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Óscar Andrade, en la casa donde vive, en San Luis.

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Óscar Andrade, el obrero topadora que levanta el puño en el Senado

Lideró uno de los sindicatos más fuertes del país, pasó por Diputados y ahora da batalla en el Senado; lucha contra su propio caos y se ve como uno de los líderes de la izquierda necesarios para que el Frente Amplio vuelva al gobierno

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28 de agosto de 2021 a las 05:00

Atenea ve llegar gente a la casa de Óscar Andrade y se florea. Era callejera, marca perro, de las que se van quedando en obras hasta que alguien las adopta. Este invierno lo pasó adentro. Pero el senador se queja: “Es una inútil, ni ladró, es una desgracia”.

El martes 24 a las 7 de la mañana, Andrade (47) oyó un grito de su hija, Mahiara (22). 

—¿Te caíste? —le pregunta desde su cuarto. 
Y otro grito.

Alguien había entrado adonde estaba durmiendo, le robó el celular, la computadora y un kindle.

Es una casa a medio hacer, con las paredes pintadas de rojo intenso y, sobre todo, caótica: en la barra de la cocina hay frascos de café casi vacíos, dientes de tiburón, suvenires de Cuba, un adorno de Punta del Diablo de la lista 1001, un encendedor, cuchillos. Otro adorno. Una quematuti un poco oxidada con una pintura del Che Guevara arriba.

En el otro piso, una biblioteca hecha de ticholos y tablas, llena de libros sin acomodar y papeles apilados. El suelo repleto: juego de cartas desparramadas, un tablero de ajedrez, piezas de un puzle, una bolsa de granola, tapas de llaves de luz, una tabla de mesa de ping pong, una bandera del Sunca, cinta de pintor, un frasco que pudo ser de protector solar o de crema humectante, un cuadro que tiene pintada su cara, un marcador flúo celeste y una caja abierta de pictograma. 

—Toda la vida fui un caos —admite mientras toma un mate en una mesa de madera cruda que tiene en el comedor.

Esa casa es mucho más que lo que tuvo en Villa Felicidad, un pueblo entre Progreso y Joanicó que fundaron sus abuelos. 

La madre, Margarita, juntaba el pan del día anterior de las panaderías, leche en polvo, y armaba la cena para los del barrio. Después tuvo merendero y más adelante fue cuidacoches.

Andrade era un niño pero se acuerda de conversaciones de adultos en la que algún vecino preguntaba.

—Margarita, ¿por qué para arriba y para abajo?
—¿Cómo te podés quedar tranquilo? Son gurises del barrio, son tuyos. 

Vivían los cinco hermanos —él es el segundo—, la madre y el padre en una pieza en lo de su abuela, con el baño afuera. Después pasaron al mismo barrio, a una construcción de 32 metros cuadrados, con baño adentro: eran ricos. Al tiempo, la casa se agrandó. El padre se fue con otra mujer y la madre tuvo a su sexta hija. 

Andrade de niño y su familia, en Villa Felicidad.

Primero panadero, después carpintero y albañil.

Andrade terminó el liceo cuando ya era dirigente sindical, a los 25 años, en el liceo Bauzá, donde Graciela Bianchi ya era directora. Hizo dos años de Humanidades —quería estudiar historia— pero abandonó en 2004, cuando se venían las elecciones. 

Cree que seguir la educación formal le hubiese ayudado a procesar los conceptos de manera más ordenada: picotea a la vez ensayos de un geógrafo irlandés, el último libro de Gerardo Caetano, repasa conceptos de Hobsbawm, otro libro sobre los resultados de la pandemia, trabajos de Barrán sobre el proletariado rural y un trabajo de Clacso sobre los 200 años de Marx. 

—Mahiara es un relojito. El del medio, Leandro (15), le dice: "Sos tan nerd que duele". Estudia de una manera que la envidio en lo ordenado.

Son los dos mayores —tiene tres hijos— y militan: ella, en la Unión de la Juventud Comunista; él participó en la juntada de firmas contra la ley de urgencia. Al padre se le cae la baba.

