de la pasión y el corazón, y a fin de cuentas es un entretenimiento. Pese a eso, toda la vida resultó muy complejo ser objetivo al hablar del mejor deporte del mundo porque soy hincha: siento y vibro como tal cuando juega Uruguay, el Montevideo Wanderers o mi equipo de la Liga Universitaria. Pero prometo que lo voy a intentar. Espero que no me gane el hincha.
El anuncio esta semana de la confirmación de una copa mundial de fútbol híbrida en tres continentes para 2030 dejó un sabor agridulce en todos los uruguayos y la confirmación de que el Estadio del Centenario se merece un homenaje mucho mayor al que anunció inesperadamente la FIFA presidida por el italiano Gianni Infantino.
Por esa cosa tan uruguaya de creernos en el fondo de nuestra aparente humildad los mejores del mundo, creíamos que iba a primar no sé qué conjuro para que la balanza se inclinara al sur del continente americano y que el mundial de 2030 se iba a jugar acá, en el Río de la Plata, en Montevideo, en nuestro Estadio Centenario.
Pero no fue así, en una extraña pirueta económico-política la FIFA eligió otras sedes, otras infraestructuras, otras estabilidades mucho menos riesgosas. La Copa del Mundo se va a disputar en la península ibérica y en Marruecos, norte de África. Para estos lares lejanos vendrían tres partidos: en Asunción, Buenos Aires y Montevideo.
Si lo razonamos con el corazón del hincha herido en su ego nacionalista es para mandar a la FIFA a freír papas, si le metemos razón es muy lógico lo que sucedió. Hace tiempo que el fútbol se transformó en un negocio planetario de dimensiones y volúmenes infinitos y que hoy esta parte del mundo no otorga las garantías necesarias para que el espectáculo sea perfecto. Porque en eso se ha transformado el deporte: en un show mediático que tiene que acaparar audiencias, sorprenderlas, seducirlas y darles lo que piden.
Por obra de los medios de comunicación y las redes sociales el mundo entero vibra con las jugadas de Lionel Messi o Cristiano Ronaldo. Es ese matrimonio hegemónico (medios/redes) el que logra que la humanidad siga a los equipos de la premier league inglesa o al Real Madrid con una familiaridad que se ha vuelto tan común que a nadie le llama la atención. Ni que hablar una Copa del Mundo. La pelota es motivo de conversación entre nacionalidades, religiones, razas y clases sociales y de negocios entre corporaciones mediáticas, firmas multinacionales y gobiernos de cualquier signo.
El fútbol tiene esa curiosa condición de que no importa dónde sea, con quién ni cuándo se juegue: todos al menos por 90 minutos respetan las mismas reglas y el resultado final. En un mundo cada vez más agrietado y partido en mil pedazos donde encontrar consensos es cada día más difícil, el fútbol logra paralizar las reivindicaciones religiosas, políticas, culturales y en un pacto poco común sus reglas son acatadas sin chistar. Por algo le dicen el deporte Rey.
Una anécdota: Copa del Mundo en Rusia, año 2018. Estaba con cuatro amigos de los tiempos universitarios en Moscú. Habíamos hecho escala rumbo a Samara. En la noche decidimos salir a caminar por la Plaza Roja. Nos pusimos la camiseta celeste de nuestra selección nacional. Los cuatro con la de Uruguay. La imagen habla por sí sola. La Plaza Roja estaba colmada de gente de distintas nacionalidades de todo el planeta. Todos con las remeras de sus países: los brasileros con amarilla, los alemanes con blanca, los croatas con la roja y blanca a cuadros; los japoneses, azules. Miles de miles de personas celebrando la fiesta del mundial. En medio de la multitud de camisetas estábamos los cuatros con nuestra celeste ―algo curioso porque Uruguay no jugaba en esa sede de la capital rusa― y en el medio del mar de colores, las cuatro gotas de color celeste se abrían paso entre la gente. Había personas que nos paraban y pedían fotos con el celular. Y no uno, fueron decenas. Todos asentían con la cabeza. Nos hicieron sentir orgullo por el respeto al viejo y querido fútbol uruguayo.
Por más que acá en Uruguay hacemos todo para destruirlo, es demasiado importante lo que significa nuestro fútbol para el posicionamiento del país en el mundo. En ese 2018 si no fuese por los Forlán, los Suárez y los Cavani para las grandes masas populares que estaban en esa plaza moscovita seríamos un país con un nombre raro en algún lugar entre las Maldivas y Nueva Zelanda. Sin embargo, nos ubicaban.
Por lo antedicho, si a la FIFA le queda aún algo del espíritu original de aquellos locos ingleses que empezaron a patear una pelota en los descampados a fines del siglo XIX, que al menos se juegue un partido en el estadio donde se jugó la primera final de una Copa del Mundo organizada enteramente por la FIFA al cumplirse 100 años suena razonable, por poner una palabra. Les queda algún de resabio de sentido común. No pudieron ocultar la historia ni mirar para el costado.
Pero en el fondo, dejando de lado la conveniencia del negocio, la FIFA nos tendrían que haber dado la Copa del Mundo. Somos un relato demasiado increíble. Ideal para recordar las raíces de un deporte sagrado, pese a lo que se ha convertido. En 2030 tenemos que aprovechar la oportunidad, por más pingue que sea, para que la Tierra se entere de quiénes fuimos y quiénes somos. Como ya lo hicimos en el '24, el '28 y en 1930, y en el '50 y las 15 copas América y los juveniles campeones del mundo en Argentina… ¡Uruguay nomá'! Vamos a taparles la boca al Infantino este y a todas las heladeras de la FIFA, porque, a fin de cuentas: ¿qué saben estos de lo que es el fútbol? A un uruguayo le quieren a explicar.