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Política exterior: de cenicienta a princesa (o reina)

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09 de diciembre de 2019 a las 11:49

Ausente en los discursos de campaña, apenas enunciada en los debates, como una cenicienta que no recoge votos, la política exterior del nuevo gobierno que asuma el primero de marzo, se convertirá en una exigente protagonista de nuestra realidad. Y tal realidad indica que deberá abordarse sobre tres consignas fundamentales. La peculiaridad estará dada no porque éstas provengan de un programa, sino porque en buena parte serán impuestas por el imperio de las circunstancias. Estas son la cautela, el pragmatismo y la imaginación.

La cautela será necesaria, como una brújula en la mano, en el difícil cruce de un desierto mundial carente de certezas, de equilibrios y señales orientadoras. El Uruguay deberá hacerse su propio camino en sus vínculos regionales y globales, en una soledad desconocida, en medio de un Mercosur que comienza a temblar en sus fundamentos debido a la gran pulseada que vienen practicando Bolsonaro y Fernández. El bloque parece resquebrajarse y demostrar en lo que se ha convertido desde hace tiempo: una mera cáscara ideológica, vaciada de contenido comercial.

Tal sería el caso, si ambos líderes regionales pasaran de ladrar a morderse, trátese de un Brasil aliado a China en un acuerdo comercial bilateral, o de una Argentina a la cabeza regional de un eje populista, priorizando, una vez más, lo político sobre lo económico. Al nuevo gobierno uruguayo no le quedará más que mantener su diplomacia e intereses lo más aislados posibles en un cordón sanitario, al margen de las esquirlas de esta posible contienda, y frente a los riesgos prácticos de un Mercosur en crisis existencial. Allanar un sendero geopolítico propio resultará algo prácticamente inevitable.

El pragmatismo será de orden interno primero, y externo como su natural consecuencia posterior, pero de carácter urgente y prioritario. La embajada de estreno de la nueva administración debería ser al interior del Ministerio de Economía, junto al despacho del nuevo ministro de la cartera, trabajando codo a codo en una estrategia “país” para enfocarse en el desarrollo y ejecución de una verdadera plataforma exportadora, generando un circuito de inversiones y comercio desde y hacia el mundo. Mientras que, para ayudar a formar ciudadanos globales, la cancillería debería abrir una escuela en el nuevo Ministerio de Educación. Más allá de las metáforas, es éste un proyecto sin dudas arduo y gigantesco, por los desafíos y obstáculos que impone. Son de orden material pero también intelectual.

Entre superar la herencia maldita que efectivamente recibirá como legado del régimen precedente -déficit fiscal, desempleo, desinversiones, aislamiento-, y el poder desmantelar los costos, ineficiencias y cultura estructurales inherentes al país, se irá prácticamente no sólo la suerte del próximo gobierno, sino la viabilidad futura del Uruguay. En este pragmatismo muy cercano a la realpolitik, el gobierno deberá tener la audacia y el coraje de abandonar las cadenas de una trampa regional y lanzarse a la aventura de integrar al mundo con sus capacidades competitivas.

Para ello harán falta, además de la cautela diplomática y el pragmatismo geoeconómico, una imaginación necesaria para proyectar a ese nuevo Uruguay, capaz de circular por las autopistas del comercio sin ideologías, basado exclusivamente en la ancestral práctica de vender y comprar productos posibles, necesarios y complementarios. Por esas autopistas hoy circulan desde grandes vehículos económicos como China, los Estados Unidos y la Unión Europea, pero también otros mucho más pequeños, de calidad “espejo” para el Uruguay, a modo de ejemplos, desde islas como Nueva Zelandia y Singapur, a hermanos latinoamericanos como Chile, que, más allá de su crisis, tiene una exitosa trayectoria en apertura comercial.

Una política exterior exitosa será aquella que establezca objetivos maestros como grandes coordenadas sobre las cuales transitar, tomando los resultados económicos como su principal destino. ¿Implica eso el nadar encima de un escorpión, con tal de vender y crecer? Pues sí, y ya lo hacemos. Con China hoy, como un régimen autoritario y creciente antagonista geopolítico de Occidente, y lo hicimos en el pasado, con la Unión Soviética en plena Guerra Fría en la década de 1960, cuando el gigante comunista apoyaba el foquismo guerrillero latinoamericano, pero, y a sabiendas, el Uruguay necesitaba exportar al mejor postor.

El escenario internacional actual, y el que se vislumbra para el mediano plazo presentan condiciones de una muy alta volatilidad, de incertidumbres y, sobre todo, de un creciente estado de “sálvese quien pueda” en materia geopolítica, como resultado de lo que tal vez estemos experimentando como humanidad, al recorrer una compleja transición entre ciclos históricos. Nuestro anclaje será el de una política exterior que blinde al país de los impactos negativos de estos procesos que ya sentimos, en este continente y de muy cerca. Pero también, será esencial mantener el curso, firme en la visión de que, sin exportar, simplemente nos hundiremos.

De nada servirán las ferias internacionales, los discursos vendedores de nuestros agentes comerciales oficiales o los slogans ingeniosos para promover al país, sin que antes nuestra sociedad, desde políticos a empresarios, sindicatos, académicos y trabajadores en general, comprenda y asuma de una buena vez, que debemos acometernos a una verdadera transformación interna. Se trata de una auténtica refundación económica y mental, basada en la comprensión y el compromiso de un proyecto de desarrollo, que sea tan parte de nuestra existencia como la democracia y la libertad que aquella nos provee. En la dinámica realidad actual, una nación con una economía cerrada en lo material y en lo cultural, arriesga su existencia republicana. Apertura y libertad, en este contexto, son hoy, casi sinónimos.

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