Cuando le pedían para acompañarlo a trabajar en la brigada solidaria Agustín Pedroza, adonde va algunos fines de semana a construir con el Sunca, se babeaba más.

En su casa se muestra con la guardia baja, apaciguado, tranquilo. Es el Andrade que nunca se deja ver arriba del tablado, el del micrófono en mano, la cara seria y rígida, el vozarrón grave y cascado y listo para levantar la voz cuando el tema lo enciende. 

Aunque en el Sunca siempre hay alguien dispuesto a matizarlo. “Tiene un carácter fuerte, dentro de lo amable. En el ámbito que nos movemos, tenemos una forma de ser así, que parecen tonos soberbios, pero siempre dentro del respeto”, minimizó Miguel Duarte, dirigente de los obreros que compartió con él la época de sindicalista. En el sindicato de obreros de la construcción, Andrade se ganó el respeto a tal punto que no hay quien le marque un pero. 

“Para nosotros es un orgullo. Siempre está, es la necesidad del otro por encima de la propia. Nos despierta una envidia sana. Trato de no ver el lado débil. Somos muy reservados. Sus debilidades son suyas”, zanjó Duarte.

Pero cuando Andrade apura la topadora comete errores.

Quienes trabajaron con él en las brigadas solidarias del Sunca lo dicen: precisa su espacio, porque es atropellado y, con esa energía, si estás muy cerca, capaz que te comés un revoque.


Brigada Agustín Pedroza

Después hay otras versiones de Andrade topadora.

Ejemplo 1: el histórico obrero de la construcción no pagaba contribución inmobiliaria acorde y tampoco tenía regularizados los planos de su casa. Primero respondió a la defensiva, contraatacó, se mostró como víctima de los bajos recursos pese a su sueldo de senador. Después sí, reconoció el error. 

Eso lo puso mal. Los que lo cruzan todos los días en el Palacio Legislativo —del oficialismo y de la oposición— lo notan.

Ejemplo 2: se acalora tanto en las discusiones que puede ignorar a una periodista durante más de 10 minutos, como lo hizo con Iliana Da Silva en el programa Las cosas en su sitio, de radio Sarandí.

Minuto 2,30 de la entrevista, Da Silva intenta:

—Óscar…
Andrade habla de los planos para el Banco de Previsión Social (BPS) con Juan Miguel Carzolio, el otro conductor del programa.

Minuto 4,06, segundo intento: 

—Ahora, Óscar, te hago esta consulta: vos hacés esta…
—¿Me entendés la diferencia? Perdón, me gustaría dejarlo claro… —le responde a Carzolio, y sigue el diálogo.

Minuto 5,28, tercer intento:
—Esa era la pregunta… 
Andrade la ignora y habla sobre sus deudas.

Minuto 5,40, cuarto intento:

—Esa era la pregunta que te quería hacer, Óscar.
Andrade sigue hablando con Carzolio sobre sus deudas, sobre su divorcio, su casa y su sueldo de albañil, y responde una nueva pregunta de Carzolio.

Minuto 11,26, quinto intento:

—Óscar, ¿y vas a aceptar…?
—¡Estuve cuatro años pagando el fondo de vivienda de la construcción! —intercambia con Carzolio.

Minuto 12,25, sexto, séptimo y octavo intento:

—Óscar…, a ver si… —Andrade le habla encima.
—Óscar, ¿vos me estás escuchando? Porque hace un ratit…
—¡Si vos me decís…
—¡Óscar!
—… que una trabajadora doméstica hizo una casa sin endeudarse nunca, yo la felicito! Pero la inmensa mayoría de los laburantes, cuando nos metemos a emprender una casa, nos endeudamos.

Minuto 12,30, noveno intento:

—Óscar, ¿vos me escuchás? ¿Me estás escuchando? Que desde hace tiempo que te quiero hacer una pregunta…
—¡Seguro, Iliana!

Hubo un intento número 11 y otro número 12.

