Después de hacer un correcto primer tiempo, Peñarol demostró en nueve minutos, a la hora del cierre, la fragilidad defensiva que padece, la debilidad emocional que lo atraviesa y la facilidad con la que cualquier equipo le puede hacer goles.
Darío Rodríguez logró darle orden al equipo en el primer tiempo donde el equipo defendió bien y tuvo un par de destellos en ataque donde se puso en ventaja.
Pero en el segundo tiempo erró los cambios. Sacó a Aguirregaray que era de lo mejor y puso a Ferreira. También sacó a Cristóforo que tenía controlada la zona media con Damián García, que hizo otro buen partido.
Y después defender bien, se durmió. Como en toda la Copa. Dejaron que cabecearan solo en un córner, en el área chica, y Cardozo se quedó sin reacción.
Después salió abajo y se jugó el físico ante la entrada del potente Aloisio. Pero el balón subió y le cayó llovido a Juninho que metió el 2-1 de cabeza.
Dos llegadas, dos goles.
Pero un total de 18 en la copa, a un promedio de 3 por partido.
Cero punto. Como nunca antes en la historia.
Peñarol se debe un replanteo gigante. Repasar su historia y volver a pisar la arena internacional para intentar honrarla. Tener un umbral mínimo de dignidad a la hora de competir. Lo que pasó fue vergonzoso, humillante. Como nunca se vio.
Tiene un ejemplo cercano: Nacional no falta a una Copa Libertadores desde hace 27 años, sabe cómo ganar de visitante, sabe superar alguna que otra fase y si bien nunca llega a estar en la definición, al menos compite. Y Peñarol, salvo dos campañones (2011 y 2021) totalmente salidos del contexto de su siglo XXI, no sabe ni cómo hacerlo.