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Por qué el Frente no ganó

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24 de febrero de 2020 a las 05:04

El título de este artículo es deuda contraída en otro artículo que escribí antes de las elecciones internas de junio: Por qué gana el Frente. Al terminar decía que, si mi pronóstico era equivocado, quedaba pendiente una disculpa. Cumplo ahora esa promesa. Pero voy a defraudar a los que esperan que diga algo original respecto a por qué me equivoqué. No tengo nada que añadir a los argumentos que muchos han elaborado explicando el resultado de las elecciones.

Argumentos muy sólidos, que dan razones suficientes de los hechos. Sin embargo, los argumentos expuestos en aquel momento me siguen pareciendo válidos. Sintéticamente, daba tres explicaciones del supuesto triunfo del Frente: que la ideología de la oposición era más débil que la del progresismo, que pesaba el clientelismo político construido en estos 15 años en el gobierno y que el Frente ha impulsado una agenda de derechos en sintonía con las tendencias internacionales del momento. Además, resaltaba la analogía entre la izquierda y el batllismo del siglo pasado, porque este último también tuvo su ideología, su clientelismo y su agenda de derechos. No son ajenos uno y otro.  

La derrota del Frente fue por muy poco margen, hasta el punto que se ha hablado de un país dividido en dos mitades. Y se ha escuchado que la mitad perdedora tiene que resistir el embate de la mitad ganadora para conservar lo que se ha conquistado en los últimos 15 años. El Frente es ahora conservador, frente a los “conservadores” de antes.

Voy a intentar explicar por qué, entre esas dos mitades no existe una grieta como se ha dicho, salvo que se quiera expresamente provocar. Y lo quiero hacer con base en los argumentos de mi primer artículo. La razón es que las alternancias de gobierno se apoyan en bases más profundas, que sobreviven a ellas. Y así lo demuestra la historia.

Los cambios en el poder responden, en primer lugar, a razones coyunturales: indicadores macroeconómicos, cambios en el panorama internacional, nuevas tecnologías: situaciones que ya no satisfacen las expectativas de la sociedad y que reclaman reacomodar la propia realidad. Pero no es lo único. A nivel profundo, en la interioridad de las personas, hay movimientos más estables, que no están sometidos a las ofertas de nuevos gobiernos. Son como ríos subterráneos que cambian de curso más lentamente y sus efectos se ven con el paso del tiempo. También ellos provocan alternancias en el poder, no necesariamente coincidentes con los factores coyunturales, sino en ciclos más largos. ¿Qué nos dice la historia?

La religión, en primer lugar, y los sistemas ideológicos, después, se mueven en este nivel. Vienen de más atrás pero siguen vigentes. Ellos explican hechos del presente que, de otra forma, serían un enigma. Pues bien, Uruguay fue parte del Imperio español, y arrancó su vida institucional con esa identidad, que se compone de una religión –la católica–, y de aspectos políticos, económicos, sociales. Jugaron un rol decisivo para nuestra historia, al menos durante 100 años, de los 300 de historia.

Toda la gesta de la independencia tuvo un signo cristiano que Artigas supo amalgamar con el espíritu de la Ilustración. Este catolicismo se mantuvo a lo largo del tiempo, cuando ya no formábamos parte de España, pero los valores cristianos siguen vigentes, aunque muchas personas ya no se sientan parte de la Iglesia, e incluso consideren que su presencia es nociva.

La religión fue, junto a elementos políticos y económicos, un fuerte motor de civilización y progreso. Pero también dejó una herencia negativa porque se realizó en el marco de una imbricación de Iglesia y Estado que dio origen a conflictos que hubo que resolver, desde la independencia en adelante.  

Decíamos que las ideologías son el segundo componente de los elementos fundantes y aparecen cuando ya somos un Estado. Jugaron el rol positivo de separar la Iglesia del Estado. Pero en esa separación, los valores cristianos se mantuvieron en la mayor parte de la población, hasta el punto que aseguraron la buena marcha de muchos de los cambios –educativos, sociales, etcétera– que sobrevinieron con los conflictos.

Para entender más esos procesos hay que saber que, en esencia, las ideologías son sistemas de ideas que ofrecen una explicación simplificada de la realidad, pero con pretensiones de religión verdadera, a la que combaten para sustituirla, aunque se sirvan de sus valores.

En Uruguay ha habido tres grandes familias ideológicas, que conviven hoy: el liberalismo masónico de la segunda mitad del XIX, el batllismo de la primera mitad del XX y la izquierda radical en su segunda mitad. El liberalismo filosófico fue una escisión del catolicismo, que negó su contenido para reducirlo a una relación impersonal y subjetiva con Dios, que llamamos agnosticismo. La masonería impulsó esta nueva religión, incluyendo ataques a la Iglesia.

El batllismo, la segunda corriente ideológica, tomó las ideas cristianas de justicia social, vigentes en Francia y Alemania, y creó una legislación muy avanzada que perdura. En el tema de la mujer, junto a medidas positivas, estableció el divorcio, de consecuencias desastrosas para el país. Atacó duramente a la Iglesia católica, casi hasta la persecución. Finalmente, apareció la tercera ideología –el marxismo– que se viabilizó a través del Frente Amplio, en unión con una importante corriente de inspiración cristiana, de auténtica búsqueda de la justicia por fuera de la dialéctica materialista. Pero al igual que el batllismo con el divorcio, en pos de los legítimos derechos de la mujer, aprobó el aborto, que es una condena más que una liberación. Las consecuencias están aún por verse. 

La religión y las ideologías, descritas en este brevísimo racconto, están presentes en la actual coyuntura, son el puente que une el estatus actual con el que viene. No hay pues una grieta, decíamos, salvo que se la quiera provocar, y lo haríamos si pretendemos reinventar nuestro pasado. Cito a un autor contemporáneo: “La crisis de la memoria solo puede engendrar una crisis cultural. La condición del progreso reside en la transmisión de los logros del pasado. El hombre está física y ontológicamente ligado a la historia de quienes lo han precedido. Una sociedad que rechaza el pasado, corta con su futuro; es una sociedad muerta, una sociedad sin mejoría, una sociedad vencida por el Alzheimer”.

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