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Pablo Vierci: “Hoy es mucho más fácil delatar la hipocresía”

El escritor acaba de publicar El fin de la inocencia, una novela ambientada en 1968 que relata como una tragedia le cambia la vida de un grupo de amigos

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11 de noviembre de 2018 a las 12:05

La velocidad de las palabras que salen de su boca y se atropellan unas a otras contrasta con la lentitud de sus movimientos mientras sirve un café y le indica al perro que haga silencio para poder grabar la entrevista. Pablo Vierci, de 68 años, casado y con dos hijas, escritor, periodista y guionista de cine, se define a sí mismo como un ser obsesivo, que escribe para intentar transformar la vida. Por eso acaba de publicar El fin de la inocencia (Alfaguara), una novela que retrata la crisis de un grupo de amigos tras un grave accidente marítimo. Dice que solo se arrepiente del tiempo perdido, que su libro preferido es La fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa, y que nunca se olvida del día que presentó La sociedad de la nieve, el texto que escribió sobre la tragedia de Los Andes. Optimista por naturaleza, cree que lo mejor siempre está por venir.

¿Cuánto hay de su peripecia vital en esta última novela? ¿Cuánto de su juventud?
Mucho, esta es una novela donde yo decidí poner una gran cantidad de aspectos autobiográficos. Se puede escribir una novela fantástica o una realista, y se puede escribir en caliente o en frío. Yo escribo realismo y en caliente, me gusta poner todo los temas que no resolví en mi vida e intentar hacerlo desde la escritura. Porque la escritura trabaja sobre los recuerdos, sobre todo los dolorosos, los que no terminan de fraguar y siguen ahí perturbándote desde el inconsciente. Así que  la novela está hecha de retazos de imágenes de mi juventud. Como el protagonista de la novela, por ejemplo, a lo largo de mi vida he estado rodeado de accidentes que les sucedieron a otros. 

¿Por qué decidió ambientar gran parte de la novela en el año 1968?
Porque ese año fue el germen de muchas cosas que hoy vivimos como cotidianas. Es cierto que se perdieron muchas cosas en el camino y que no fue perfecto en ningún lado, pero le debemos mucho al Mayo francés. En Uruguay había violencia, estaba el MLN-Tupamaros y habían muerto tres estudiantes. En Francia se pedía libertad pero se apoyaban  regímenes autoritarios como el de Pol Pot. Había contradicciones, sí, pero 1968 también marcó un cambio en la forma de relacionarse las personas. Se modificó la relación hombre mujer, por ejemplo. En 1967, además, había salido la pastilla anticonceptiva, con todo lo que eso significó. 

Aquel mundo, aquel Uruguay, ya no es el de hoy...
Es verdad, pero yo hace 40 años que sostengo lo mismo: Uruguay es el país más igualitario que conozco. También el más republicano de toda Latinoamérica. Tenemos las instrucciones del año XIII, tenemos a José Pedro Varela con la escuela, a José Batlle y Ordóñez y las reformas que hizo antes que otros. Además tenemos una gran clase media. Que tiene sus matices, sus barrios, pero donde se mezclan, como en la novela, el hijo de un millonario con el hijo de un profesional. Eso es muy uruguayo y sigue igual.

Uno de los temas del libro es el manejo del poder, la sensación de omnipotencia de los jóvenes protagonistas…
Conozco muy bien esa sensación de omnipotencia. En mi vida vi hacer mil locuras, como desafiar a la naturaleza, creerse invencible. Esa sensación de llevarse el mundo por delante, muy propia de la juventud. Después el mundo te devuelve a la realidad, pero solo si tenés suerte, si no, igual te sale carísimo, como a los personajes del libro. Me fascina el tema de la omnipotencia en el ser humano. Freud decía que la tienen de verdad los niños, que sienten que todo es para ellos, que tienen ese sentimiento, diría, oceánico. Pero yo creo que también les pasa a los adultos y especialmente a los políticos.

“Hoy la sociedad uruguaya es menos hipócrita, en parte porque vivimos en el siglo de la transparencia. Yo tengo una visión optimista del ser humano, me parece que va adquiriendo cada vez mayor libertad”

Los personajes, ya en tierra firme, siguen como a la deriva. ¿Por qué?
Porque me interesaba mostrar como a veces creemos controlarlo todo y, sin embargo, todo lo que nos pasa sucede por causas ajenas a nosotros mismos. La novela muestra eso más allá del accidente marítimo; es una radiografía de todos los hechos que, combinados por azar, desembocan en ese acontecimiento. Muestra cómo trabaja el destino, cosa que a veces a simple vista no se ve.

Protagonistas intachables de la novela luego se develan como grandes hipócritas, gente que da cátedra pero que tiene doble moral…
Conocí demasiados ejemplos de doble moral y siempre me resultaron abominables. En la década de 1960 y 1970 todo era mucho más oculto, secreto. Lo del hombre con dos familias paralelas, como sucede en la novela, era común. Se sabía pero no se condenaba. Creo que tampoco había herramientas para sacar a la luz las cosas. Hoy la sociedad uruguaya es menos hipócrita, en parte porque vivimos en el siglo de la transparencia. Yo tengo una visión optimista del ser humano, me parece que va adquiriendo cada vez mayor libertad. Hoy es mucho más fácil delatar la hipocresía.  

Los personajes son complejos, ni buenos ni malos del todo. ¿Fue algo premeditado?
Sí, antes era todo blanco o negro, no había matices. Eran los buenos contra los malos. Era Bonanza. Hoy alcanza mirar una serie de televisión para ver que la gente quiere personajes reales, con claroscuros. El lector, el espectador, ha evolucionado y presentarle personajes puros no funciona, no tiene sentido. Yo conozco desde delincuentes a filántropos y todos tienen matices. Porque, en definitiva, esa es la riqueza de la condición humana. Cada uno de los personajes de la novela es ambiguo. Hasta al  más siniestro, le pongo un montón de razones para que llegue a ser como es. Y con eso le quito parte de la culpa, lo hago más humano. 

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