—Entiendo que…
—La verdad que los invitaría a mi casa…
—Óscar, yo lo que te quería con…

En el intento número 13, después de llamarlo por su nombre nueve veces, a los 13 minutos 33 segundos de empezada la entrevista, Da Silva pudo preguntar: ¿iba a aceptar la ayuda de sus compañeros para pagar sus deudas? Contestó, por fin, que iba a hacer un convenio y pagar como pudiera, que fue lo que al final hizo.

Andrade lo admite: le cuesta escuchar a los demás. “Cuando estás sometido a mucha tensión, hay que bajar un cambio y escuchar más. Es una dinámica de estar siempre al palo, siempre teniendo que tomar decisiones y haciéndote cargo de esas decisiones. A veces hay que bajar la pelota”. 

Ese ímpetu de topadora hizo también que estuviera 10 años sin dar una nota a El Observador. ¿Por qué? En la redacción nadie lo tiene muy claro, la mayoría ni siquiera estaba en ese entonces. Andrade dice que fue una tapa  con la que no estuvo de acuerdo. Todo este tiempo, ante cualquier intento, la respuesta era: “No hablo con El Observador”. Y piiip, piiip, piiip. O daba vuelta la cara en medio de la calle cuando sabía de dónde venían las preguntas.

“Es que es pasional. No es calentón, es enérgico”, describe el diputado Gerardo Núñez, que lo conoció en la militancia del Partido Comunista hace 20 años.

Un mameluco anaranjado en el Parlamento

En el Palacio Legislativo, el senador también muestra varias versiones. El del plenario es, como todo lo anterior, el Andrade topadora: grita, mueve las manos, levanta los brazos, gesticula.

La senadora colorada Carmen Sanguinetti un día no aguantó más: aprovechó que Andrade no estaba, se abalanzó sobre su banca y buscó cualquier botón que hiciera posible bajarle el volumen del micrófono. 

—Óscar, ¡no estás en la asamblea, acá tenés micrófono! —llegó a decirle una vez Sanguinetti, saturada por el griterío.

Para la senadora blanca Gloria Rodríguez, con quien comparte el plenario y las comisiones de Vivienda y de Asuntos Laborales, a veces Andrade habla con propiedad y conocimiento, pero otras les da “un toque” a los debates y derrapa. “Que ‘doña María dice tal cosa’, y ¿qué doña María? Muy agarradito con alambre. Y habla 10 minutos sobre lo que le dijo la vecina. Y es reiterativo: los pobres, el hambre. No podemos usar tanto la pobreza y el hambre para llevar adelante el debate y quebrar al otro. Son temas sumamente sensibles. Mezclar un tema que no tiene nada que ver con la pobreza y con el hambre no está bueno”.

 

El de las comisiones, en cambio, es más calmado. A veces ni se siente. Él se excusa: hay sesiones que son tediosas.
Fue dirigente del Sunca entre 1996 y 2019, y ahí marcó uno de los logros que más lo enorgullecen: entró a Diputados como suplente y votó la ley de responsabilidad penal empresarial, que tenía a la entonces oposición y a las cámaras empresariales en contra. 

Afuera, unos 20 mil obreros rodearon el Palacio Legislativo para seguir el debate en pantalla gigante a la espera de los resultados, algo que desde la Cámara de la Construcción lo interpretaron como una presión peligrosa.

Al que le tocó negociar con él del lado de los empresarios fue Ignacio Otegui, que dirigió la cámara por más de 20 años. “Es un hombre que no es fácil de convencer de otra cosa de lo que él piensa. Lleva la discusión hasta el final para obtener el resultado que desea”, recuerda. Sin embargo, remarca que el vínculo que tiene el Sunca con la Cámara de la Construcción es único y que han logrado llevar adelante muchos proyectos en conjunto. 

Óscar Andrade, cuando era panadero.

Todo nació en Montes del Plata

Se acuerda de cada una de las obras en las que trabajó y las enumera en un orden extraño: de 2006 a 2009 en obra vial, de 2009 a 2012 en la refinería de La Teja, de 2004 a 2007 en obra vial, en 2003 estuvo sin trabajo y llegó a dormir en la sede del Sunca. De 2000 a 2002 arregló plazas y áreas verdes de la Intendencia de Montevideo. En 1999 trabajó en la obra de La Pasiva de General Flores y Luis Alberto de Herrera, en 1998 en el estacionamiento del shopping Punta Carretas. En 1997 en Pando, en la escuela Parque Estadio. De 1994 a 1996 en una torre de 10 pisos frente al Hospital Militar. 

