La trascendencia de la nueva era iniciada ayer en Argentina, de importancia para Uruguay, relega a un segundo plano la degradación impuesta por Cristina Fernández de Kirchner a la transmisión presidencial. Víctima de rencores e incapaz de absorber su derrota electoral, la expresidenta evidenció hasta último momento la enfermedad de poder y las ínfulas personalistas que marcaron sus ocho años de gobierno autoritario. Pero sus descortesías hacia Mauricio Macri y su quebrantamiento del protocolo usual en cambios democráticos de gobierno, con su ausencia en el traspaso de mando, se esfumarán rápidamente en el anecdotario de los sainetes kirchneristas.
Queda, en cambio, el vital trabajo que tienen por delante el nuevo presidente y su equipo para sacar a flote a un país al borde del naufragio. Las arcas estatales fueron vaciadas por el despilfarro del kirchnerismo, agravado por gastos desorbitados y nombramientos masivos en sus días finales para complicarle aun más la vida al nuevo gobierno. Macri buscará un rápido apuntalamiento mediante créditos y algún retorno de capitales, facilitados por la confianza que, dentro y fuera del país, genera su administración. Pero enfrenta al mismo tiempo otras muchas prioridades urgentes.
Tiene que terminar con el desorden del cambio múltiple y eliminar el cepo cambiario, que ha dejado al país sin importaciones esenciales. Urge bajar una inflación que se acerca al 30% y un déficit fiscal del 6% del PIB, así como retomar crecimiento a través de más producción y exportaciones, para bajar la pobreza que el kirchnerismo ocultó. Le será esencial culminar exitosamente sus negociaciones con gobernadores provinciales peronistas, aunque no todos kirchneristas, facilitadas por su dependencia financiera de los aportes del gobierno central. Como los gobernadores pesan en cómo votan los senadores de sus provincias, estas alianzas ayudarán a Macri a paliar su minoría parlamentaria al momento de aprobar leyes.
La marcha de Macri en la gigantesca tarea que tiene por delante en estas y otras muchas áreas incidirá en Uruguay, castigado por todos lados por los funestos 12 años de kirchnerismo. El nuevo presidente y ministros de su administración han prometido un mejoramiento de las relaciones rioplatenses, fracturadas por el matrimonio Kirchner. A medida que avancen las medidas anunciadas de normalización financiera y apertura comercial, el sector que puede recibir los beneficios más voluminosos es la construcción, área dependiente en gran parte de inversiones argentinas que se habían secado en los últimos años. También el turismo mejorará algo, pese a la dura competencia del abaratado Brasil, así como las exportaciones comerciales derrumbadas por el proteccionismo kirchnerista.
Pero sectores importantes del agro sentirán el impacto adverso de capitales argentinos que se habían radicado en explotaciones agrícolas en Uruguay, huyendo de la inseguridad creada por los Kirchner, y que ya están volviendo a su país, como lo refleja la baja de hasta 30% en precios de campos. Todo indica que hay sectores de nuestro país que se beneficiarán rápidamente, otros más tarde y otros que enfrentarán inconvenientes. Pero es una realidad probada que a Uruguay le sirve que le vaya bien a Argentina. Y al renacer de nuestro vecino rioplatense apunta la firme esperanza generada por la instalación de un gobierno eficiente en reemplazo de otro de gestión ruinosa.