De 2012 a 2015 en Montes del Plata, donde lo que vio no pudo borrarlo más.

Mario Andrezejuk, que había vuelto hacía un tiempo después de trabajar en Estados Unidos, cayó de una torre de 14 metros. Andrade estaba a unos 50 metros y cuando se acercó, lo vio con la cabeza partida. Pero estaba vivo.

—No me dejes morir —le dijo. 

Andrezejuk murió cuando llegó al hospital y a partir de ahí los trabajadores empezaron una huelga que duró una semana. Y fue el puntapié para impulsar la ley de responsabilidad penal empresarial. 

—Podés cobrar mejor salario, mejorar presentismo, mejorar categoría, todo eso vale. Pero ¿qué bandera más potente tenés que la de que menos compañeros se te mueran?

El hito de la aprobación de la ley de responsabilidad penal empresarial se lo reconocen incluso en el actual oficialismo. “Le falta la disciplina del estudio con docentes, pero estudia mucho. Le cuesta tener ecuanimidad en el discurso o seguir una línea argumental. Pero es sumamente inteligente y como autodidacta ha defendido la ley de responsabilidad penal con conceptos que me han sorprendido”, dice la senadora blanca Graciela Bianchi, con quien cada tanto tiene cruces fuertes en la comisión de Asuntos Laborales: “Con Óscar somos picantes los dos, tenemos ese tipo de vínculo, pero siempre con lealtad”.

Con Bianchi compartió en Diputados y en La tertulia en El Espectador. Los dos se conocen bien.
Una vez hicieron un asado en lo de Miguel Manzi, el otro integrante de La tertulia. Andrade se tomó un ómnibus desde La Aguada hasta Carrasco Norte y Bianchi lo fue a buscar a la parada. A las dos de la mañana, lo llevó hasta la casa.

—Graciela, no vayas a chocar. Si llegamos a tener un accidente, ¿cómo lo explicamos? 

Fue un viaje a las risas.

“Lo respeté siempre porque vive de acuerdo a lo que piensa, y se hizo a sí mismo. Tiene códigos”. Sin embargo, la senadora blanca ve que, desde hace un tiempo, Andrade está cambiado. Y se lo dijo:

—Tené cuidado porque se te subió la centuria a la cabeza, y eso es malo, porque vos venías bien.
—¿Te parece que me la creo?
—Sí, me da la impresión, te vi involucionar. Estás involucionando. 

Bianchi resume: se envalentonó. 

En los últimos años, Andrade dejó de ser el líder de uno de los sindicatos con más peso del país, un lugar en el que, por vocación, le hubiese gustado quedarse más. También es el líder natural del Partido Comunista —aunque el secretario general sea Juan Castillo— e integró el secretariado del PIT-CNT. Entró en Diputados, fue panelista del programa Todas las voces de canal 4 —y se adhirió a la Asociación de Prensa del Uruguay—, fue precandidato a la Presidencia y dio un debate en prime time con el precandidato colorado Ernesto Talvi. El comunista obrero de la construcción contra el académico liberal de Harvard, el debate más comentado del país en los últimos 30 años.

Y sí: no niega su exceso de confianza: se sintió en condiciones de ser presidente, se vio en ese lugar —"Yo ya me vi como presidente, ya me vi, y me sentí bien"— y cree que es una de las figuras de la izquierda que tiene que estar destacada si el Frente Amplio quiere recuperar el gobierno. 

Pero también es consciente de que su fuerza política no puede volver a cometer el error de no renovar figuras. Ahí, cuando el político se desvanezca y la topadora se calme, el Sunca, el lugar donde dice que “los obreros construyen castillos y viven en chozas”, vuelve a estar en su cabeza: “Si hay un lugar adonde volvería es a la construcción. Es mi casa. Ellos lo sienten así y yo también. No va a cambiar nunca”.

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